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Pandemia y cambios en la política PDF Imprimir E-Mail
Jul-12-20, por Rosendo Fraga
 
 

La política es paradojal, compleja, contradictoria y ambigua. 

Predomina la idea de que la Pandemia va a traer grandes cambios en ella, dada la profanidad de los impactos que  genera, en los social, cultural, tecnológico y económico, entre otros ámbitos en los cuales se desarrolla la actividad humana. 

Pero al mismo tiempo en los cuatro meses transcurridos desde que se declaró como tal por las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud, sobre casi 200 países que la integran en ninguno de ellos un gobierno ha caído o sido reemplazado, por los efectos y consecuencias de la Pandemia. No se han producido este tipo de situaciones no solo en Occidente, sino tampoco en Asia o África.

 

Ella a "congelado" los procesos políticos, pero no los conflictos. 

Es lógico que hayan quedado en suspenso las convocatorias electorales con muy pocas excepciones. En Corea del Sur el gobierno realizó elecciones, imponiéndose el oficialismo fortalecido por buenos resultados en la lucha contra el Coronavirus. En Francia, tuvo lugar la segunda vuelta de las municipales francesas, con la derrota del oficialismo liderado por Emanuel Macron y el crecimiento del Partido Verde. En Polonia tuvieron elecciones generales el mismo día, obteniendo la derecha nacionalista que gobierna, 12 puntos de ventaja sobre la oposición liberal y europeísta. No hay ningún hilo conductor.  

Por lo general, el manejo de la Pandemia ha debilitado a quien gobierna en Occidente. En los países más desarrollados, axial ha sucedido en EEUU, Reino Unido, Francia, Italia, España, Bélgica y Suecia. La excepción es Alemania, donde Merkel ha tenido una fuerte recuperación de popularidad que le permitirá terminar muy bien 16 años continuos de gobierno. 

En América Latina sucede otro tanto. Se han debilitado los líderes oficialistas en México, Brasil, Chile, Perú, Ecuador y Bolivia. El debilitamiento es menor en Colombia y Argentina. Sólo el Presidente de Uruguay ha tenido una mejora en su aprobación por la gestión de la Pandemia y el de Paraguay no registra cambios. 

Pero fuera de occidente hay algunos fenómenos que no son advertidos. Un país como Vietnam, con casi 100 millones de habitantes, no tiene ningún muerto por el Coronavirus. Lo mismo sucede con Laos y Camboya, mientras que Myanmar y Tailandia casi no los tienen. Es la mejor región del mundo luchando contra el virus. 

Al mismo tiempo, no aparece una hipótesis clara acerca de porqué el África, con la excepción de Sudáfrica, tiene muy bajos niveles de infección.

Si bien la Pandemia no ha precipitado ningún cambio político en términos de gobierno, han tenido lugar cambios estratégicos en el amplio continente euro-asiático. Tuvo lugar un incidente militar en la frontera entre China e India. La primera avanzó para anular la autonomía de Hong Kong, precipitando el conflicto ideológico con Occidente y sus aliados asiáticos. En este contexto, Taiwán ratificó su rechazo a la unificación con China. 

En Rusia, Putin realizó el referéndum que había convocado para reformar la Constitución y lo ganó con el 70% de los votos, con lo cual podrá permanecer en el poder hasta 2036. Las denuncias de la oposición sobre  irregularidades electorales, casi no tuvieron eco en Occidente, a diferencia de lo sucedido con China en Honk Kong.

 

Dos visiones diferentes sobre el mundo Pos Pandemia 

La primera cuestión es si se interrumpen o aceleran las tendencias preexistentes. 

Hasta la Pandemia, el mundo iba hacia un mayor nacionalismo en lo ideológico, nuevos líderes más autoritarios, más proteccionismo en lo económico, menos globalización y debilitamiento del marco multilateral en las relaciones internacionales. 

Una visión sostiene que esta tendencia se interrumpirá y revertirá. El mundo revitalizará las organizaciones internacionales ante su fracaso para enfrentar la Pandemia. Buscará lideres más "racionales" dado la falta de resultados para enfrentar el Coronavirus, de los líderes populistas de Occidente, como Donald Trump y Jair Bolsonaro. Todo ello hará recuperar espacio a la globalización. 

