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Brasil: veinte años no es nada PDF Imprimir E-Mail
Sep-05-16 - por Oscar Bottinelli *

“Aguante, que si a Vd. lo tiran, después seguimos los demás”1 Palabras más, palabras menos, este es el concepto de lo que Jorge Batlle le trasmitió a su colega Hugo Chávez durante la asunción de Lula. En medio del tambaleo del bolivariano, medio izquierdista medio populista, empujado por la derecha, Jorge Batlle tuvo la visión de saltar por encima de lo ideológico, de las simpatías y antipatías personales o políticas con unos y con otros, y ver el tema desde un ángulo institucional.

Si los presidentes constitucionales son removibles a golpes de movilizaciones populares, presiones corporativas o conjuras parlamentarias, lo que está en juego no es un proyecto de derecha o de izquierda, sino la continuidad institucional. Porque una vez que se abre la canilla, no se cierra.

En América del Sur hay ejemplos a la vista: en Ecuador se destituyó a un presidente mediante juicio político y por motivaciones políticas, y luego se repitió el caso [y se volvió a repetir]; en Venezuela, donde estuvo metida la cola de Chávez, se destituyó a Carlos Andrés Pérez y nunca más el país reencontró la estabilidad política. A veces cuesta entender que un hombre de centro-derecha como Batlle - libremercadista, antiestatista, políticamente liberal - defienda a un hombre que camina entre la izquierda y el populismo como Chávez, quien a su vez es bastante estatista y poco ortodoxo en materia de liberalismo político.

Las ideas que en Uruguay sostiene Batlle son las que en Venezuela sostuvieron los que impulsaron las manifestaciones callejeras, la huelga petrolera, los pedidos de renuncia o destitución de Chávez, los que impulsaron el fallido golpe del año pasado [2002]. Lo que diferencia a esos venezolanos del presidente uruguayo es una distinta valoración de la estabilidad política y de la institucionalidad. Es una divergencia no de ideas políticas sino de cultura política. Es una cultura diferente la que sostiene que a un presidente se le apuntala por ser tal, aunque se combatan duramente sus ideas y sus políticas; (esa) es la cultura predominante en el Uruguay.

Por algo cuando buena parte del país dudó de la capacidad de Jorge Batlle para mantener el timón de la República, en el aciago lapso que va de las declaraciones a la cadena Bloomberg hasta la caída de Bensión2, no apareció desde el sistema político ningún reclamo de renuncia que se haya formulado con respaldo político significativo.

 

Estas líneas fueron escritas en 2003, a propósito de la Venezuela de entonces y del Uruguay de entonces. Pero los conceptos tienen validez urbi et orbi. Y son aplicables al Brasil de hoy3. Tampoco hay que olvidar que las maniobras políticas, los juegos leguleyos, las manifestaciones populares no surgen de la nada, sino que en mayor o en menor grado hay razones reales para las protestas. Y un tipo de razones que permite esos comportamientos, es cuando se cae en abierta y generalizada corrupción.

 

Al analizar los procesos políticos la mar de las veces se enfoca lo político en un sentido táctico, de corto plazo, de pérdidas y ganancias inmediatas; o en un sentido ideológico, de sintonía o asintonia con las ideas de oficialistas u opositores, de sustituidos o de sustituidores. O se enfoca lo jurídico, entendido como el análisis abogadil, leguléyico, de búsqueda de la interpretación que más favorezca lo que uno quiere, de elegir una biblioteca con la tesis de que siempre hay varias para el gusto de cada quien. El tema es que con sentido estratégico, profundo, de muy largo plazo, lo que realmente importa son los valores de tipo estructural que hacen al basamento de un sistema político y de un régimen social. La democracia es formas y procedimientos, pero también valores y cultura. Si algo no cabe duda es que Brasil se encuentra en un proceso de franco deterioro político e institucional, que se suma a un grave deterioro económico, social y moral. Poco más de dos décadas es todo lo que ha podido exhibir de funcionamiento político que semeje modernidad.

