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Líderes militares: un recurso siempre crítico PDF Imprimir E-Mail
Sep-14-15 - por Guillermo Lafferriere

Imagine que se encuentra sirviendo en el ejército británico en 1915, y su regimiento se encuentra ocupando una de las aquellas trincheras a las que solamente a doscientos metros de ellas, y tierra de nadie mediante, se encuentran las de las tropas alemanas.  Ha llovido durante toda la semana que llevan ocupando su posición. Las tablas de madera que se han colocado en el piso y como revestimiento en buena parte de las posiciones no pueden en modo alguno contener el barro que todo lo cubre. Usted y sus compañeros viven en pésimas condiciones, conviviendo con los roedores, con el tremendo hedor que los cadáveres yacientes en la tierra de nadie emanan y sufriendo durante varias veces al día el fuego de la artillería alemana.  De pronto suena el teléfono de campaña, el oficial a cargo de usted ha recibido la orden de atacar la posición enemiga: tan cercana y al mismo tiempo tan distante... Usted y sus compañeros alistan su equipo, colocan las bayonetas en sus fusiles y acomodan las escalas en la pared de la trinchera que da en dirección al enemigo. Los oficiales observan sus relojes..., toman los silbatos y soplan intensamente, al tiempo que ordenan cargar. Sube con sus compañeros las escaleras de madera, algunos caen muertos apenas se asoman de la trinchera, otros logran abandonar las mismas y avanzar por la tierra de nadie. Llueve sobre usted no solamente el aguacero, sino las esquirlas de los proyectiles de los morteros alemanes así como el fuego de los fusiles y ametralladoras.  Avanza junto a sus compañeros, las distancias se acortan, puede observar el rostro de sus enemigos y también como el regimiento que integra se va diezmando, perdiendo poco a poco el ímpetu del avance.  De pronto vuelven a escucharse las órdenes de los oficiales, esta vez disponiendo volver a aquella trinchera de la cual salieran pocos minutos atrás. Comienza a retroceder, al hacerlo pasa por encima del cuerpo de no pocos de sus compañeros muertos y heridos. Trata de levantar algún herido y con él a cuestas, intenta regresar a la trinchera esperando que la suerte lo siga acompañando. Llega al borde de la trinchera, se zambulle en ella junto a sus compañeros, exhaustos, heridos algunos, aturdidos otros, sorprendidos de estar vivos todos. En la trinchera le espera el mismo barro, la misma mugre y las pésimas condiciones de vida que le tocarán compartir con sus compañeros por unos días más hasta que los releven. Mientras usted y sus compañeros sirven en estas condiciones, y día a día, mientras deba cubrir su turno de servicio en la trincheras, su vida pende no tanto de su entrenamiento como del azar; atrás en la retaguardia, muy lejos de usted, el mando que dio la orden de ataque no solamente a su regimiento sino a muchos otros que atacaron simultáneamente, vive en otra realidad.  Se alojan en cháteaus, rodeados de condiciones de vida propias no ya del tiempo de paz, sino cercanas a lo que podrían calificarse como sibaritas. Comidas calientes y de muy buena calidad, vinos delicados y en no pocas ocasiones contando con una bodega propia para su almacenamiento; sirvientes y condiciones de confort impensables para las tropas. Además, esos  cháteaus están lo suficientemente lejos del frente, como para que no solamente no exista peligro alguno en los mismos, sino que tan siquiera el estruendo de los cañones logra perturbarlos. La historia militar definió a esos generales como "cháteaus generals". 

Esta larga introducción nos sirve a los efectos de considerar el tema de los líderes militares y su relevante importancia en una organización militar. Es muy probable que el relato que le propusimos pueda parecerle como extremo, y en realidad, lo es; pero simultáneamente, el mismo nos es útil para poder comprender los peligros en los que se puede caer cuando los liderazgos militares no son adecuados; cuando el poder que el estado les ha conferido no es empleado adecuadamente. En definitiva, buscamos que lector comprenda cuanto importa contar con líderes eficientes en una hora de crisis.

