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Recreando un Ejército: Entre el futuro y el presente PDF Imprimir E-Mail
Jun-30-15 - por Guillermo Lafferriere

Un ejército es un instrumento de la defensa de un país, en tal sentido es una organización muy particular: Su razón de ser es la de desarrollar un elevado nivel de violencia para que el producto de su empleo proporcione a la política herramientas concretas para coadyuvar a la consecución de un fin de carácter extremadamente grave. Uno tan importante que se está dispuesto a causar y sufrir daños elevados en función de ese objetivo tan crítico. No es por lo tanto la agenda de un ejército una que pueda ser considerada como muy cercana a los temas del hombre común. Sus temas, al menos así debieran serlo, giran en torno a la forma en que podrá desarrollar sus acciones en una crisis, la capacidad de destrucción que puede causar y también la que puede absorber. Serán también las maneras en que se adiestrará, los procedimientos que empleará para sostener a las tropas que destaque para ser empeñadas y todo lo relativo a la manera en que "aprende" en la paz y las formas que utiliza para que ese conocimiento, complejo, extremadamente diverso y también cambiante en el tiempo; es transmitido a la organización como un todo.  Decimos esto porque un ejército podrá ser empeñado en ciertas circunstancias para ayudar a la comunidad, puede emplearse para fomentar en la población el amor por su historia y aún hacer cada tanto acciones diversas que lo presenten como más cercano a la población en general. Ello es común que suceda en muchos países del mundo. Pero un ejército no tiene como centro de su mirada esas actividades. Su tarea diaria, permanente, y hasta obsesiva es la posibilidad de ser empleado en caso de crisis o de guerra. No tiene otra razón de ser.   Alguien alguna vez deslizó que un ejército es la organización más inútil que pueda existir, salvo cuando todo dependa de él.  Pues bien, este artículo buscará aportar algunas ideas de cómo avanzar en la reformulación de un ejército. Una tarea en modo alguno sencilla, pero simultáneamente necesaria, en la medida que un país decida que se reservará para sí el derecho de ejercer la máxima violencia posible en casos extremos. Si ello no fuera así, si ese país ha decidido que no hará jamás uso de la violencia, pues a nuestro juicio, tal país no necesita un ejército y debe disolverlo; ya que todo gasto que en el mismo haga no tendrá razón alguna.

En prácticamente todo el mundo, sea en occidente como en oriente, se asiste a un proceso de adecuación de sus ejércitos.  Y esto tiene como fundamento algo que venimos desarrollando en esta columna en otras oportunidades: Se producen a nivel global cambios estratégicos que indefectiblemente repercuten en uno de los medios de la estrategia que son los ejércitos. Así los países que han tenido organizaciones terrestres actualizadas, en su organización como en su equipamiento, están reconfigurando los mismos; pues entienden que las mutaciones que el escenario internacional ofrece hoy y las que sus analistas intentan vislumbrar hacia el futuro, parecieran demandar fuerzas terrestres diferentes y por ello revisan su organización, equipamiento y la manera en que se adiestran. Esos procesos no son en ninguna forma situaciones libres de dificultades y controversias.  Esos ejércitos son organizaciones sumamente complejas, donde el estado de organización alcanzado responde a que se generaron consensos no menos complicados con los respectivos poderes políticos y también hacia el interior de los mismos; pues esa necesidad de cambio requiere del apoyo y comprensión de sus integrantes; sin olvidar que en los ejércitos el peso de la tradición y las costumbres ejerce una profunda influencia en la cultura de los mismos.  ¡¡Imagine el lector lo que puede significar para un ejército europeo disolver un elemento de combate que puede trazar su historia midiendo la misma en siglos!! Y a pesar de ello, llevan adelante los procesos de reforma.

Si ese proceso de adecuación presenta dificultades en ejércitos que podemos considerar relativamente desarrollados, imaginemos cuál será la dificultad de atender a la reformulación de uno donde esas condiciones no existan. Supongamos el caso de un país que posea un ejército, uno que durante décadas por diferentes razones ha mantenido en un estado casi de absoluta irrelevancia. Que esa fuerza militar además responda en su organización y en su doctrina, es decir en la mirada que posee para emplearse en una situación de combate, a criterios estratégicos que tuvieron vigencia muy atrás en el tiempo. Hagamos todavía más compleja la situación: Ese ejército, debido a la poca o nula importancia que los temas de la defensa representan, posee una estructura de personal absolutamente distorsionada. En la misma no existe una relación coherente entre la cantidad de soldados, suboficiales y oficiales. Es decir, ese ejército posee mayor cantidad de personal jerárquico que aquel necesario para llevar adelante acciones de combate. Esto tendrá una consecuencia: Los regimientos, batallones y demás organizaciones de ese ejército puede que posean equipamientos en términos generales adecuados para cumplir con sus tareas, siempre en cuanto a su cantidad y obviando su estado general, pero carecen del personal que sus organizaciones requerirían.  Quizás resulte ocioso mencionarlo, pues en el caso que estamos ejemplificando resultaría sorprendente que no fuera tal como expresaremos a continuación, pero el ejército en cuestión carece de material moderno, al menos en lo que se requiere para conformar una fuerza militar eficiente, y su sistema de sostenimiento logístico, a pesar de las numerosas organizaciones dedicadas al mismo, es en los hechos incapaz de proporcionar los bienes y servicios que el mismo requeriría aun en su difícil condición en tiempo de paz y mucho menos en caso de una crisis.