 

El tema de la sustitución de la jefatura de Estado abre un abanico de temas, muchos de los cuales han sido confundidos en el debate político uruguayo. Por un lado, nada tiene que ver la constitucionalidad o democraticidad del proceso con el mantenimiento o ruptura de relaciones diplomáticas. Uruguay mantiene relaciones no solo con países plenamente democráticos (a lo sumo otros 24), sino con democracias imperfectas (entre ellas los dos vecinos, que nunca han sido democracias plenas), con regímenes híbridos, con sistemas semiautoritarios y con regímenes autoritarios; con países del mas pulcro respeto a los derechos humanos y con países de feroces violaciones a los derechos humanos. Uruguay siempre aplicó el criterio pragmático de que para reconocer a un gobierno el mismo debe ejercer el poder del Estado en todo el territorio sujeto a su soberanía, y asumir el cumplimiento de todas sus obligaciones internacionales. Y punto. Con estos argumentos reconoció a la República Popular China.

 

Tampoco democraticidad y constitucionalidad son sinónimos, como no son sinónimos democracia y Estado de Derecho. Hay Estados de Derecho no democráticos y hay órdenes constitucionales no democráticos. Por ello, el mantenimiento de relaciones diplomáticas nada tiene que ver con otros institutos de aplicación en organismos internacionales. Que además son diferentes. El Mercosur (Protocolos de Ushuaia I y II) y UNASUR protegen contra la ruptura o amenaza de ruptura del orden democrático, de una violación del orden constitucional o de cualquier situación que ponga en riesgo el legítimo ejercicio del poder y la vigencia de los valores y principios democráticos. Pero ni uno ni otro definen qué entienden por orden democrático, principios democráticos o valores democráticos, cuándo y cómo se viola el orden constitucional o cuál es la legitimidad o falta de ella para el ejercicio del poder. La OEA, por el contrario, tiene su Carta Democrática Interamericana que hace una minuciosa definición de democracia y descripción de su contenido. Tan minuciosa y exigente, que a simple vista a lo sumo 4 de los 35 países miembros (o de los 34 actuantes) pueden salvar el examen; y 4 con bastante buena voluntad. Esos jefes de Estado o de Gobierno podrían reunirse perfectamente y con holgura en el living de la residencia particular de Tabaré Vázquez.

 

Mucho de los debates transcurren en blanco y negro, sin siquiera grises. Hay democracia o no hay democracia, y si no hay democracia lo que hay es autoritarismo. Resulta que las democracias, al menos las plenas, son una abrumadora minoría en el mundo, y los autoritarismos plenos son más pero también una minoría. El mundo está lleno de matices, de tonalidades y de grises.

 

Se discute con ardor si hubo golpe o no hubo golpe. Golpes eran los de antes, con uniforme, botas y fusiles, al son de las marchas militares, cuando no con tanques y aviones. La deposición de un presidente, o su muerte, o la toma física del Poder Legislativo, simbolizaban el acto de consumación del golpe de Estado. Eran tiempos en que los golpes tenían fecha y hora de concreción. Luego el mundo se civilizó, los presidentes o los gobiernos pasaron a ser destituidos o renunciados por los parlamentos, o por los magistrados, o por las marchas populares y los cacerolazos, o más civilizadamente aún, por el alza descontrolada del riesgo país y la caída de las bolsas.

Los golpes ya no se ven a simple vista, hay que demostrarlos; y además siempre hay también culpas de las víctimas. Entonces, la palabra golpe parece fuera de moda, porque ya no hay fecha ni hora precisa. Pero con o sin esa palabra, bona fide no hay duda cuando los valores de la poliarquía se resquebrajan.

 

Lo que importa sobremanera es no sacralizar las palabras e ir, más que a los hechos episódicos, a los procesos históricos. Y ahí, a veces, parafraseando a Borges, está el riesgo de toparse con el espanto.

