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Los desafíos políticos de Dilma PDF Imprimir E-Mail
Oct-01-10 - por Rodrigo Mallea

Ya es un hecho: Dilma Rousseff sucederá a Lula da Silva en la presidencia del Brasil a partir del 1º de enero del 2011, constituyéndose en la primera mujer en alcanzar dicho cargo en la historia brasileña. Entre los desafíos políticos que deberá enfrentar, quizás el más importante sea el sólo hecho de suceder a Lula, el presidente más popular de la historia brasileña desde que se conocen las encuestas.

Para Dilma, gobernar sin Lula tiene dos implicancias. La primera, es un dato político inevitable independientemente de quien hubiera ganado la elección: sucederá a un mandatario que en su octavo y último año de mandato, deja el poder con un 80% de aprobación. El fenómeno Lula difícilmente se repita en la historia brasileña, y Rousseff, lejos del carisma del actual mandatario, deberá acostumbrarse a la idea de no contar con una inusual aprobación sostenida de 4 de cada 5 brasileños a lo largo de los próximos cuatro años.

La otra consecuencia, se aplica exclusivamente al caso de Dilma, por ser la ungida de Lula: ¿Cómo será la dinámica entre Lula y Dilma? ¿Será Lula su principal asesor? ¿Habrá una percepción de que él continúa ejerciendo una considerable cuota del poder, o habrá una ruptura política entre ambos? Sólo en el transcurso del gobierno de Dilma se podrán disipar estos interrogantes, cuyas consecuencias no son menores.

Otro desafío de Dilma está en el seno de su propio partido, el Partido de los Trabajadores (PT), al que ella se incorporó hace 10 años. De alguna forma, Dilma puede considerarse una outsider del PT, dado que el grueso de su trayectoria política se desarrolló en el Partido Democrático Laborista, el partido del histórico dirigente de izquierda Leonel Brizola, en el que militó durante 20 años. Fue Lula quien legitimó su participación dentro del PT, ofreciéndole el ministerio de Minas y Energía y luego el cargo de jefe de gabinete (Casa Civil), así como también fue él quien la escogió a dedo para sucederla en la presidencia, sin internas. Con un liderazgo incuestionable dentro del partido, Lula monopolizó las decisiones del PT. Una vez en el poder, Dilma deberá convalidar por sí misma su liderazgo, sin la figura de Lula por detrás.

Este no es un desafío menor si se tiene en cuenta que no son pocos los dirigentes del PT que sienten que tienen varios de sus reclamos históricos aún pendientes, todos frustrados por el estilo moderador de Lula. El documento original del Programa Nacional de Derechos Humanos (PNDH-3), dado a conocer en los últimos días del 2009, fue quizás la expresión más clara de ello: además de proponerse investigar los crímenes cometidos por agentes del Estado durante la última dictadura militar brasileña, el PNDH-3 abordó cuestiones como el "control social" de los medios de comunicación, la despenalización del aborto y la reforma agraria, entre otros asuntos, lo que derivó en una fuerte reacción de los medios de comunicación, la Iglesia y la presentación de la renuncia del ministro de Defensa y los comandantes de las Fuerzas Armadas, que no fueron aceptadas. Habrá que ver cuál será la postura de Dilma en el seno del PT: moderada como Lula, o dispuesta a llevar a cabo la agenda reformadora de su partido en un país conservador como Brasil.

Dilma también deberá encontrar la fórmula de convivir con su máximo aliado político, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), quien ocupa el cargo de la vicepresidencia con la figura del experimentado político paulista, Michel Temer. El PMDB -que en el 2002 apoyó a Serra contra Lula- es un partido caracterizado por su pragmatismo, y de alguna manera, es uno de los principales garantes de la gobernabilidad en Brasil, dentro de la fórmula brasileña conocida bajo el rótulo de "presidencialismo de coalición".

Esto es porque a la fecha, el PMDB es el partido con la mayor cantidad de gobernadores e intendentes, lidera el Senado en escaños, y es el partido con más diputados nacionales después del PT. La apuesta del PMDB de no presentar un candidato a la presidencia y de usufructuar de la popularidad de Lula le ha dado réditos electorales, pero ahora resta verse cómo se comportará dentro de un gobierno que puede no ser tan popular como el de Lula. Las negociaciones con el PT para mantener la alianza entre ambos serán sensibles a la popularidad de Dilma y a la marcha de la economía brasileña. Temer, el vicepresidente de Dilma, ya anticipó esta polémica cuando a meses de la elección habló expresamente de "compartir" el poder con el próximo gobierno.

Por último, Dilma tiene el desafío de gobernar una población con fuertes expectativas. Según un reciente relevamiento de IBOPE sobre la Clase C (la nueva clase media brasileña que reúne algo más de la mitad de la población) dicho sector proyecta un escenario muy favorable respecto su situación económica: el 19% planea comprar un inmueble en próximos seis meses; 9,5 millones piensan adquirir un vehículo nuevo o usado en próximos 12 meses; el 84% cree que estará en una situación económica mejor de ahora a 12 meses, y el 50% declara que sus condiciones ya son mejores que último año.

Cualquier retroceso en la economía de una población con fuertes expectativas sin dudas impactará negativamente en el próximo mandatario de Brasil. Esto sucede en un contexto en que se estima un crecimiento del 7,5% del PBI brasileño -el mayor de los últimos 22 años-acompañado de una fuerte expansión de gastos públicos en el país y de inversiones especulativas, por lo que muchos economistas nacionales y extranjeros manifiestan su preocupación ante la posible generación de una "burbuja" en su economía.

Es indudable que el legado Lula le deja muchas obligaciones a su sucesor, especialmente por el protagonismo internacional que Brasil adquirió en los últimos años, con una inusitada atención global como consecuencia de ello. Dilma ahora tendrá dos meses para prepararse para los desafíos políticos que le esperan con un maestro excepcional, que es Lula da Silva.

 
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