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Errores en la guerra: algo nada nuevo PDF Imprimir E-Mail
Oct-16-15 - por Guillermo Lafferriere

En estos días, y como consecuencia que una escuela en Afganistán fue alcanzada por la acción de militares de Estados Unidos y que por su parte misiles lanzados por los rusos desde el Mar Caspio habrían alcanzado el territorio de Irán, recordé un trabajo que publiqué años atrás en España y Argentina titulado "El criterio cero defecto" (1). En el mismo colocaba el centro de atención en un error muy difundido entre militares y civiles que tienen responsabilidad en los temas de defensa; error por el cual se considera que en las acciones militares no puede aceptarse que suceda fallo alguno.  En esa mirada, las operaciones militares tendrían que ocurrir de la misma manera en que se mueven las tropas en una plaza de desfile.  En efecto, en ese ámbito, alguien con voz enérgica ordena determinados movimientos y las tropas ejecutan desplazamientos al mismo tiempo y con notable precisión. Y no hay nada más diferente a una guerra que todo lo que se muestra en una actividad como la que acabamos de describir. Permítasenos que brindemos nuestra opinión sobre la razón de ello.

Las fuerzas militares pueden haber recibido el más realista de los adiestramientos, uno donde las condiciones del campo de combate hayan sido reproducidas con gran precisión. Sin embargo, aun en esas circunstancias, y por más que quienes allí se adiestren experimenten exigencias extremas, siempre en su subconsciente habrá consciencia que se están tomando medidas para evitar que haya bajas como producto de estas actividades. Y ello sucede incluso en la preparación de las tropas de elite más relevantes del mundo. Ello hace que siempre existirá una situación individual distinta al momento de ser colocado en una situación donde se sepa que existe la posibilidad concreta de ser herido o muerto o bien de causar uno mismo ese tipo de daño a otro ser humano. Obviamente el adiestramiento mejorará las capacidades de adaptación de una fuerza militar a ese choque que significa el ejercicio concreto de operaciones reales; pero la distinción permanece inmutable y ha sido comprobada a lo largo de no pocos ejemplos desde que el hombre hace la guerra; y viene haciéndola desde hace milenios.

La situación concreta de estar en un ambiente donde se desarrollan operaciones de guerra contra un enemigo es, desde nuestra perspectiva, una que influye en todos aquellos que deben tomar decisiones y en los que las ejecutan.  Las tensiones que se generan varían de acuerdo a un sinnúmero de circunstancias, pero existen y afectan a los hombres de varias maneras. Por un lado están conscientes que un error puede causar daños no deseados y por otro lado la guerra en su dinámica, no es un ambiente donde las situaciones aparezcan de manera secuencial y que por lo tanto puedan ir resolviéndose los inconvenientes a medida que cada uno de ellos se plantee. Ello normalmente no ocurre así. Los problemas aparecen de manera continua y simultánea; haciendo que decisores y quienes ejecutan las acciones vivan un clima de multiplicidad de tareas y presiones. 

A todo lo que hemos mencionado, que está tan relacionado con la manera en que el hombre se coloca en la demanda que la guerra genera, deben de sumársele otros elementos, tales como: fallas en la información que se dispone para decidir, detalles mínimos en algún equipo que no fue observado mientras no era exigido y comienza a funcionar mal o directamente a no hacerlo más en los momentos en que más se lo requiere, ordenes que no son claras y que quienes las reciben no tratan de aclarar por evitar que se los considere poco profesionales y por supuesto toda la pléyade de acciones que el enemigo hará de manera permanente para dificultar el propio accionar.

Todo esto fue tratado en su momento por Clausewitz en su monumental "De la Guerra". A muchas de estas cuestiones que comentamos, las denominaba "fricción".  Esa fricción es el producto de colocar en marcha un conjunto de personal y medios altamente complejos para llevar adelante operaciones militares. La miríada de personas y medios en su interacción crean de por sí un número inmenso de situaciones que pueden afectar el desarrollo correcto de lo que un planeamiento militar pudo haber dispuesto.  Pensemos en alguno de los buques rusos en el Mar Caspio.  Es seguro que el comandante de cada uno de ellos fue seleccionado luego de un proceso muy riguroso, y es también probable que su tripulación haya recibido un entrenamiento adecuado para no solo tripular la nave, sino fundamentalmente para que ella sea una plataforma desde donde atacar al enemigo de manera eficiente.  Pues bien, entre las causas que pudieron hacer que un misil cayera fuera de su blanco podemos imaginar como posibles algunas de las siguientes:

  • Que un operador haya equivocado tan solamente una cifra en la carga de la computadora de tiro del buque.
  • Que al momento de fabricarse el misil, una falla muy pequeña, de apenas una milésima o menos, haya variado la inclinación de una de las aletas del misil; haciendo que el mismo al ser lanzado no se comporte exactamente como era esperado de acuerdo a las instrucciones que se le dio.

Sean estas las causas u otras, lo que deseamos establecer es que la guerra es por definición un ambiente donde los errores estarán permanentemente presentes. Todos los que alguna vez estuvimos en una lo sabemos perfectamente. Por ello resulta crítico que la política comprenda que esa situación es inherente al empleo de la fuerza militar y por lo tanto, entre sus consideraciones a la hora de elegir el empleo de ese recurso; tenga por seguro que deberá tener que lidiar con situaciones donde sus fuerzas mataron por error a civiles, destruyeron lo que no había que atacar y otros eventos pasibles de suceder.

Esto tiene siempre un costo humano que es irreparable, y al mismo tiempo requiere del poder político y de los militares, la capacidad para discernir cuando están en presencia de un error, producto de la fricción que hemos comentado o frente a una negligencia. En este último caso, se debe ser drástico y penalizar a los responsables. Pero en el caso de los errores, la conducta debe ser distinta. Debe entenderse que si se inicia una política de no tolerar errores, se fomentará que las tropas presenten actitudes de poca decisión en su empeñamiento, que reporten falsedades para evitar sanciones y que en definitiva no cumplan con la tarea que se espera de ellas.

La guerra no es nunca una decisión fácil, y es bueno que nunca lo sea. Es demasiado grave para ser tomada a la ligera. Y cuando se ha tomado la decisión de afrontarla, debe entenderse que ella posee la enorme tendencia de presentar permanentemente una dinámica cambiante, compleja y peligrosa; que crea un ambiente propicio a la aparición de situaciones donde el error estará muy presente. Administrar estos es parte de la responsabilidad de los políticos y los altos mandos militares. Por lo general, aquellos que no comprenden estas condiciones y no aceptan que esos errores estarán presentes, son quienes suelen resultar perdidosos en esta prueba. Más hubiera valido que ellos se contentaran con ver desfilar a las tropas y jamás en emplearlas.



(1) Puede accederse al mismo en https://www.academia.edu/15125765/El_criterio_Cero_defecto_

 
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