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El significado de las acciones talibanes en Afganistán PDF Imprimir E-Mail
Ago-11-15 - por Guillermo Lafferriere

Periódicamente, recibimos a través de la prensa noticias que indican que el Taliban se mantiene activo en Afganistán.  Esa "actividad" se manifiesta de distintas maneras:

  • Desarrolla acciones violentas contra objetivos militares o de las fuerzas de seguridad afganas.
  • Ejecuta acciones terroristas en diferentes lugares del país, siendo la capital Kabul un blanco que ha sufrido ataques en distintas ocasiones.
  • Mantiene la capacidad de operar en Afganistán y controlar sectores del país, especialmente al oeste del mismo.
  • Mantiene su ala política un diálogo entre oficial y no pocas veces oficioso con las autoridades afganas, para encontrar alguna vía que permita una presencia abierta del Taliban en la política afgana.

Ahora bien, esto que tan sucintamente mencionamos, podría ser otra  
crónica relativa a cualquier país que tiene un movimiento insurgente
que le disputa a las autoridades legales el poder.  Pero no es ese el caso   
de Afganistán, por la sencilla razón que el Taliban fue el grupo que le dio autorización a Al Qaeda para actuar en ese país cuando el primero ejercía el control político de casi todo el país.  Hecho que tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 llevarán a EE.UU. primero a llevar una operación militar fulminante para desalojarlo del poder y posteriormente, y durante doce años, junto a tropas de la OTAN y otras naciones aliadas, desarrollar una prolongadísima campaña militar que tenía como objetivo desarrollar en Afganistán las condiciones políticas para que imperase en el país un cierto orden institucional donde fuerzas moderadas pudieran turnarse en la conducción del país y relegar a los extremistas.

No puede negarse que algo se avanzó en el sentido de darle cierta estabilidad política a Afganistán.  En el país se vienen celebrando elecciones, y más allá del cuestionamiento que alguna de ellas ha tenido, puede afirmarse que existe al menos un mínimo andamiaje legal para darle sostenimiento al gobierno.  Algo no menor, en un país donde por siglos, quienes detentaron el poder político en Kabul, tuvieron siempre enormes dificultades para lograr que su autoridad fuera respetada por las fieramente independientes tribus que proliferan a lo largo del país. Para estas últimas, toda autoridad en Kabul era sospechada y preferían, y aun lo hacen, regirse por sus costumbres y regulaciones ancestrales. 

También puede decirse que a diferencia de lo sucedido en Irak, donde la fuerza militar iraquí, recreada por EE.UU. con posterioridad a la ocupación del país y pese a los miles de millones de dólares empleados en su creación se ha mostrado tanto permeable a las influencias políticas partidarias como notoriamente ineficaz para enfrentar al grupo insurgente Estado Islámico en su territorio. Por el contrario, la fuerza militar y las de seguridad afgana lucen cuanto menos más confiables que las iraquíes y pese a no poco incidentes de infiltración del Taliban en las mismas, estas fuerzas no han reusado combatir cuando les fue requerido.

Puede decirse que no ha sido poco lo hecho para tratar de modernizar a la sociedad afgana, donde los niveles de analfabetismo, discriminación atávica a la mujer y un enorme atraso tecnológico han sido características del país a lo largo de muchísimo tiempo. Aunque debe decirse que esos avances son particularmente notorios en Kabul y algún otro centro poblado de importancia, pero en modo alguno ha alcanzado el Afganistán profundo, aquel que como mencionáramos, tiene sus raíces culturales unidas al concepto de tribu.

En este ambiente tan complejo, donde Occidente llevó adelante un esfuerzo militar, político, económico y cultural importantísimo; sigue siendo un actor presente el Taliban.  El mismo grupo que luego de contribuir a la derrota de los soviéticos, se hiciera del poder en el país, tuviera que abandonar el mismo con la presencia de EE.UU. refugiándose en Pakistán y desde allí durante más de una década llevar adelante una acción violenta permanente, desafiando en el terreno los esfuerzos de Occidente, de las fuerzas afganas, de las tropas pakistaníes cuando estos no podían manipularlos y más recientemente se cree que debe oponerse a que el Estado Islámico se expanda en Afganistán.

¿Qué nos indica esta permanencia del Taliban como actor político de Afganistán desde los noventa hasta el presente?  Creemos desde esta columna que esa capacidad del grupo irregular islámico es una evidencia de una enorme falla de percepción por parte de los planificadores estratégicos occidentales, fundamentalmente los de Washington.  Como hemos venido considerando a lo largo de no pocos artículos, ha habido tanto una falencia de subestimar al Taliban como estructura capaz de persistir pese a todo el poder que se desarrolló para enfrentarlo; como al mismo tiempo, un ejercicio de cierta sobrevaloración de la cultura occidental, que es la nuestra, para imponerse por sí misma, a través de sus logros sobre otras que tenían costumbres y miradas propias de la Edad Media.  Como si personas que durante centurias desarrollaron un modo de vida particular iban a cambiarlo en menos de una generación ante la muestra de los logros que otra cultura posee.  Si para el lector le parece inconcebible que el líder de una tribu en los abruptos terrenos próximos a la frontera con Pakistán, ante una situación que debe resolver reúna en una jirga (junta consultiva) a los notables de la misma, y que de sus deliberaciones surja que deba aplicarse una pena de azotes a una persona, lapidar a una adultera u otra resolución similar; ese líder también miraría con similar extrañeza que un juez imparcial, dependiente de un poder del estado residente en Kabul, decidiese sobre asuntos que desde tiempos inmemoriales han sido resueltos siempre de la manera en que están acostumbrados a hacerlo.

Y quizás en el fondo de todo, la explicación de la capacidad de supervivencia del Taliban esté basada en que tiene un mensaje que esos hombres de las tribus pueden entender. Uno sencillo, y no menos brutal. Ellos, el Taliban, rápidamente da respuestas a las cosas que les interesan y de la manera en que ellos perciben deben ser resueltas. Para poder vencerlo, el gobierno de Kabul deberá mostrarse que es hábil en el empleo de un lenguaje que pueda transmitir a esas tribus que en la capital del país está ubicado un poder que los representa mucho más allá del sentido occidental de la representación política. Uno que sea percibido como alguien que comparte su modo de ver y que a partir de generar esa empatía, pueda ir lentamente promoviendo los cambios que lleven a Afganistán a encarar un camino que lo acerque a la modernidad, a la velocidad que su cultura le permita asimilar los mismos. Si ello se logra, los días del Taliban estarán contados y su aproximación sectaria y bárbara podrá ser vencida. Si ello no ocurre, el Taliban será o bien una permanente amenaza al país o lisa y llanamente un día podrá hacerse del poder. Si ello ocurre, nada quedará de la credibilidad de Occidente para llevar adelante procesos de “nation building”; y una situación de inquietante inestabilidad podrá generarse a las puertas de Asia Central. Que sea el tiempo, el único capaz de indicarnos cuál será el resultado de todo esto, es también en no menor medida, otra forma de fracaso.  

 
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