Diálogo mejor y más parejo con Obama

Ene-26-09 - por Ricardo Lagos *

En enero de 1961 aterricé por primera vez en Estados Unidos. Iba a Carolina del Norte a estudiar un posgrado en la Universidad de Duke. Cuando llegué al Aeropuerto Raleigh-Durham, tuve mi primer impacto. Los baños tenían señales claras de segregación: unos para blancos, otros para negros. Hombres y mujeres separados por el color de su piel.

Al día siguiente tomé un bus y descubrí también aquella separación, los blancos iban adelante, los negros atrás. Para quien venía del sur y de una América Latina que se echaba a andar por los sesenta y que veía a Estados Unidos como el país donde John Kennedy había llegado con signos de cambio, aquello era fuerte. Una cosa es leer acerca de la segregación racial y otra vivirla cotidianamente.

La segregación era una realidad, estaba en todas partes. En el campus universitario sólo se veían blancos, salvo aquellos estudiantes llegados de la India o de Asia por vía de los programas británicos de intercambio y formación de cuadros para los países que empezaban a desprenderse de la colonización.

Sin embargo, cuando un par de años después regresé para obtener mi título definitivo, los negros ya estaban allí. Aún no todo estaba resuelto y resonaba más fuerte que nunca el sentido del discurso de Martin Luther King: "I Have a dream", tengo un sueño.

Ahora, en este enero a casi cinco décadas de aquella experiencia personal, un hombre de origen negro llega a la Casa Blanca. La elección de Barack Obama es una demostración de la capacidad de la sociedad estadounidense para reinventarse a sí misma, para cambiar radicalmente cuando el pueblo norteamericano considera que ha llegado el momento del cambio.

Hoy el cambio no lo es sólo porque un afroamericano, como dicen ahora, será Presidente de los Estados Unidos. Es un cambio más profundo que coloca a Obama en un momento refundacional de su país y de las relaciones internacionales. Es un tema de época, de transición histórica. Incluso McCain, el candidato republicano, emergió representando también un cambio profundo en la mentalidad neoconservadora de los republicanos.Y esto porque, de una u otra forma, la administración Bush olvidó dos grandes lecciones valóricas de la historia reciente de ese país en su lucha contra la segregación.

Una, el respeto a la diversidad es una riqueza a ser cuidada y preservada. Dos, la tolerancia es esencial para construir mundos con convivencias positivas. Si aquello estuvo presente en su país, incluso a nivel de su propio gabinete, no lo estuvo en la forma de entender el mundo. Y se jugó por una estrategia de acción unilateral.

Ahora, al gestarse un cambio de fondo, Barack Obama puede comenzar con una agenda internacional limpia, asumiendo todos los errores y fracasos que ha significado en política exterior la administración Bush. Imponer la paz en el mundo o resolver una crisis financiera internacional son ahora problemas multilaterales, donde se necesita el concurso de todos y donde el mundo también sabe que, sin el concurso de Estados Unidos, muchos de esos problemas no tendrán solución.

Obama tiene una agenda muy intensa por delante. Una agenda para resolver la crisis que marca el fin de la ideología neoliberal, pero también para, a mediano plazo, definir cuál será la arquitectura financiera internacional capaz de evitar la crisis de hoy. Sí, es cierto, habrá una mayor regulación y una mayor intervención del Estado, pero también serán necesarias nuevas dinámicas de mercado orientadas por el afán productivo más que por la especulación. Y, por cierto, en lo internacional tiene dos desafíos: dar cumplimiento al cierre de Guantánamo como prisión y avanzar en un plan para el retiro de las tropas de Irak.

En América latina la agenda internacional también será distinta. Hoy somos un continente cuya mayoría de países tiene ingresos medios. Esto es, países que por su nivel de desarrollo ya no califican para recibir ayuda extranjera. Países que en una u otra forma tienen un alto grado de inserción en la economía internacional y esperan que la Ronda de Comercio y Desarrollo, o de Doha como se le llama, entregue reglas justas para competir.

Pero más allá de ello, América latina requiere tener un espacio de diálogo directo con Estados Unidos sobre toda la nueva realidad internacional emergente. Puede ser la OEA u otro. No se trata de tener un lugar sólo para debatir y analizar coyunturas hemisféricas. Lo importante ahora es tener un espacio donde Estados Unidos, América latina y el Caribe definan cómo están viendo el orden internacional emergente, en dónde coinciden y en dónde están las diferencias para buscar consensos. Esa es la diplomacia hemisférica que necesitamos para el siglo XXI.

Y allí entonces definir una agenda de temas concretos como comercio, arquitectura financiera internacional, cambio climático, migraciones, energías renovables, elementos básicos de seguridad, especialmente los vinculados al narcotráfico y combate al crimen organizado. Es una agenda muy vasta, pero con los temas de hoy y propios de la globalización.

En otras palabras, los temas que hoy le interesan a América Latina en una agenda para discutir con Estados Unidos son los temas de una agenda multilateral que se reduce en último término en cómo vamos a ir avanzando para que en este mundo y en este planeta, que cada vez es más global, sus problemas tengan también soluciones globales en que todos tengamos una palabra que decir. Ello requiere una alta coordinación entre nosotros, como se ha planteado ante la participación de Argentina, Brasil y México en el G-20.

Podremos establecer entonces un diálogo mucho más igual con la nueva administración Obama, un diálogo maduro en un hemisferio capaz de entender por dónde va el mundo de hoy.

*Ricardo Lagos fue presidente de Chile - Artículo publicado en el semanario PULSO de Bolivia