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Europa, España, Cuba: A medio siglo de Revolución PDF Imprimir E-Mail

Ago-20-08 - por Joaquín Roy*

El primero de enero de 1959 se cumplirá medio siglo desde el triunfo de la Revolución Cubana. Para entonces, ya la temporada de huracanes de 2008 debiera ser un mero recuerdo anecdótico. El calor del verano habrá dado paso al radiante sol habanero y las brisas caribeñas. Si el impasse sucesorio sigue más o menos como ha estado desde el anuncio de la enfermedad de Castro ya hace dos años, difícil resulta predecir cuáles habrán sido para entonces las nuevas medidas correctoras de Raúl. Tampoco puede especularse si la presión interior le habrá obligado a acelerar la reforma. Finalmente es una incógnita vislumbrar, por el contrario, si habrá insistido en demandar a los cubanos que sigan apretándose el cinturón.

Para Europa, y muy especialmente España, la fecha del 1 de enero es emblemática porque entonces deberá efectuarse un balance de lo que ha sido la actitud europea ante la evolución del régimen castrista. A grandes rasgos, sin que la simplificación dé pie a errores, la acción europea en Cuba ha sido como una reacción a la actividad de los Estados Unidos, y han consistido en la persistencia en mantener la línea de comunicación abierta con Cuba.

Por un lado, para decirlo con expresiones populares, la respuesta europea (y española, con más insistencia) a las demandas de Estados Unidos (embargo, Helms-Burton) se ha ilustrado con un sonoro: "no te metas en lo que no te importa". Para que se entienda a la cabalidad en Washington, el equivalente del inglés popular tiene incluso mas sabor: "It's none of your business". Despúes de todo, el "business" de América, dijo Coolidge, es "business". Además, Europa (y España) está en Cuba desde mucho antes de la presencia de Estados Unidos.

Hacia Cuba, Europa en general, y muy especialmente España, parecen haber ilustrado gráficamente la tozudez de su presencia en Cuba y la tenacidad con que han insistido en persuadir al régimen a adoptar reformas con otras expresiones populares. Ante la numantina resistencia del régimen cubano a variar ostensiblemente los aspectos centrales de su sistema, europeos y españoles parecen haberse consolado con un "nadie es perfecto". Al señalarse la rudeza del régimen dictatorial cubano, los europeos ha optado por el método comparativo y han recordado que en otros lugares del planeta se violan los derechos humanos de un modo peor. Y que alguien tire la primera piedra.

En preparación para recibir una desilusión por la política de "implicación constructiva" en Cuba, Europa ya está preparada para exclamar con la voz popular neoyorquina, una mezcla de caradura y sinceridad: "no me critiques por insistir" [don't blame for trying].

En cualquier caso, a modo de especular sobre cuál será el panorama cubano y su relación con Europa y España en cuanto se abra el nuevo medio siglo de régimen revolucionario, se recomienda meditar sobre las fuerzas que continuarán ejerciendo presión para que no se produzcan cambios ostensibles, sobretodo sin el hecho biológico ineludible (la muerte de Fidel) en un tiempo prudencial. En primer lugar, en la visión europea, el mayor punto de fortaleza de Raúl sigue siendo el mal disimulado deseo de estabilidad que domina (por lo menos, hasta la elección presidencial en Estados Unidos en noviembre y el posible cambio de guardia en Washington en enero).

Lo último que cualquier presidente estadounidense necesita ahora (el desastre de Irak, la precariedad de Afganistán, la incertidumbre de Irán, y ahora la amenaza neoimperial de Moscú) es un grave enfrentamiento en Cuba que provoque emigración masiva. Por eso, calladamente, Washington agradezca a Bruselas y Madrid los servicios prestados.

En el escenario latinoamericano, las fortunas de Raúl y la supervivencia de su régimen no solamente dependen de la habilidad con que consiga el equilibrio entre las presiones interiores y las reformas mínimas, sino de la propia evolución de su socio y protector en Venezuela. Una vez los Juegos Olímpicos de Pekín no sean más que un recuerdo se esfumará ostensiblemente la utopía del modelo chino para Cuba. La apabullante diferencia industrial y demográfica del antiguo dominio de Mao con el producto generado por Castro convencen de la inviabilidad de la adaptación.

Tampoco parece que la tentación vietnamita (la preferida por Raúl) sea la más plausible. En primer lugar, porque se duda que los cubanos estén dispuestos a tragar la separación drástica entre capitalismo salvaje al estilo del sudeste asiático y la ausencia total de participación política. De ahí que en las capitales europeas se frunza el ceño ante la perspectiva de que Cuba se lance por la senda inédita a medio camino entre el México del PRI, las abismales diferencias sociales de Centroamérica, y la indefinición del sistema venezolano. Cuba está en realidad en el Caribe. Y a noventa millas de Cayo Hueso. Por eso en Bruselas, Madrid y Washington haya un curioso consenso: que todo quede como está, ya que puede ser peor.

*Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

 
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