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La gran prueba de la Argentina PDF Imprimir E-Mail
Dic-02-15 - por Lucas Calzoni

La vida es el camino de aprendizaje de las personas, la historia es el camino de aprendizaje de los pueblos. Ya decía el sabio romano Marco Tulio Cicerón que "los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla". Entonces nos atreveremos los argentinos a recoger los frutos de nuestras experiencias como Nación, a asimilar las sabias lecciones de la historia. Reconozcamos que somos un país de excesos, de desmesuras tanto en lo bueno como en lo malo. Es evidente que nunca fuimos mediocres, siempre logramos destacar en todos los ámbitos: líderes políticos, héroes, educadores, escritores, músicos, deportistas y la lista es interminable. Dónde se encuentran entonces las raíces de nuestra decadencia, somos demasiado individualistas,  muy fatalistas o acaso nos quejamos demasiado y hacemos poco.  Si fuéramos médicos cuál sería nuestro diagnóstico sobre la Argentina: seremos un país adolescente que ya comienza a madurar o que no quiere crecer, seremos un país sano o enfermo, fuerte o débil, la "psiquis" argentina será bipolar porque siempre nos movemos de forma pendular de un extremo a otro, o acaso ciclotímicos porque pasamos del entusiasmo al desencanto, de la euforia a la depresión y de la manía al pesimismo. Si somos un país adolescente seremos un país "rebelde", respetamos la autoridad y las normas o siempre queremos estar al margen de la ley.

Acaso la anomia argentina será producto de esa pasión por transgredir las normas. Seremos los eternos "outsiders", como el gaucho Martín Fierro que busca la justicia fuera de la ley. Quiénes son los culpables de nuestros males, los que nos gobiernan, los que se dejan gobernar, la sociedad o nosotros mismos. Si la culpa la tiene la clase política entonces es porque hay "mala política". Ésta tiene su origen en "los males morales" que todos reconocemos y condenamos como la corrupción, el clientelismo o el autoritarismo, pero hay vicios tan nocivos como éstos y que nos negamos a reconocerlos como tales, incluso los alabamos como la "viveza criolla", la pedantería, la soberbia, o el "cortoplacismo hedonista" de vivir el presente sin importarme el mañana. Este último vicio hace que siempre caigamos en las mismas trampas una y otra vez. Tenemos una miopía que no nos permite mirar a largo plazo, esto se ve reflejado en lo político y en lo social. No tenemos políticas de Estado porque no tenemos visión o ésta se encuentra sesgada. Caemos en  la "refundación" permanente de la República, hablamos de "neoliberalismo" o "neopopulismo" como si fueran ideas o procesos nuevos cuando en realidad no tienen nada de originales. Somos "gatopardistas" por naturaleza, queremos que todo cambie para que todo siga igual. Somos "maniqueos" porque siempre caemos en los antagonismos, en las divisiones, gran parte de nuestra historia nos lo confirma. El odio entre hermanos siempre ha sido muy fuerte, pareciera que nos persigue la "ley de la discordia". Para muchos de nuestros gobernantes la política ha sido a la inversa de la máxima de Clausewitz, como si la política  fuera la continuación de la guerra por otros medios. Después de haber sufrido la "tiranía" de las dictaduras y los gobiernos autoritarios, y la "anarquía" de las crisis económicas y sociales, los argentinos nos encontramos perdidos, sin rumbo. Pareciera que nos encontramos en un laberinto sin salida, estamos hablando entonces de la "tragedia argentina" de no poder avanzar. Busquemos entonces los remedios a nuestros males, para poder curarnos y sanar.

Primero reconociendo nuestros errores en el pasado, pero también recordando nuestros aciertos y grandes logros. También tuvimos nuestro "milagro argentino" que empezó como fruto de la reconciliación y el diálogo. Estoy hablando del "Acuerdo de San Nicolás", que nos permitió encontrar un destino colectivo pleno para todos los argentinos.  A partir de allí pudimos construir con  previsibilidad y continuidad, porque prevaleció la negociación sobre la confrontación, la unión sobre la división y sobre todo la firme voluntad de acordar.  Este "pacto de gobernabilidad",  no fue tarea fácil, fue gracias a la labor de líderes y estadistas visionarios que esbozaron el futuro del país. La Argentina tuvo épocas de gran crecimiento económico y desarrollo cultural y social, no debemos olvidarlo. Al contrario, debemos tomarlo como ejemplo para la proyección y realización de una Argentina estable, próspera y exitosa. Supimos también lo que es un "buen gobierno" y de la eficacia de las buenas instituciones, como la educación, donde fuimos referentes para el mundo. Ahora nos encontramos frente a una nueva oportunidad, no podemos desaprovecharla. Es hora de que esa Argentina hecha de sueños inconclusos se haga realidad, es hora de soñar despiertos. No de creer en falsas utopías ni en construcciones ideológicas. Es hora de convencer con la fuerza del ejemplo, de acabar con la polarización, de no caer en las mismas trampas y errores de los que nos antecedieron. Debemos recordar que siempre en una fortaleza hay una debilidad y en una debilidad hay una fortaleza. Adoptemos lo mejor de los que nos antecedieron, como el afán modernizador y el impulso a la  educación de los "conservadores", la ética y los principios inquebrantables de los "radicales", y  la visión pragmática, la sed de justicia social y el fervor movilizador de los "peronistas". Poder hacer una síntesis es esencial para poder crecer y progresar como Nación. Nuestro crecimiento y aprendizaje tiene que ser interno y externo.

La Argentina tiene que adaptarse a los nuevos tiempos, aprender de los nuevos fenómenos como la "globalización" y fomentar la nueva "economía del conocimiento". Debe apostar por la integración latinoamericana pero también ser consciente del  nuevo mapa geopolítico multipolar, saber concertar alianzas estratégicas, conocer el valor de la negociación y de las buenas relaciones diplomáticas. La Argentina no debe aislarse, pero debe estar siempre alerta de los continuos cambios mundiales. Ahora tenemos la posibilidad de asistir a un nuevo "Desarrollismo del Siglo XXI". Este desarrollismo debe ser integrador, con visión de futuro y  con una planificación estratégica a largo plazo.  Con un pie en el pasado y otro pie en el futuro, sabiendo adaptar, construir y mejorar. Recordemos siempre las inmortales palabras de Juan Bautista Alberdi: "Entre el pasado y el presente existe una relación tan estrecha que juzgar el pasado no es otra cosa que ocuparse del presente. Equivocar el pasado implica inevitablemente equivocar el presente y por ende el futuro."

 
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