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Una experiencia cubana PDF Imprimir E-Mail

Sep-30-08 - por Rodolfo Pandolfi

Es muy difícil entender el caso cubano sin tener en cuenta la situación que se vivía en 1955. La guerra civil española y la segunda guerra mundial, dos hechos que se produjeron casi como una continuidad, enfrentaron en todo el subcontinente a dos bandos con un fervor y apasionamiento que hacía fácil considerar la apelación a la lucha armada, el riesgo de las vidas jóvenes, con una mirada diferente a la actual. Los maquis franceses, los partisanos italianos y los guerrilleros judíos del ghetto de Varsovia eran ejemplos de idealismo que estaban a la vista de los muchachos universitarios de estos lares. Los comandos civiles revolucionarios que ocuparon la alta Córdoba, organizados por Arturo Illia, y aquellos que lucharon en el puerto de Buenos Aires no fueron sino reediciones, claro que en circunstancias distintas, de las gestas que habían emocionado a los chicos de esas regiones. Las películas que se veían entonces eran Casablanca, La verdad no tiene fronteras, Éxodo, Roma, ciudad abierta, El general della Rovere y Juana de París, entre otras.

La perspectiva histórica permite ver luces y sombras, pero no era un inventario aquello que calentaba a los muchachos de una época hiperpolitizada. El poder de fuego de los comandos civiles no definió una situación militar pero es difícil imaginar que sin ese clima impregnado por las canciones que entonaban los estudiantes en sus viajes de fin de semana, sin ese talante quijotesco de desafío, hubiera existido, en el momento adecuado, la pasión necesaria. Esos cantares remitían al Bella Ciao de los italianos o a los trovadores franceses.

En la Argentina se daría una circunstancia contradictoria con la guerra española: la alianza de radicales y socialistas con la Iglesia Católica. Marcos Aguinis trasmite las emociones de esos años en su libro sobre Cuba, "La Pasión según Carmela". El nombre no es una casualidad.  En la marcha del Ejército del Ebro que luchó en favor  de la República Española, se introduce, muy al estilo de la Madre Patria, la expresión "Ay, Carmela":

El Ejército del Ebro 
Una noche el río pasó, 
Y a las tropas invasoras 
Buena paliza les dio 
Ay Carmela, Ay Carmela.

La vertiente que se inicia en la guerra española, la guerra mundial que había tenido en la península su prólogo y la caída de una larga secuencia de gobiernos latinoamericanos populistas liderados por militares surgidos de golpes de Estado y luego legalizados, tiene su penúltimo pico en Cuba, casi como una reminiscencia de las luchas del siglo XIX. Los generales Fulgencio Batista y, años más  tarde, Alfredo Strossner, marcan una continuidad, al menos desde el punto de vista sentimental. Cuando Marcos Aguinis inicia su libro con una canción republicana, acierta exactamente en un punto de partida emocional. Los jóvenes rebeldes cubanos que primero intentan tomar el cuartel de La Moncada y luego se van agrupando en Sierra Maestra, no pretendían hacer un ensayo de tipo leninista, pero existían hechos muy arraigados en su comunidad que proporcionaban un tono especial.

Estados Unidos contaba entonces con muchos simpatizantes en América Latina, pero no en Cuba, independizada un poco desde afuera recién a comienzos del siglo XX. La colectividad española de la isla tenía enorme influencia en las clases medias y estaba fresca todavía la sangre que había corrido entre los ibéricos y los anglosajones del norte. Los dos países que generaron mayor preocupación en el Departamento de Estado durante la segunda guerra mundial fueron Cuba y la Argentina. A ambos envió un diplomático duro como embajador, Spruille Braden. Sin embargo, el gobierno de Batista no fue neutralista en ese conflicto. Las clases medias democráticas se movían contra los gobiernos fuertes, acusables de corrupción, que existían en ambos países.

La lucha de los extraños guerrilleros barbudos de Sierra Maestra tuvo significativo apoyo en los Estados Unidos, en sus medios intelectuales y en el ambiente cinematográfico, como reflejan diversas películas e inclusive el mediático hecho que Errol Flynn entrara a Santiago y La Habana con Fidel Castro.

