¿Qué pasa en Chile? (5): El olvido de las clases medias
Srp-27-11 - Por Carlos Malamud (Infolatam)

En los últimos días Infolatam ha publicado una serie de notas de reputados analistas, políticos y académicos sobre lo qué está pasando en Chile, sus causas y los posibles remedios para salir del atolladero. Por lo general hay bastante unanimidad en el diagnóstico de la crisis, pero menos en las medidas para superarla. Lógicamente, en este punto, cada cual intenta llevar el agua a su molino y pensar en algo diferente sería totalmente utópico.

Coincidiendo con la mayor parte de las cosas aquí dichas, excelentemente sintetizadas en el “Informe” de Rogelio Núñez, es muy difícil ser original al respecto. Por tanto, el lector puede preguntarse qué aporta mi comentario, en caso de qué realmente aporte algo. Lo primero que debo decir es una gran obviedad pero marca la diferencia. Mi mirada es una mirada lejana, apartada de la cotidianeidad y de la urgencia de lo inmediato. Por tanto, si bien falta el detalle, la penetración y la inmediatez de la cercanía, en su lugar existe la perspectiva y la pausa de la distancia.

De ahí que lo segundo a señalar es que las protestas y las movilizaciones populares que hoy sacuden a Chile con un gobierno de la Alianza, de derecha o de centro derecha, podrían igualmente ocurrir con un gobierno de la Concertación o de centro izquierda. En realidad, desde la llegada de Sebastián Piñera a la presidencia no fueron tantas las cosas que cambiaron en Chile, especialmente en lo básico. Ha mudado el estilo de mando y esto se nota en la valoración popular, pero las esencias se mantienen. De ahí que las respuestas coyunturales de gobierno y oposición en algunas cuestiones de la agenda podrían ser intercambiables.

Como dirían en la vecina Argentina el “modelo” sigue siendo el mismo. Afortunadamente para Piñera y el resto de los chilenos el principio de no injerencia sigue fuertemente instalado en la región. De ser las cosas de otra manera es bastante probable que Amado Boudou y los suyos, siguiendo el patrón kirchnerista, aconsejaran a los chilenos sobre cómo resolver sus problemas. Para ellos, este “modelo” fuertemente ideologizado y de gran intervención estatal, del que tanto se enorgullecen en Argentina y otras países del vecindario más proclives al populismo, ha servido para mejorar la educación de su país y convertirla en más igualitaria. Claro está en que si uno se aparta de las estadísticas oficiales las cosas comienzan a verse de otra manera. Pero basándose en ellas, la semana pasada en París, la presidente Cristina Kirchner le insistió a su colega Nicolás Sarkozy en los éxitos argentinos para superar la crisis, recomendándole que Europa debería seguir la misma receta.

Sin embargo, ¿es posible sostener que un país latinoamericano que ha logrado reducir la pobreza del 40% al 11% o que se acerca a los 15.000 dólares de renta per capita está en crisis económica? ¿O qué un país que gracias a la alternancia entre la Alianza y la Concertación sufre una crisis política o de representación y no hay una renovación de las elites porque Piñera lleve largo tiempo en la vida pública? ¿O qué un país que en pocos años ha pasado de 600.000 estudiantes universitarios a un millón, siendo muchos de ellos los primeros de sus familias que pisan una alta casa de estudios, está inmerso en una seria crisis de su sistema educativo, pese a que los resultados del Informe Pisa son los mejores de la región, como recuerda en estas mismas páginas Sergio Bitar? Es evidente que no, aunque esto no implique desconocer la existencia de serios problemas políticos y sociales.

Los diagnósticos coinciden en señalar el crecimiento económico sostenido de las últimas dos décadas y el espectacular crecimiento de las clases medias. Y aquí, precisamente, es donde encontramos el meollo de la cuestión. Llevamos muchos años hablando del crecimiento de las clases medias en América Latina en general, y en Chile en particular. Recordando que el fenómeno es paralelo a la consolidación de la democracia, al crecimiento económico y a la reducción de la pobreza. Y así es. También llevamos años diciendo que las nuevas clases medias, con sus realidades y sus demandas, aportan mayor estabilidad, a largo plazo, a las democracias regionales. El problema es que estas cuestiones no se recuerdan a la hora de gobernar.

Tanto en Chile como en el resto de América Latina se sigue pensando en las sociedades de antaño, fuertemente polarizadas y con un sector de extrema pobreza que requiere drásticas soluciones. Y pensando en ellas es que se elaboran buena parte de las políticas y en muchos casos, aunque no en Chile (y es de esperar que no se siga por ese camino), se polariza la vida cotidiana entre buenos y malos, o amigos y enemigos, intentando buscar la mejor fórmula para perpetuarse en el poder.

De la misma manera en que una parte de esas clases medias no recibe los subsidios destinados a los más pobres y quiere una parte del pastel, tampoco está dispuesta a esperar el mañana venturoso para recibir lo que le corresponde. Por tanto, la pregunta de “qué hay de lo mío” recorre Chile de arriba abajo y a lo largo y a lo ancho. Ante estos desafíos, ni hoy ni ayer, el gobierno de la Alianza ni previamente el de la Concertación han sabido elaborar políticas para las clases medias y sería conveniente que comenzaran a hacerlo. Chile ha cambiado mucho en todos estos años y las respuestas de ayer no son las de entonces. El futuro ya llegó y no hay que seguir esperando a ser parte del “primer mundo” para satisfacer las demandas de una sociedad madura y diferente.