El término líderes militares es en cierta medida engañoso, pues desde muy jóvenes suboficiales y oficiales comienzan a liderar distintas organizaciones militares; pero la mirada que queremos realizar se centra en aquellos que llegan a los puestos de responsabilidad más altos en las organizaciones militares, justamente sobre quienes recae la tarea de hacer que las mismas logren efectos concretos sobre las fuerzas a las que se ha dispuesto enfrentar.

Si bien un líder militar comparte con otros liderazgos aspectos tales como capacidad de gestionar múltiples asuntos, saber organizar y dirigir equipos multidisciplinarios, establecer una visión para la organización y saber cómo hacer que la misma sea adoptada por los integrantes para unificar los esfuerzos; la piedra angular de su tarea la da el hecho de poder hacer todo ello bajo la demanda que una guerra impone. Esa demanda se trasunta en diferentes planos que actúan de manera simultánea sobre el líder militar. Ellos son:

  • La misión que el poder político ha impuesto cumplir con el uso de la fuerza.
  • El administrar los recursos a su disposición, asumiendo que sus decisiones tendrán irremediablemente costos humanos.
  • La necesidad de conjugar que la misión sea cumplida asegurando que ello ocurra con el menor número de pérdidas posible.
  • Poseer una capacidad de resistencia física y moral que le permita cargar con el peso de decisiones extremadamente duras y sobrellevarlas sin perder por ello su capacidad de conducir.
  • Conocer cuál es el límite que puede exigir a sus tropas y en ese sentido saber cuál es el momento de resignar si no está dispuesto a avanzar más allá de lo que su conciencia determina.
  • Mostrarse ante sus tropas como un ejemplo para que lo sigan. En ese sentido, el ya fallecido historiador inglés Sir John Keegan en su obra The mask of command sostenía que los líderes militares deben ocultar tras una "máscara" sus debilidades, y mostrar solamente sus fortalezas a sus hombres. De otra manera, estos llegarían a pensar que su líder podría carecer de la fortaleza necesaria para guiarlos en la guerra.

Como podemos observar, los aspectos que mencionamos tienen relación con la comprensión por parte de ese líder militar que su tarea demandará altos sacrificios a no pocos de quienes le dependen, y en tal sentido, si bien él no podrá siempre correr los mismos riesgos que todas sus tropas padecen, requiere, para poder conseguir el apoyo de ellos que estos perciban a él como alguien que no elude los peligros cuando eso es necesario y que además comparte los rigores de la vida en campaña sin sustraerse a ella para llevar una vida como la que los cháteaus generals tan impúdicamente llevaban adelante. 

Seleccionar esos líderes militares no es tarea sencilla en todo el mundo. El proceso para encontrar líderes potencialmente aptos para conducir tropas en combate es objeto de un muy serio análisis en todos los países donde se entiende la importancia del instrumento militar, y claramente se trate de minimizarse la posibilidad de colocar a las tropas bajo conducciones poco profesionales o directamente carentes de aptitudes de sobrellevar el peso de conducir hombres y medios en las severas exigencias que, un despliegue de tropas en situaciones de combate imponga. Esto es siempre muy complejo de poder concretarse en la práctica. Ello porque conjugan en paralelo dos sistemas de selección, al menos en los países donde existe sistemas constitucionales del tipo occidental. En pocas líneas esos sistemas podrían resumirse de la siguiente manera:

Hay un sistema interno en las organizaciones militares que evalúa a sus oficiales en las diferentes etapas de su carrera. En ese proceso se va siguiendo al oficial, teniendo en cuenta su desempeño general, su experiencia en la conducción de tropas en situaciones de combate (cuando ello es factible), y otros aspectos que sirven para tener una impresión del mismo, su potencial y su situación respecto a sus pares.  Este sistema continuamente va seleccionando a sus oficiales, y finalmente, propone al poder político los que considera más aptos para ejercer la conducción.

El otro sistema es menos orgánico pero existe. Cada administración, política, de manera natural, seleccionará por lo general aquellos oficiales que estarán a la cabeza de sus fuerzas militares, y se estila que estos oficiales a su vez seleccionen a los que conducirán las organizaciones que les dependen.  Esta aproximación conjuga por una parte lo que mencionamos en cuanto al interés de la política de contar con interlocutores militares de confianza a la cabeza de las organizaciones armadas y simultáneamente, deja que sean los criterios profesionales los que se apliquen para cubrir los roles de conducción internos.

