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Estados unidos: de la polarización a la anarquía PDF Imprimir E-Mail
Ene-13-21, por Rosendo Fraga
 
 

En la última década ha sido común analizar el conflicto político de la sociedad estadounidense como una situación de polarización, fractura o grieta que ha generado dos bandos cada vez más irreconciliables. Es un proceso que se ha dado entre el primer gobierno de Obama y el final de la Administración Trump. Desde esta perspectiva, se trata de un fenómeno político hoy común a Occidente, que tiene ejemplos claros en Europa y en América Latina. Que al primer presidente afroamericano le haya sucedido Donald Trump es exactamente lo que se denomina una "actitud reaccionaria" frente al cambio. 

La postura frente a la inmigación y las minorías ha sido un eje central de esta fractura. Los afroamericanos, hispanos e inmigrantes asiáticos rechazaron claramente a Trump y sus partidarios. Este eje coincide con otro de fractura geográfica: los estados sobre las dos costas de Estados Unidos en el Atlántico y el Pacífico son contrarios al sistema de valores que representa Trump, mientras que el amplio centro, más conservador, se aglutinó detrás del presidente que termina. La reacción contra la globalización que representa el "America First" también profundizó la fractura entre los blancos de clase media baja que añoran un pasado laboral y económico mejor, y las élites cosmopolitas, inclinadas hacia una visión progresista. 

Hay otro eje, el factor religioso: Trump, que asumió valores conservadores que en su paso no tan lejano por el partido demócrata no representaba, profundizó la división con esos valores entre católicos y evangélicos. Era un problema que estaba presente, influía en la política y en los votantes, pero que se exacerbó. Un cuarto eje de fractura se produjo en el sistema político. La tradición de negociación y acuerdos del partido demócrata y republicano que se mantuvo hasta entrado el siglo XX, y que se dio en el siglo XXI en situaciones como la lucha contra la amenaza terrorista y la aprobación del parlamento a la segunda guerra de Irak, ha derivado en un creciente enfrentamiento impulsado por la radicalización política. 

Hace 10 años los historiadores comenzaban a plantear que la sociedad estadounidense se encaminaba hacia su mayor división o ruptura desde la Guerra Civil de mediados de siglo XIX. Banderas confederadas ondeando en la toma del Capitolio el 6 de enero parecieron confirmar ese "revival". Las Fuerzas Armadas vienen negándose a ser instrumento de Trump durante la campaña electoral y en la crisis tras las elecciones, pero la simpatía y adhesión a Trump en el personal policial que lidia con la seguridad cotidianamente puede ser un problema frente a ciertos atisbos de anarquía que comienzan a dibujarse. 

Pero el 6 de enero también emergió otro eje de la fractura: la gestación de una contracultura representada en la imagen de Q-Shaman. La imagen de este manifestante, con el torso desnudo, ataviado con el cuero y la cornamenta de un bisonte y los colores de la bandera estadounidenses pintados, recorrió la prensa mundial. Pero a los riesgos que implica una polarización, fractura y división de esta envergadura, aparece otro riesgo: el de una situación política anárquica. Ello se plantea claramente en la brecha entre votantes republicanos que mantienen su lealtad a Trump y una estructura partidaria que ahora sí pareciera decidida a abandonarlo. 

Las encuestas muestran que entre uno y dos tercios de los votantes de Trump apoyan o justifican el ataque al Capitolio. En cambio, sólo 8 de los 52 senadores se negaron a reconocer el triunfo de Biden con su presencia. Entre los integrantes de la Cámara Baja, en cambio, sobre 211 legisladores republicanos, fueron 139 -es decir dos tercios- los que no avalaron la asunción de Biden. La causa es simple: no perder a sus votantes, que están próximos por el sistema uninominal para elegir a los miembros de la Cámara Baja. No va a ser fácil para el partido republicano mantener su unidad, porque su fractura interna es la más profunda que se haya registrado. De formalizarse esta división, la polarización dejaría de ser tal. 

El voto del mal menor que ha significado Trump para los republicanos moderados deja de funcionar y surgiría un sector de la sociedad que puede ser entre un quinto y un cuarto de la misma, que genera una expresión política distinta, una ultraderecha desarrollada en base a la frustración y resentimiento de los blancos de bajos ingresos, pero influido por una contracultura que está emergiendo. 

Pero entre los demócratas la situación tampoco es fácil: Biden no representa la voluntad de cambio que inspira a los militantes jóvenes y representantes de las minorías que se volcaron hacia el partido demócrata como "mal menor". Biden en muchos aspectos es un político que coincide con el estilo del vicepresidente Pence, que claramente no acompañó las actitudes extremistas de Trump en su final. En la primaria demócrata los sectores más opuestos a Trump apoyaron al senador Bernie Sanders, expresión del ala izquierda de la coalición demócrata. Estos sectores, así como los que apoyaban a la senadora Elizabeth Warren, una progresista moderada, han quedado con baja representación en el equipo de gobierno de Biden. 

Como novedad se registra el haber propuesto a un general afroamericano como primer jefe del Pentágono de esta minoría, pero no parece representar un cambio ideológico. No va a ser fácil para Biden mantener la cohesión en su coalición heterogénea y con sectores antagónicos. 

Pero existe otro eje de conflicto subyacente que la polarización le ha quitado visibilidad: el generacional. Los dos candidatos demócratas que compitieron finalmente en las primarias, Berni Sanders y Joe Biden, tienen respectivamente 79 y 78 años; Trump tiene 74. Alguno podrá argüir sin embargo que la vicepresidente de Biden, Kamala Harris, tiene 56 años, pero la líder demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, tiene 80. En todo el arco político, de un extremo a otro, la oferta de las candidaturas de 2020 ha tenido más de 74 años, algo que no representa la ebullición que vive la sociedad estadounidense en este momento.

 
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