Los personajes de la Revolución Cubana, en el libro de Aguinis, son un economista argentino y una médica cubana. Ese romance simbólico, sobre todo si se piensa en la importancia de la medicina antillana y en el hecho que el argentino Ernesto Guevara, médico, fuera designado ministro de Economía de la Revolución, permite entender que el idilio es una clara metáfora de la realidad encarnada en Ignacio y en Carmela. La revolución cubana se hizo en nombre de la libertad y la democracia, con la promesa de su jefe de no ser jamás presidente de la República, pero quienes tienen el poder real ceden siempre a la tentación de mantenerlo y extenderlo hacia el límite posible. Desde un punto de vista formal, Hitler, Stalin y Mussolini no fueron elegidos como gobernantes indefinidos, aunque algunos de ellos pasaron por un proceso de legalización, pero para mantenerse invocaron la necesidad de una revolución que transformaría la misma condición humana y eliminaría al individualismo en aras de un hombre nuevo. Ese cambio tan profundo los convenció a sí mismos que no podían dejar el poder hasta terminar una obra que era por definición infinita. Los líderes democráticos aceptan irse, por  fundamental que sea su misión histórica, como en los casos de Franklin Delano Roosevelt, Winston Churchill y Charles de Gaulle.

En la novela  aparecen muchos nombres de personajes reales como Húber Matos, Osvaldo Dorticós y Gabriel García Márquez. El libro de Aguinis es sensorial. Empieza con una canción,  porque habla de una generación que escuchaba esa música. Es audio-visual en la descripción de los angulosos senderos que bajaban "hasta una hondonada donde habían desaparecido los pájaros" y cuando se siente el ruido que hacían al clavarse los talones "en los nudos de las raíces para no resbalar" sobre la agreste Sierra Maestra o el frío que dejan oír el océano en la huída para lograr la libertad.

A medida que avanza el libro aparece la decadencia de un régimen que nació como utopía libertaria y comenzó a morir como dictadura mediática. Los idealistas, cuando pudieron, se fueron escapando de una zona con miseria, desigualdad y discriminación. Ese éxodo es la parábola final de "La pasión según Carmela".

Ignacio describe el abandono de la isla: "El viento soplaba con creciente hostilidad. Las olas aumentaban de tamaño y lanzaban crestas de espuma por sobre los bordes, mojándonos de pies a cabeza. Tragué espuma, tosí y vomité pese a que con Carmela nos habíamos puesto de acuerdo en alimentarnos sólo con agua azucarada. El balanceo cortaba el aliento y acalambraba nuestras manos prendidas a las maderas del bote. Algunas olas nos levantaban tan alto que no podíamos ver el fondo del abismo abierto al costado. Subíamos y bajábamos como una pelota en manos de titanes que se divertían arrojándola con fuerza de uno a otro. Era posible que el bote se diera vuelta y acabásemos en el fondo del mar".

Carmela narra un momento decisivo: "En la prisión decidí hacerme la guillao, la desentendida, la muerta. Me obligué a mantener un relajamiento interno para lo que fuese, incluso para dejarme ofender y despersonalizar. No cabían más ilusiones. Había llegado al término de una senda donde fui testigo o protagonista de hechos que conmovieron al mundo. Conocí en el barro y en el sol a héroes y villanos que habían participado en el asalto al cuartel Moncada, la despatarrada peripecia del Granma, los entrenamientos en la sierra, las provocaciones al ejército de Batista, las incursiones en el llano, la entrada triunfal en La Habana, la lucha en playa Girón, la represión contra los alzados de Escambray, el abandono del proyecto democrático, la exportación de guerrilleros internacionales para sembrar la miseria en varios países de América Latina y África con la utopía de instalar un mundo mejor. ¿A qué seguir?".

La caída del muro de Berlín y el derrumbe ético de la revolución cubana que convirtió a la esperanza de un mundo mejor en estampas para turistas termina el siglo XX. La transformación de las sociedades y la velocidad asombrosa de la comunicación no dejan lugar para la nostalgia pero todavía es posible construir otro sueño amasado en la realidad de la sociedad moderna, sociedad moderna para la que no fue imaginada la revolución cubana.

 
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