La deuda de la argentina no es económica
Francisco Rojas Araverna
Tiempo estimado de lectura: 4 min 11 seg
por Hugo Martini * Abr-02-02

Cuando Raúl Alfonsín dejó la presidencia en 1989 atribuyó parte de sus problemas al hecho de que había cosas que no quiso, no supo o no pudo hacer. Eduardo Duhalde quiere hacer todo lo que pueda para conservar el poder y – aparentemente - esta dispuesto a aprender lo que sea necesario. ¿Por qué no consigue estabilizar su presidencia?

Es probable que el error consista en mirar el proceso en función de objetivos económicos, como el apoyo del FMI, pero que son sólo la consecuencia posible de algunos supuestos que el presidente Duhalde todavía no maneja. Esos supuestos son políticos y deberían ser el centro de las preocupaciones de éste o de cualquier gobierno en la Argentina.
 


"La Argentina está gobernada hoy, básicamente,
por el acuerdo de dos hombres: Duhalde y Alfonsín.
Todos los demás giran alrededor de sus nombres
y la apuesta está comprometiendo la suerte de la
dirigencia política que controla el poder desde 1983"

  1. No se puede gobernar con el pueblo en la calle. La vieja consigna del peronismo – de casa al trabajo y del trabajo a casa – era una metáfora para explicar el sistema de representación indirecto. Desde por lo menos el 15 de diciembre – la noche del primer cacerolazo – la gente no volvió más a su casa. Ningún gobierno puede sobrevivir, no importa su ideología, con ese doble sistema de comando: uno en la Casa de Gobierno, el otro en la expresión desordenada de la plaza.
  2. No se puede gobernar, ni en una dictadura, si la sociedad no cree en uno sólo de sus dirigentes. Esa fractura se extiende hoy, en la Argentina, más allá de la política y alcanza a la inmensa mayoría de los dirigentes, sean empresarios, sindicalistas, universitarios o de cualquier otra disciplina.
  3. No se puede gobernar sin una conducción efectiva –aunque sea precaria– que organice la acción individual. La historia muestra que esa conducción puede asumir cualquier forma –líder, logia, partido, ejército, parlamento– pero tiene que existir.

La Argentina está gobernada hoy – básicamente – por el acuerdo de dos hombres: Duhalde y Alfonsín. Todos los demás giran alrededor de sus nombres y la apuesta está comprometiendo la suerte de la dirigencia política que controla el poder desde 1983. La pregunta es si alguien, dentro o fuera del gobierno, está pensando en cómo se paga la deuda de la dirigencia con la sociedad - contenida en los tres supuestos anteriores - cuyo default no declarado hace ingobernable la Argentina.

No parece consistente pensar - frente a esta realidad - que el FMI apoyará seriamente a la Argentina. La base del plan sustentable, que parece ser el requisito de cualquier apoyo, es que el gobierno mismo sea sustentable. De otra manera – la pregunta viene del exterior – quién será el responsable de cumplir con lo que se acuerde. No sería extraño que, antes de decidir su apoyo, el FMI exija que el compromiso sea ratificado por el Congreso argentino.

Es un error pensar que la falta de apoyo efectivo de los gobiernos extranjeros y de los organismos internacionales de crédito se origina, únicamente, en divergencias técnicas respecto de la política económica que se quiere implementar. Estos son aspectos importantes pero instrumentales. Los funcionarios que representan a esas instituciones tienen las mismas dudas respecto de la Argentina que los ciudadanos que viven en el país: falta de confianza sobre los compromisos que pueda asumir la dirigencia y alarma por la ausencia de una conducción política capaz de coordinar y sostener acciones políticas concretas.

Pero esta visión externa no sólo afecta al gobierno, sino que es aún más grave. Por primera vez, en la historia de las crisis argentinas de los últimos veinticinco años, las dudas sobre la Argentina no se refieren sólo a la calidad de la dirigencia política sino al país todo. Quien se tome el trabajo de revisar los artículos publicados en los medios de Estados Unidos y Europa, durante los últimos sesenta días, advertirá que la forma de tratar la crisis involucra al conjunto de la sociedad.

Existen fundadas sospechas de que la Argentina – como país, no sólo su dirigencia – no está dispuesta a cumplir sus compromisos. Si es cierto que los gobiernos siempre se parecen a la opinión pública, es obvio que la Argentina se pareció en algún momento – y sucesivamente – a Galtieri, Alfonsín, Menem, De la Rúa y Duhalde. Pocas imágenes han contribuido más a confirmar esa visión que el festejo y la alegría manifestada en el Congreso – la expresión más clara de la opinión de todos - cuando se anunció la declaración de default para la deuda externa. Esa imagen de alegría recorrió la televisión del mundo entero y advirtió, no sólo que la Argentina no podía honrar su deuda, sino que tenía enorme placer de no cumplir.

Esta última circunstancia complica el cuadro de la crisis aunque en cierto sentido lo clarifica. El gobierno del presidente Duhalde tiene la responsabilidad de la conducción pero no tiene toda la responsabilidad: la Argentina – a través de su dirigencia y no sólo política – debe mandar señales que está tomando en serio la importancia de la crisis. No se trata de Duhalde, el FMI no confía en la Argentina. Existen pocas posibilidades de ser creídos, si el país sigue en una especie de fiesta infantil – un enorme problema psicológico - donde todos son culpables de este inmenso caos, menos los argentinos.

*Subdirector de NuevaMayoria.com


CO PYRIGHT 2000-2001 © Nueva Mayoria.com
All Rights Reserved