 


1 Ver, Aguante, que después nos toca, El Observador julio 20 de 2003

 

2 Periodo del 4 de abril al 24 de julio de 2002

 

3 Ver además Miré hacia abajo en mi tumba abiertaCláusulas democráticas y democracia y De democracia y proporcionalidad, El Observador. Ver también Los cristales para mirar a Brasil: o Golpe de Estado o procedimiento constitucional.“Aguante, que si a Vd. lo tiran, después seguimos los demás”1 Palabras más, palabras menos, este es el concepto de lo que Jorge Batlle le trasmitió a su colega Hugo Chávez durante la asunción de Lula. En medio del tambaleo del bolivariano, medio izquierdista medio populista, empujado por la derecha, Jorge Batlle tuvo la visión de saltar por encima de lo ideológico, de las simpatías y antipatías personales o políticas con unos y con otros, y ver el tema desde un ángulo institucional. Si los presidentes constitucionales son removibles a golpes de movilizaciones populares, presiones corporativas o conjuras parlamentarias, lo que está en juego no es un proyecto de derecha o de izquierda, sino la continuidad institucional. Porque una vez que se abre la canilla, no se cierra. En América del Sur hay ejemplos a la vista: en Ecuador se destituyó a un presidente mediante juicio político y por motivaciones políticas, y luego se repitió el caso [y se volvió a repetir]; en Venezuela, donde estuvo metida la cola de Chávez, se destituyó a Carlos Andrés Pérez y nunca más el país reencontró la estabilidad política. A veces cuesta entender que un hombre de centro-derecha como Batlle - libremercadista, antiestatista, políticamente liberal - defienda a un hombre que camina entre la izquierda y el populismo como Chávez, quien a su vez es bastante estatista y poco ortodoxo en materia de liberalismo político. Las ideas que en Uruguay sostiene Batlle son las que en Venezuela sostuvieron los que impulsaron las manifestaciones callejeras, la huelga petrolera, los pedidos de renuncia o destitución de Chávez, los que impulsaron el fallido golpe del año pasado [2002]. Lo que diferencia a esos venezolanos del presidente uruguayo es una distinta valoración de la estabilidad política y de la institucionalidad. Es una divergencia no de ideas políticas sino de cultura política. Es una cultura diferente la que sostiene que a un presidente se le apuntala por ser tal, aunque se combatan duramente sus ideas y sus políticas; (esa) es la cultura predominante en el Uruguay.

Por algo cuando buena parte del país dudó de la capacidad de Jorge Batlle para mantener el timón de la República, en el aciago lapso que va de las declaraciones a la cadena Bloomberg hasta la caída de Bensión2, no apareció desde el sistema político ningún reclamo de renuncia que se haya formulado con respaldo político significativo.

 

Estas líneas fueron escritas en 2003, a propósito de la Venezuela de entonces y del Uruguay de entonces. Pero los conceptos tienen validez urbi et orbi. Y son aplicables al Brasil de hoy3. Tampoco hay que olvidar que las maniobras políticas, los juegos leguleyos, las manifestaciones populares no surgen de la nada, sino que en mayor o en menor grado hay razones reales para las protestas. Y un tipo de razones que permite esos comportamientos, es cuando se cae en abierta y generalizada corrupción.

 

Al analizar los procesos políticos la mar de las veces se enfoca lo político en un sentido táctico, de corto plazo, de pérdidas y ganancias inmediatas; o en un sentido ideológico, de sintonía o asintonia con las ideas de oficialistas u opositores, de sustituidos o de sustituidores. O se enfoca lo jurídico, entendido como el análisis abogadil, leguléyico, de búsqueda de la interpretación que más favorezca lo que uno quiere, de elegir una biblioteca con la tesis de que siempre hay varias para el gusto de cada quien. El tema es que con sentido estratégico, profundo, de muy largo plazo, lo que realmente importa son los valores de tipo estructural que hacen al basamento de un sistema político y de un régimen social. La democracia es formas y procedimientos, pero también valores y cultura. Si algo no cabe duda es que Brasil se encuentra en un proceso de franco deterioro político e institucional, que se suma a un grave deterioro económico, social y moral. Poco más de dos décadas es todo lo que ha podido exhibir de funcionamiento político que semeje modernidad.

