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No bastarán las armas PDF Imprimir E-Mail
Ago-06-15 - por Guillermo Lafferriere

Esta columna viene desarrollando la temática del Estado Islámico desde hace un tiempo. En la misma nos hemos referido a distintos aspectos relacionados con esta organización terrorista islámica: Describimos su capacidad de resistir a diferentes amenazas, el peligro de su expansión, las dificultades para enfrentarla eficientemente, así como los distintos actores estatales y no estatales que se suman para enfrentarla.   También en algunos de los trabajos hemos deslizado el aspecto cultural como relevante para un abordaje más amplio de la amenaza que este grupo represente, y que en realidad se aplica por extensión a la pléyade de organizaciones terroristas islámicas que actúan en el mundo en general. ¿A qué nos estamos refiriendo? Pues resulta evidente que algo motiva a jóvenes provenientes de países islámicos no radicalizados y a otros provenientes de Occidente a dejar sus hogares y plegarse a las organizaciones terroristas que como el Estado Islámico presentan una agenda que prima facie luce como la búsqueda de una quimera: ¿qué otra cosa puede pensarse sino del establecimiento de un califato que se extienda desde Bagdad hasta el sur de Europa? ¿Puede realmente considerarse como factible establecer la sharia  como una norma aplicable en el Siglo XXI, teniendo sus raíces en miradas comprensibles en el Medioevo? Si al lector como a quien esto escribe ambas respuestas son negativas, y aún la formulación de las preguntas puede carecer desde el principio de toda lógica. Sin embargo para no pocos de los que adhieren a este tipo de organizaciones, la meta a alcanzar por las mismas les parece tan factible como que al morir en combate contra el infiel es el Paraíso lo que les espera. Este trabajo tratará de encontrar algunas claves que nos permitan el comprender las razones detrás de todo esto.

En principio dividiremos la aproximación desde dos caminos diferentes. En primer lugar lo haremos para aquellos jóvenes que provienen de países que tienen al Islam como su religión principal y en segundo lugar colocaremos el foco en aquellos que lo hacen desde naciones occidentales desarrolladas.

Los jóvenes que provienen del primer grupo que mencionamos, pueden tener dos orígenes sociales muy distintos. En uno de ellos, habrá quienes provienen de grupos tribales con poco o nulo acceso al mundo moderno. En esos casos, la educación formal que han recibido se limitará a aquella que provino de los líderes de su tribu y en otros casos de la que han recibido en la madrasa es decir en la escuela religiosa que pertenece a la mezquita. En ella, por lo general la educación estará centrada exclusivamente en el conocimiento de las letras que le permitan leer el Corán e interpretar el mismo de la manera que los líderes religiosos locales lo hagan. Este es el caso típico que representan los jóvenes en las zonas fronterizas de las provincias de Baluchistán y Pashtunkawa en el sudoeste y noroeste de Pakistán, incluyendo las agencias de los territorios tribales pakistaníes que se conocen con el nombre de FATA (1); en el borde mismo de la Durand Line que separa ese país de Afganistán.  Es también el caso de los jóvenes afganos residentes en las provincias más orientales del país, alejados de los centros urbanos y donde la experiencia de la lucha contra la invasión soviética fuera determinante en la radicalización de su escasa formación educativa. 

Hay otro grupo de jóvenes, y su formación educativa estuvo muy alejada de las características que mencionamos para aquellos que iniciaron sus vidas en apartadas tribus.  Estos jóvenes por el contrario accedieron a una formación educativa que en términos comparativos con los primeros muestra signos de una abismal diferencia. Aprendieron por lo general tempranamente a leer y escribir, y en no pocos casos pudieron acceder a formación superior universitaria sea en sus propios países como en el exterior.  Sin embargo, esa formación contrastó con el entorno donde crecían. En general lo hacían en medios sociales donde la dirigencia política mantenía elevados rasgos de corrupción, donde la imposición de severos códigos de conducta, algunas veces inspirados en la sharia no eran aplicables a la elite del país; la cual ostentaba formas de vida muy distintas de la ética que proclamaban.  Asimismo, en esas sociedades se daba la paradoja que se abrían posibilidades para la educación pero simultáneamente, el escaso desarrollo de las mismas impedía que esos jóvenes educados pudieran acceder a empleos relacionados con la formación que recibieron. Ese contraste entre las dirigencias y la mayoría de la población, sumado a las dificultades de desarrollarse individualmente en estas, naturalmente pudieron convertirse en el caldo de cultivo para que la prédica extremista pudiera encontrar un campo fértil en el resentimiento que crecía. 