Esta visión es la "deseable" para las "elites" occidentales, pero no tanto para las de Eurasia y África. Ni Xi en China, Putin en la India, o Modi en la India, parecen demasiado entusiasmados con la reversión de la tendencia preexistente. Tampoco Erdogan en Turquía, Al Sissi en Egipto o Rohani en Irán entre otros. 

Si esta visión se impusiera, el mundo volvería a la primera década del siglo XXI. 

Que ello suceda, es una "posibilidad", pero es discutible su "probabilidad". 

También puede suceder lo contrario. Durante la Pandemia, cerrar fronteras,- incluso internas,- ha sido visto como algo positivo por la mayoría de las sociedades, percibiendo al "otro" como amenaza. 

La Pandemia es una amenaza global, pero ha sido enfrentada nacionalmente. Cada país ha desarrollado su propia política. Países de una misma región, han competido entre ellos para presentar mejores números en cuanto a infectados y muertos. La solidaridad entre países ha sido baja. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha quedado con menos prestigio que antes. La búsqueda de la vacuna, que debería ser mancomunada en la búsqueda de un bien universal, se ha transformado en una carrera competitiva para llegar antes a tenerla, para obtener prestigio y poder. 

 

¿Qué pedirá la Pos-Pandemia de los líderes políticos? 

Posiblemente, algo tan difícil y complejo como hacer compatible el nacionalismo con la globalización, quizás los dos opuestos más fuertes en  las dos visiones descriptas. 

El nacionalismo no debería desconocer que debe evitar su identificación con el autoritarismo, que suelen ir juntos. 

El globalismo por su parte, tendría que modificar su identificación con el capitalismo financiero, con el cual se identifica en los hechos. 

El primero, debería asumir que su exaltación del sentimiento, no debería ser incompatible con cierta racionalidad. 

El segundo a su vez, tendría que aceptar que su lógica de lo inevitable, sin una cuota de humanismo, deja fuera de su propuesta valores esenciales para gran parte de la humanidad.

 

El liderazgo político ideal del futuro, debería estar en condiciones de romper dos antinomias: nacionalismo vs. globalización y sentimiento vs. racionalidad. 

Si no se logra resolver este desafío, la política se moverá sobre los extremos y la polarización, que eran los ejes centrales de la política preexistente a la Pandemia. 

Hace un par de años, Emanuel Macron intentó romper estas opciones antagónicas. Cuando le preguntaron  si era un globalista o un nacionalista, respondió que no era ni lo uno ni lo otro, sino que era un "patriota francés".  Una buena respuesta para romper las dicotomías mencionadas. 

¿Pero lo logró? Fue una respuesta conceptualmente inteligente, pero que tuvo dificultades para llevarla a los hechos.

 

Latino-América es un capitulo aparte

Como dijera el cientista político francés Alan Touraine, es el "extremo Occidente, pero el occidente al fin". 

De acuerdo a ello, los debates y cuestiones que se discuten en el Occidente desarrollado, llegan a nuestra región, donde suelen ser más reelaborados que imitados. 

En la primera década del siglo, América Latina giró hacia el centro-izquierda, Avanzada la segunda, lo hizo hacia el centro-derecha. Al fin de la misma, giro hacia el populismo. 

Se trata de una cultura política, no de una ideología. 

En América puede tener una tendencia de derecha autoritaria, como es el caso de Bolsonaro en Brasil. De centro-izquierda en el caso de Lópéz Obrador. Totalitaria con el régimen venezolano, que de hecho se encamina hacia un sistema de partido único. Pero los tres son "nacionalistas" y críticos de la globalización. Quienes gobiernan México y Brasil, la cuestionan en términos políticos y culturales. El Chavismo por su parte lo hace también en lo económico. Pero los tres buscan dirigirse a los sentimientos y polarizar la política, como corresponde a la cultura política populista. 

Superar la cultura populista es el principal desafío de la dirigencia política latinoamericana. Como sucede en el resto de Occidente, ello implica resolver con éxito las dos antinomias: la que enfrenta al nacionalismo con la globalización y el sentimiento con la racionalidad. 

 
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