 

El tema de la sustitución de la jefatura de Estado abre un abanico de temas, muchos de los cuales han sido confundidos en el debate político uruguayo. Por un lado, nada tiene que ver la constitucionalidad o democraticidad del proceso con el mantenimiento o ruptura de relaciones diplomáticas. Uruguay mantiene relaciones no solo con países plenamente democráticos (a lo sumo otros 24), sino con democracias imperfectas (entre ellas los dos vecinos, que nunca han sido democracias plenas), con regímenes híbridos, con sistemas semiautoritarios y con regímenes autoritarios; con países del mas pulcro respeto a los derechos humanos y con países de feroces violaciones a los derechos humanos. Uruguay siempre aplicó el criterio pragmático de que para reconocer a un gobierno el mismo debe ejercer el poder del Estado en todo el territorio sujeto a su soberanía, y asumir el cumplimiento de todas sus obligaciones internacionales. Y punto. Con estos argumentos reconoció a la República Popular China.

 

Tampoco democraticidad y constitucionalidad son sinónimos, como no son sinónimos democracia y Estado de Derecho. Hay Estados de Derecho no democráticos y hay órdenes constitucionales no democráticos. Por ello, el mantenimiento de relaciones diplomáticas nada tiene que ver con otros institutos de aplicación en organismos internacionales. Que además son diferentes. El Mercosur (Protocolos de Ushuaia I y II) y UNASUR protegen contra la ruptura o amenaza de ruptura del orden democrático, de una violación del orden constitucional o de cualquier situación que ponga en riesgo el legítimo ejercicio del poder y la vigencia de los valores y principios democráticos. Pero ni uno ni otro definen qué entienden por orden democrático, principios democráticos o valores democráticos, cuándo y cómo se viola el orden constitucional o cuál es la legitimidad o falta de ella para el ejercicio del poder. La OEA, por el contrario, tiene su Carta Democrática Interamericana que hace una minuciosa definición de democracia y descripción de su contenido. Tan minuciosa y exigente, que a simple vista a lo sumo 4 de los 35 países miembros (o de los 34 actuantes) pueden salvar el examen; y 4 con bastante buena voluntad. Esos jefes de Estado o de Gobierno podrían reunirse perfectamente y con holgura en el living de la residencia particular de Tabaré Vázquez.

 

Mucho de los debates transcurren en blanco y negro, sin siquiera grises. Hay democracia o no hay democracia, y si no hay democracia lo que hay es autoritarismo. Resulta que las democracias, al menos las plenas, son una abrumadora minoría en el mundo, y los autoritarismos plenos son más pero también una minoría. El mundo está lleno de matices, de tonalidades y de grises.

 

Se discute con ardor si hubo golpe o no hubo golpe. Golpes eran los de antes, con uniforme, botas y fusiles, al son de las marchas militares, cuando no con tanques y aviones. La deposición de un presidente, o su muerte, o la toma física del Poder Legislativo, simbolizaban el acto de consumación del golpe de Estado. Eran tiempos en que los golpes tenían fecha y hora de concreción. Luego el mundo se civilizó, los presidentes o los gobiernos pasaron a ser destituidos o renunciados por los parlamentos, o por los magistrados, o por las marchas populares y los cacerolazos, o más civilizadamente aún, por el alza descontrolada del riesgo país y la caída de las bolsas. Los golpes ya no se ven a simple vista, hay que demostrarlos; y además siempre hay también culpas de las víctimas. Entonces, la palabra golpe parece fuera de moda, porque ya no hay fecha ni hora precisa. Pero con o sin esa palabra, bona fide no hay duda cuando los valores de la poliarquía se resquebrajan.

 

Lo que importa sobremanera es no sacralizar las palabras e ir, más que a los hechos episódicos, a los procesos históricos. Y ahí, a veces, parafraseando a Borges, está el riesgo de toparse con el espanto.

 


1 Ver, Aguante, que después nos toca, El Observador julio 20 de 2003

 

2 Periodo del 4 de abril al 24 de julio de 2002

 

3 Ver además Miré hacia abajo en mi tumba abiertaCláusulas democráticas y democracia y De democracia y proporcionalidad, El Observador. Ver también Los cristales para mirar a Brasil: o Golpe de Estado o procedimiento constitucional.

 

 
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