Chile: expectativas frustradas y segunda vuelta
Nov-20-13 - por Carlos Malamud (Infolatam)

 

El contundente triunfo de Michelle Bachelet en las elecciones presidenciales chilenas no fue suficiente para abrirle de par en par las puertas de La Moneda. Con el 46,68% de los votos se quedó a muy poco del ansiado 50% exigido para ganar. De acuerdo con las reglas de juego vigentes en Chile deberá concurrir necesariamente a la segunda vuelta, programada para el próximo 15 de diciembre. Con ese porcentaje y con la amplia diferencia que la separa de su más inmediata rival, Evelyn Matthei (que obtuvo el 25,01%), en otros países, como Argentina o Nicaragua, Bachelet hubiera sido inmediatamente elegida.

Ahora bien, estas son las normas que rigen en Chile y que explican por qué en la mayor parte de las elecciones presidenciales que tuvieron lugar tras la caída de la dictadura de Pinochet hubo que recurrir a la segunda vuelta para alcanzar un resultado definitivo. Es cierto que en esta ocasión los guarismos no fueron tan ajustados como en ocasiones anteriores, dada la gran dispersión que supone la concurrencia de nueve candidatos. Ya en 2009, cuando Sebastián Piñera se impuso a Eduardo Frei, la presencia de Marco Enríquez-Ominami debilitó lo que hasta entonces había sido el tradicional enfrentamiento a dos entre los partidos de derecha, la Alianza, y los partidos de izquierda y centro izquierda, la Concertación.

Pese a ello, fue imposible que en torno a la figura de Michelle Bachelet sus seguidores no hubieran intentado propalar la idea de que con un poco de esfuerzo se podía ganar en la primera vuelta. De esta forma se creó un sentimiento casi místico, reforzado por su gran carisma personal, su contacto directo con el pueblo y su apabullante victoria en las primarias. De haber ocurrido las cosas de esa manera tanto la reforma constitucional, como las que deben afectar a la educación y al sistema tributario, aparecían más factibles. Un triunfo apabullante, con más del 50% de los votos le hubiera dado a Bachelet la legitimidad necesaria para emprender sin dilación su programa reformista, aún cuando no contara con las mayorías parlamentarias cualificadas requeridas por la legalidad vigente.

Al mismo tiempo que casi todos esperaban una victoria muy amplia, se habían depositado grandes expectativas en un hundimiento catastrófico no sólo de la candidata de la derecha, Evelyn Matthei, sino también de los dos principales partidos de la Alianza, UDI (Unión Demócrata Independiente) y RN (Renovación Nacional). Y si bien los partidos de la Nueva Mayoría (socialistas del PS y del PPD, radicales, demócratas cristianos y comunistas) amplian su ventaja en el Senado (21 escaños, frente a los 16 de la Alianza, de un total de 38) y en el Congreso (68 escaños frente a los 48 de la Alianza) no podrán afrontar en solitario una reforma constitucional. Sin embargo, gracias al potencial apoyo de cuatro diputados independientes, en la próxima legislatura Nueva Mayoría podrá cambiar aquellas leyes que requieran de un quórum calificado y modificar las leyes orgánicas constitucionales.

Si bien todos los partidos que obtuvieron representación parlamentaria cantarán victoria y se presentarán como la opción más favorecida por el favor popular, lo cierto es que hay quienes obtuvieron un mejor desempeño que otros. Esto es mucho más evidente en el caso de Nueva Mayoría que en el de la Alianza. En la coalición de centro izquierda destacan claramente el PS (Partido Socialista), que es el que más crece en escaños, y la DC (Democracia Cristiana), convertida en la fuerza parlamentaria más importante del bloque que apoya a Bachelet.

Ya es hora de que un Chile cabalmente democrático deje atrás una Constitución elaborada durante la dictadura de Pinochet. Si bien ésta conoció importantes reformas, algunas de gran calado, que desactivaron la mayor parte de los mecanismos autoritarios allí presentes, el país necesita pasar página en este aspecto. También es necesario abandonar definitivamente el sistema binominal que rige las elecciones parlamentarias y dificulta la formación de claras mayorías y, por ende, la gobernabilidad del país. Sin embargo, para avanzar en este camino es necesario alcanzar un consenso lo más amplio posible que incorpore a la mayor parte de las fuerzas políticas nacionales.

Las expectativas en torno a los resultados electorales, básicamente producto de lo avanzado por la mayor parte de las encuestas, no se cumplieron ni para la Nueva Mayoría ni tampoco para la Alianza. Esta realidad, condicionará, sin lugar a dudas las campañas de la segunda vuelta, en la cual ya están trabajando ambos equipos. Es verdad que la elección de diciembre será una nueva elección, con la dosis de incertidumbre que esto supone, pero también es cierto que el punto de partida de Bachelet es inmejorablemente mejor que el de Matthei a la hora de aspirar a tan ansiado triunfo.

Mientras Bachelet debe hacer el esfuerzo de juntar los votos necesarios para alcanzar la mayoría necesaria, Matthei debe huir de cualquier triunfalismo después de haber sobrevivido a una jornada en la que la mayor parte de las encuestas la había convertido en un cadáver político, y con ella a los partidos que la apoyaban. Si Bachelet, gracias a la victoria cuenta con una coalición mucho más homogénea, los partidos de la Alianza deben solucionar sus diferencias, agrandadas por la derrota.

La novedad de estas elecciones frente a las anteriores, y que incidieron fuertemente en los errores cometidos por muchas encuestas, es que en esta ocasión el voto no era obligatorio. A esto se sumó una elevada abstención, que también jugó, aparentemente, contra las opciones de Bachelet. Este hecho vuelve a estar presente de cara a la segunda vuelta y añade nuevas incertidumbres. ¿Todos los que votaron en la primera vuelta volverán a votar? ¿En ese caso, cómo lo harán? ¿Los abstencionistas del domingo 17 se seguirán quedando en su casa o serán movilizados por alguna de las dos candidatas?

En esta ocasión las dos candidatas deberán esforzarse en cubrir varios objetivos simultáneos: 1) movilizar a todos quienes las apoyaron en la segunda vuelta, para lo cual deberán reforzar sus mensajes más ideológicos; 2) conseguir el voto de los seguidores de los candidatos derrotados, lo que pasa fundamentalmente en centrar algunas partes de sus discursos y 3) ilusionar a los abstencionistas, llevándolos a los centros de votación el próximo diciembre, algo sólo posible con un mensaje ilusionante que alcance a algunos de los hasta ahora descreídos de la política. De como Michelle Bachelet y Evelyn Matthei manejen estas variables, de sus aciertos y errores, dependerá el resultado de la segunda vuelta.