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La política de la región se polariza más PDF Imprimir E-Mail
Abr-27-21, por Rosendo Fraga
 
 

Las declaraciones del escritor peruano Mario Vargas Llosa respaldando para la segunda vuelta de la elección presidencial a Keiko Fujimori, muestra la encrucijada política, que se proyecta a la región. Con un sistema de partidos desarticulado y sin líderes populares, en la primera vuelta de la elección presidencial peruana que se realizó el 11 de abril, ninguno de los 18 candidatos alcanzó más del 20% de los votos. 

El primero fue, con el 19%, el sindicalista docente Pedro Castillo, que es el candidato de la izquierda, que genera preocupación y temor en el empresariado y los sectores medios. Por otro lado, el segundo lugar que obtuvo Keiko Fujimori -la hija del ex presidente autoritario que gobernó Perú durante tres periodos hacia el final del siglo XX-, implica la recuperación como alternativa política, de la derecha populista. Vargas Llosa fue quien enfrentó a Alberto Fujimori en la elección presidencial de 1990 y en la segunda vuelta fue derrotado, en una dura campaña, pese a haber sido el candidato del empresariado y los sectores medios. 

Durante el prolongado gobierno de Fujimori, Vargas Llosa fue la voz opositora más importante, sobre todo en el exterior, contra el Gobierno. Keiko Fujimori se transformó en la sucesora política de su padre. Ya llegó a la segunda vuelta en la elección presidencial de 2016, perdiéndola contra un economista liberal, Pedro Pablo Kuszcinski, el primero de los cuatro presidentes del periodo presidencial que finaliza. Puesto frente a este cuadro, Vargas Llosa optó por respaldar a Keiko Fujimori como el mal menor. Las encuestas muestran una ventaja inicial a favor de Castillo de 10 puntos. 

Mientras tanto en Brasil, los alineamientos políticos también tienen forma de polarización. Los fallos judiciales que dispusieron la liberación de Lula y su posibilidad de ser candidato nuevamente en las elecciones presidenciales de fines de 2022, lo ponen frente al presidente Jair Bolsonaro, que teniendo una posición populista de derecha, aspira a su reelección. El ex presidente Fernando Enrique Cardoso -un reconocido intelectual que sigue con interés e inteligencia el devenir político de su país- sostiene que la reaparición de Lula como opción puede favorecer a Bolsonaro. El ex presidente es el mejor candidato posible para una coalición de izquierda que encabezaría su partido, el PT. Pero tiene niveles de rechazo más altos que en el pasado. 

Bolsonaro, pese a su desgaste por su manejo de la pandemia, es el candidato con más chance de enfrentar a Lula con éxito, aunque hoy se encuentre por debajo de él en intención de voto. En ambos casos, los dos candidatos apuntarían a ser el "mal menor" frente al otro, buscando captar al electorado independiente. Ninguno de los candidatos de centro, como es el caso del gobernador del estado de San Pablo, Joao Doria, hoy parecen con posibilidades de superar ni a Lula ni a Bolsonaro. Ese intento ya fracasó en 2018, cuando el actual presidente ganó en forma categórica la segunda vuelta al candidato respaldado por Lula, Fernando Haddad. Un año y medio es mucho tiempo y muchas cosas pueden cambiar en términos electorales. La disconformidad del empresariado con Bolsonaro lo lleva a buscar una alternativa de centro que le quite la posibilidad de ser la opción "anti-Lula" predominante. 

Perú y Brasil muestran hoy un escenario político y electoral polarizado, donde las opciones se definen claramente por el "mal menor". La falta de un sistema de partidos sólido que dé sustento a la gobernabilidad es una situación que se ha extendido en la región y que también tiene manifestaciones en el mundo occidental desarrollado. El peso de las instituciones políticas ha disminuido y los personalismos han crecido y ello no es una tendencia absoluta, pero sí generalizada. 

Los fenómenos de polarización y grieta han aumentado y tienen manifestaciones en Argentina, Bolivia, Chile y pueden darse también en Ecuador. La polarización también existe en Venezuela, pero en un contexto de un régimen autoritario y fuertemente dictatorial. Mientras tanto, América Latina es la región del mundo que menos crecía antes del Covid-19 y es la que mayor costo económico ha pagado a causa de la pandemia. 

Desde mediados de la segunda década del siglo XXI, cuando tuvo lugar una baja del precio de los commodities, se produjo el estancamiento económico de la región, que en casos como Venezuela puede denominarse de colapso y en el de Argentina de fuerte retroceso. El modelo de política en crisis y economía estable que caracterizó a Perú en lo que va del siglo XXI, se pondrá a prueba si llega al poder Castillo. Ocho años atrás, la llegada de un presidente populista-nacionalista como Ollanta Humala, mostró que el país había logrado un modelo económico a salvo de crisis políticas. 

En Ecuador, ahora el presidente electo Guillermo Lasso intentará romper el esquema de polarización que se está generalizando en América del Sur. Esa es su intención manifiesta, pero habrá que ver si lo logra. Ha dado un mensaje de no revancha dirigido al líder más relevante de la oposición, que sin duda es el ex presidente Rafael Correa, quien se encuentra fuera del país alcanzado por causas de corrupción. El mensaje de Lasso de que no buscará la revancha apunta a reducir el nivel de confrontación de la política ecuatoriana. Pero el problema central es que tendrá que resolver la falta de un partido propio sólido, para hacer funcionar el Congreso. La cantidad de legisladores fue determinada por el resultado de la primera vuelta, en la que Lasso obtuvo el 19,7% de los votos. 

Esto implica que su base legislativa propia no llega a un cuarto del Congreso. Su relación con el dirigente contrario a Correa que obtuvo más votos después de él, el ecologista indigenista Yaku Pérez (que quedó a sólo 0,30 puntos de Lasso) no es buena. Empresario y banquero, no será fácil para Lasso entenderse con los sectores mestizos e indígenas del país, que tienen un protagonismo social importante, aunque con limitaciones para actuar en política. Pero su triunfo sin duda ha implicado un freno al giro populista en la región, que comenzó a darse con el triunfo de la fórmula Fernández-Fernández en Argentina en 2019. 

 
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