Como todo sistema hecho por el hombre, ambos pueden tener falencias en la selección de los líderes; y esto puede deberse a distintas razones que de alguna manera reflejamos a continuación:

Falta de estándares comunes en las organizaciones militares, medibles, y evaluados de manera igual para todos los oficiales. Ellos están relacionados con metas a alcanzar con las organizaciones que esos oficiales comandan, obviamente relativas a capacidades militares tales como adiestramiento, eficiencia en ejercitaciones, desempeño en roles durante operaciones de combate, desempeño en despliegues de lo que se conocen como operaciones de no guerra entre otras. La carencia de esos estándares hace que esos oficiales puedan ser evaluados por aspectos muy subjetivos, y si esa organización carece de despliegues operativos, la tendencia hacia la valoración excesiva de aspectos no relacionados con la conducción operativa llevará seguramente a importantes distorsiones en la selección que mencionamos.

Excesivo involucramiento de la política en la designación de los oficiales superiores. Ha habido ejemplos de estas tendencias en muchos países de Occidente, fundamentalmente en tiempos anteriores a la Ira Guerra Mundial y en algunos casos incluso antes de la 2da Guerra Mundial.  Ese comportamiento logra dos efectos que consideramos negativos: el primero es que ciertos oficiales acceden a su posición sin haber calificado como líderes militares potencialmente eficientes para esos puestos.  El otro efecto pernicioso se ejerce sobre los oficiales de esos países, quienes ante esa situación comienzan a privilegiar sus relaciones políticas por sobre su aplicación a los asuntos profesionales. En este sentido el reciente y por nosotros ya comentado pobrísimo desempeño del ejército iraquí enfrentando al Estado Islámico es atribuible en no menor medida a liderazgos militares seleccionados por su adscripción a la administración que conduce el país antes que por sus dotes profesionales.

Pero aun cuando los sistemas de selección cumplieran su cometido y los líderes seleccionados fueran muy buenos y tuvieran un desempeño en campaña sobresaliente, un detalle de sus vidas privadas podría cambiarlo todo.  No mucho tiempo atrás, dos exitosísimos mandos de Estados Unidos, responsables de las operaciones en Irak, hombres que supieron revertir la crítica situación que se heredara de la pésima conducción político-militar de la guerra llevada adelante por la administración Bush; se vieron obligados a renunciar porque trascendieron informaciones que indicaban que mantenían relaciones con mujeres fuera de su matrimonio mientras estuvieron desplegados. Esto que en otros ordenes de la actividad humana es algo que cae dentro de la órbita de la más estricta vida privada, en una situación de guerra, con personas siendo muertas, heridas o afectadas gravemente en su psiquis, no es tolerado en no pocas culturas. Se podrá alegar que ha habido ejemplos de ese tipo de conductas en el pasado e incluso en ese mismo país, sin embargo, el hecho que debieran renunciar es una evidencia que al menos en ciertas sociedades hay un nivel de exigencia muy grande para quienes lideran a sus hijos en la guerra. De nuevo: el líder debe mostrarse como ejemplar. 

En esta columna hemos dedicados varios trabajos a considerar la problemática de la guerra en particular, tratando de poner en evidencia los distintos factores que en ella se entrecruzan creando situaciones cambiantes y un clima de altísima tensión en todo momento. La figura del líder militar que actuará en ese ambiente es clave. Será quien transformará en hechos lo que la política busca concretar empleando el recurso militar. Como hemos visto, esa figura también está atravesada no solamente por aspectos que hacen a su formación profesional, sino políticos, morales y hasta decisiones de su más estricta intimidad.

Quizás este pequeño aporte pueda servir para que comprendamos la dimensión crítica que el liderazgo militar adquiere toda vez que debe servir a una nación en tiempos donde se ha optado por el uso de la fuerza. Si se optó por seleccionar malos líderes, puede ocurrir, como ha sido observado en la historia, que esos liderazgos sean reemplazados por otros surgidos de la dura escuela que el desarrollo de las operaciones aporta. Ello siempre y cuando, el tiempo no haya favorecido al oponente, y en ese caso sea muy tarde para todo.  

 
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