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Significados de la elección ecuatoriana PDF Imprimir E-Mail
Feb-22-17 - por Rosendo Fraga

La elección presidencial de Ecuador adquiere relevancia regional por varias razones, entre ellas que es una de las pocas que tendrán lugar en 2017. Sólo dos países de América del Sur eligen presidente este año, Ecuador al comienzo del año y Chile al final. Ampliando el ámbito de análisis a América Latina, también habrá elección presidencial en Honduras. Venimos de un ciclo de elecciones en la región -presidenciales y locales- donde la constante fue la derrota de los oficialismos en función de una explicación clara: América del Sur ha sido la región del mundo que menos ha crecido en 2015 y 2016. En consecuencia quienes gobiernan, que hasta mediados de esta década se vieron electoralmente beneficiados de que la región tuvo el mayor ciclo de crecimiento de la historia impulsado por el precio de las materias primas que exporta, ahora se ve perjudicada al revertirse el ciclo negativamente. Ecuador ha sido un ejemplo claro. La economía ha estado en dificultades los últimos dos años -en gran medida por la baja en el precio del petróleo-  y ello impidió al presidente Correa presentarse a un cuarto mandato consecutivo tras diez años de gobierno, ya que no ganaba el referéndum para avanzar en la estrategia necesaria para poder modificar la Constitución, sin lo cual no podía presentarse. El deterioro económico ha permitido a un político proveniente de la banca y el empresariado, ser la opción opositora más votada. Su imagen tiene puntos de contacto con las de Macri en Argentina y Kuczinski en Perú, llegados a la política desde el ámbito empresario. Si Moreno fuera derrotado en la segunda vuelta -si finalmente se hace- ello confirmaría la hipótesis de que una economía en dificultades es la clave de los cambios políticos que están teniendo lugar en la región.

El segundo significado es si se confirma o no el giro anti-populista que se viene dando en América del Sur desde el triunfo de Macri en la Argentina en noviembre de 2015. Durante el año pasado, Evo Morales fue derrotado en febrero en un referéndum para poder presentarse a un cuarto mandato consecutivo; en mayo Dilma fue suspendida en el ejercicio del cargo por el Congreso; en junio, ganó la segunda vuelta un candidato pro-mercado en Perú; en agosto, fue destituida la entonces Presidenta brasileña; en octubre, el PT tuvo una rotunda derrota en las elecciones municipales; semanas después, el centro-derecha ganó las municipales chilenas; también hay que agregar la derrota del presidente Santos en el referéndum colombiano, respecto al acuerdo de paz con las FARC, frente a la posición crítica del ex presidente Uribe. Analizado en conjunto ha habido un marcado giro político-electoral hacia el centro-derecha en América del Sur. Ampliando el análisis a América Latina, en noviembre tuvo lugar la elección presidencial en Nicaragua, siendo reelecto para un cuarto mandato un presidente populista (Ortega), que llevó a su esposa como candidata a la Vicepresidencia. Si gana el candidato de Correa en Ecuador, puede plantearse la hipótesis de si el giro hacia el centro-derecha no ha comenzado a debilitarse. Si no es así, se confirmaría en Ecuador el mencionado giro hacia el centro-derecha.

El tercero, es si los modelos populistas latinoamericanos, que gobiernan indefinidamente, pueden tener la posibilidad de ser desplazados a través de las urnas. Si Laso gana en Ecuador, puede plantearse la hipótesis de que es posible producir este tipo de desplazamiento sin violencia, algo que no ha tenido lugar desde que Chávez llegó al poder en 1998. Es que en dos décadas, ninguno de los líderes populistas de la región (Chávez-Maduro, Ortega y Evo), han podido ser desplazados por las urnas. Esta característica de permanencia indefinida, que obliga a acentuar el autoritarismo, comienza a asemejar algunos gobiernos populistas como el de Venezuela y eventualmente el de Nicaragua, al régimen cubano de partido único. Correa sería el primer caso de un presidente populista latino-americano del siglo XXI, que entrega el poder pacíficamente tras perder elecciones. También sería el primero que acepta limitar la reelección, algo que no ha hecho ninguno de los otros. Un triunfo de Laso, alentaría a la oposición venezolana que ve como el Chavismo se prolonga en el tiempo pese al caos económico y social y su creciente impopularidad y haría mas difícil la pretensión de Evo Morales en Bolivia de ir por un cuarto mandato consecutivo, pese a haber perdido el referéndum hace un año atrás e impedirlo la Constitución.

Pero el año clave para saber si America Latina ha salido del populismo o no, será 2018. Ese año se realizan elecciones presidenciales en México en agosto y en Brasil en octubre. Como el primero tiene periodo presidencial de seis años y el segundo de cuatro, la coincidencia se da sólo cada 12 años. La situación en México es incierta, con la fuerte tensión política que ha generado el muro que pretende construir Trump, confirmado reiteradamente durante su primer mes de gobierno y el deterioro de las perspectivas económicas del país que implica su proteccionismo. El escenario electoral está abierto: el candidato populista (López Obrador) busca crecer contra Trump, pero también lo hace la probable candidata de centro-derecha (Zabala), con un discurso muy nacionalista. El hombre más rico del país (Slim) ha dado señales de no descartar su candidatura y el oficialismo -el PRI- sigue buscando un candidato competitivo, que todavía no aparece. En Brasil, los últimos sondeos muestran que la aprobación del presidente Temer está por debajo del 10% menos que cuando asumió en agosto, que era de 14%. Las perspectivas de recuperación económica se postergan, previéndose que en 2017 el crecimiento no llegará al 1%. Los sondeos muestran que si se votará hoy, Lula sería el candidato más votado, con cerca del 30% de los votos. Será en última instancia el resultado de estas dos elecciones, lo que confirmará si la región ha salido del populismo o no.

En conclusión: la elección presidencial de Ecuador, confirmará o no si es posible ganar las elecciones para los gobiernos de la región, pese a una situación económica negativa; también ratificará o no la contundencia del giro hacia el centro-derecha que ha tenido lugar en los procesos político-electorales entre fines de 2015 y a lo largo de 2016; además, pondrá de manifiesto si es posible desplazar electoralmente a los líderes populistas de la región, lo que no ha sucedido en dos décadas y serán las elecciones presidenciales que tendrán lugar en México y Brasil en 2018, las que confirmarán si la región ha salido del populismo o no.  

 
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