Cómo salir del péndulo ideológico
Nov-06-18, por Lucas Calzoni
 

La Argentina es un verdadero enigma para los intelectuales y pensadores que han estudiado la trayectoria de nuestro país, donde la estabilidad parece ser más un sueño que una realidad. La desmesura en cambio, está siempre presente: en la política, en la economía, en las manifestaciones sociales y en los deportes.  Esta "cultura de la desmesura" nos lleva a oscilar de un lado a otro, de ser los mejores a ser los peores,  del crecimiento al subdesarrollo, o del entusiasmo al pesimismo. Estos cambios de rumbo nos vuelven peligrosamente impredecibles, donde las políticas de Estado y las visiones de largo plazo, no son más que expresiones retóricas en boca de los políticos de turno.

A nuestra falta de moderación, hay que añadir la "cultura de la confrontación", una búsqueda permanente del antagonismo, donde las antinomias prevalecen sobre el diálogo y el acuerdo. Esta pasión por el enfrentamiento ha sido un terreno fértil para el surgimiento de facciones autoritarias y populistas. Nuestra historia es una prueba suficiente de ese binomio nacional "amigo-enemigo": saavedristas y morenistas, unitarios y federales, conservadores y radicales, peronistas y antiperonistas, militares y revolucionarios, y así hasta llegar a la actualidad. Nuestra cultura política también está teñida de maniqueísmo extremo, donde lo importante es enfrentar y no debatir, acordar o acompañar.

La lógica pendular se manifiesta en todas las aéreas, nada escapa a sus movimientos oscilatorios  y a sus cambios bruscos, la economía y la política exterior pueden ser dos claros ejemplos de estos giros.  Podemos recurrir al largo y nada aburrido  historial de crisis económicas nacionales: crisis de balanza de pagos, crisis de deuda, hiperinflaciones, defaults, que nos transformaron en un laboratorio de lo que no se debe hacer en economía. Nuestra trayectoria económica parece ser una "repetición crónica y reincidente de errores continuos". La política exterior tampoco ha sido totalmente ajena al péndulo, aunque se haya manejado de manera más racional y coherente, manteniendo a lo largo del tiempo, determinadas "constantes" que nos han otorgado prestigio a nivel internacional.

Nuestro sistema político, todavía no ha podido hacer una verdadera síntesis de dos elementos claves para el crecimiento y el desarrollo, la complementariedad y cohesión de la República y la Democracia. Hemos tenido períodos de "República sin Democracia" y etapas de "Democracia sin República". El republicanismo si no es democrático termina convirtiéndose en elitismo y autoritarismo,  y la democracia si no es republicana termina transformándose en demagogia autoritaria y populismo. También la ausencia de una real división de poderes y la falta de un  federalismo genuino (que actúan en forma de "pesos y contrapesos"  limitando el poder) terminan provocando la concentración del poder y la hegemonía centralizadora de Buenos Aires. A esto le podemos sumar la falta  de un sistema de Justicia rápido y eficaz, que sea totalmente independiente del poder político, donde no haya "una politización de la justicia", ni tampoco "una judicialización de la política".

El péndulo nos lleva de un extremo a otro, de los "tiempos autoritarios" (golpes de estado, dictaduras, demagogias)  a los "tiempos anárquicos" (crisis económicas, estallidos sociales, debilidad institucional). Es hora de terminar con el péndulo y de buscar las claves para el crecimiento y el desarrollo: transformar la desmesura por la moderación, la confrontación por el diálogo y el acuerdo, la incertidumbre por la confianza y la estabilidad, la corrupción sistémica por los organismos de control y el cortoplacismo por la visión de largo plazo.