En los dos casos, en el de los jóvenes sin educación de las áreas tribales y de aquellos que si la recibieron pero en el marco de sociedades de raigambre islámica corruptas y poco permeables a los ascensos sociales fuera de la adscripción total al régimen que las conduce; fueron el catalizador que permitió contar con voluntades de adscribir a cosmovisiones que ofrecen una utopía que resulta más inspiradora que la vida que llevaban o bien un camino natural para fomentar esa vida sencilla que vivían en lugares remotos.

Ahora bien pongamos la atención en los jóvenes que nutren a las organizaciones terroristas islámicas que provienen de naciones occidentales.  Este es un caso notablemente diferente al que hasta aquí mencionamos.  En la mayoría de los casos quienes se ofrecen voluntarios para servir en los grupos terroristas provienen de familias que décadas atrás abandonaron los países con fuerte cultura islámica para instalarse en otros lugares. Unos donde la sociedad es mayoritariamente secular, las libertades individuales son férreamente respetadas y la tolerancia religiosa se da por sentada.  En estos jóvenes se pueden determinar dos grupos: el primero donde lograron insertarse plenamente en la sociedad que sus ancestros decidieron elegir para vivir y un segundo, donde la inserción es cuanto menos un proceso complejo no finalizado.

En el primer grupo, esos jóvenes consiguieron capacitarse y en no pocos casos acceder a trabajos relativamente bien remunerados. En general su situación personal ha sido mucho mejor que la de la generación anterior a la de ellos.  Sin embargo, algo en el estilo de vida occidental los hace sentirse ajenos al mismo o bien rechazarlo. Quien esto escribe no es sociólogo, y además considera que los valores de Occidente, la libertad, tolerancia, la división de poderes, el "Rule of Law", son la base que permite a una persona poder tener una vida según sus propias miradas. Sin embargo, debemos admitir, que no pocas veces, un exacerbado individualismo, lleva aparejado cierto nivel de alienación; el cual posiblemente explique porqué personas aparentemente exitosas, deciden abandonar todo para trasladarse a remotos lugares, capacitarse militarmente y luchar por imponer una visión del mundo que como expresáramos responde a lógicas medievales. 

Posiblemente el caso de los jóvenes que viven en países occidentales y que tuvieron dificultades para lograr una inserción social en la misma, pese a que son ciudadanos de esos países y en no pocos casos sus familias llevan generaciones viviendo allí, sea mucho más sencillo de explicar su resentimiento y el rechazo que tienen hacia sus países de nacimiento y la adscripción que manifiestan hacia ideas extremistas que ven que se enfrentan directamente y de la manera más dura, a aquella sociedad que los rechaza y lo ve como diferentes. En ellos el resentimiento es fácil de explicar.

En este artículo hemos tratado de dar algunas razones que llevan a jóvenes con orígenes tan diversos a buscar ser reclutados en el Estado Islámico hoy, como también expresamos lo es para hacerlo en otros grupos extremos.  En nuestra mirada, mientras ciertas condiciones sigan dándose, a pesar de todo el despliegue militar que pueda llevarse adelante; y del cual consideramos que es indispensable hacerlo; siempre existirán nuevos jóvenes dispuestos a sumarse a estas organizaciones.  Es que si no se enfrenta al terrorismo islámico con herramientas más amplias que la aplicación del poder militar, lo único que se logrará es que ciertos grupos sean debilitados o destruidos; pero nada impedirá que otros los reemplacen y como dijimos, que el flujo de reclutas se mantenga constante.

Ese enfoque más amplio tiene muchos campos de acción: En Occidente fomentando la asimilación de ciertas minorías y la tolerancia social. Todo un tema que demandará mucho tiempo de concretarse, dado que se basa en cambios culturales que demandan tiempos siempre largos.  Por otra parte, los países de cultura islámica debieran también hacer lo suyo, morigerando su autoritarismo, promoviendo el progreso social y mostrando sus líderes conductas que sirvan de inspiración para desarrollar lo mejor de sus países.

Todo lo expresado puede parecer utópico, pero es precisamente contra una utopía que se está luchando. Y en esa confrontación, debe darse una esperanza superadora para que muchos decidan que hay caminos mejores que inmolarse en pos de un califato medieval. Alguna vez esto deberá ser considerado, si es que se pretende un día vencer definitivamente a la barbarie.


(1) Federally Administered Tribal Areas.

 
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