A esta situación tan compleja, diversa en sus problemáticas, y con un tiempo tan prolongado de permanencia de las condiciones mencionadas y elevado grado de deterioro de aspectos materiales; debe necesariamente colocarse una mirada sobre su capital humano y su moral; pues esa organización poseerá dificultades para proporcionar a los recursos humanos que posee incentivos atrayentes para desarrollar su labor profesional; y al mismo tiempo no serán menores las complicaciones a la hora de aspirar a reclutar un recurso humano calificado, especialmente para los niveles de conducción de la organización.

En una condición como la descripta, y bajo el supuesto que hay una decisión política de mantener un ejército, cabe que nos enfoquemos a continuación en que pasos seguir para transformar a esa organización.  Y muy posiblemente el lector piense que lo que esa organización requiere es muy simple. Adivino que quizás su respuesta sea la palabra "más": Más recursos financieros y más hombres.  Quien esto escribe, ante esa respuesta del lector, le contestaría que no la comparto. Permítame explicarle por qué.

  • Es un hecho que la organización militar que describimos es el producto, parcial en nuestra mirada, de una baja asignación presupuestaria a lo largo de muchos años.
  • Expresamos también que esa organización no había actualizado ni su organización ni su doctrina a los cambios estratégicos sucedidos también a lo largo de décadas.
  • Por lo tanto si a esa organización le inyectamos dinero, todo el que imagine y todavía más; y hacemos que complete sus organizaciones, las que como mencionamos está absolutamente desprovistas de los recursos humanos necesarios; el producto de ese esfuerzo será el de recrear un instrumento que pudo haber sido útil al momento de su concepción vigente décadas atrás, pero que en modo alguno responderá a las exigencias estratégicas actuales.

Por lo que hemos expresado, esa organización militar requiere mucho más que dinero y personal. Requiere de un insumo más crítico. Requiere de ideas innovadoras. Ideas que se deben sustentar en una visión moderna de esa organización para el futuro. Ideas que rescaten y preserven lo mejor de la misma y sea el motor de una transformación completa que le dé a ese ejército la posibilidad de convertirse en una fuerza militar realmente útil al país al que pertenece.

Ensayaremos ahora algunos aspectos, obviamente de manera sucinta, que consideramos críticos a la hora de encarar esa reforma de un ejército que no ha estado en condiciones operativas por el término de décadas. Veamos:

La primera dificultad que se encontrará a la hora de iniciar el proceso de transformación de ese ejército será la misma organización que se debe transformar.  Desde un punto de vista ideal, resultaría que la misma en la situación que hemos descripto es totalmente consciente de sus carencias y pretende un cambio. Ello es parcialmente cierto. Es más que probable que una importante cantidad de sus integrantes sean absolutamente conscientes de la necesidad de un cambio. Pero existirá otra parte del mismo que ha aprendido a sobrevivir profesionalmente inmersos en las circunstancias que describimos. Ese grupo, estará ocupando en no pocos casos puestos críticos en la organización, y su visión de lo que la misma necesita está resumida en el "más" que mencionamos antes. Considerarán asimismo que son quienes detentan el conocimiento necesario para cualquier proceso de reforma. Esto que comentamos, es propio no solamente de ese ejército que empleamos como ejemplo para nuestro ensayo, sino de cualquier organización humana, tanto una que haya pasado por etapas extremadamente prolongadas de crisis y fracasos como también de otras que han sido exitosas. El tema es que son las primeras las que con mayor urgencia requieren modificarse y en las segundas, esa necesidad de reforma siempre existe, pero es menos perentoria.   Se necesitará pues de ser conscientes de este hecho para llevar adelante todo proceso de reforma.

Un aspecto crítico de toda reforma de un ejército, en las condiciones en el cual se encuentra el que empleamos como ejemplo, es el de la credibilidad que el proceso posea.  Esto es clave. Y tiene dos vías de aproximación. La primera a nuestro juicio es que quien conduzca el mismo debe ser alguien de reconocidos méritos profesionales, no necesariamente un militar aunque puede serlo. Esa persona debe crear una profunda empatía con la organización a recrear: Tiene que generar una visión de futuro atrayente, posible, y compartirla con toda la organización. Esto es muy relevante para poder generar de parte de la misma la colaboración en el proceso a llevar adelante.  Por otro lado, la otra vía de aproximación es que el equipo que lleve adelante esta visión debe ser uno donde sus integrantes posean sólidos conocimientos en temas de organización, estrategia (y una gran cultura general) y en no menor medida, alguna experiencia en procesos exitosos similares llevados adelante en el mundo empresarial y estatal. Entre ellos no puede descartarse el asesoramiento de expertos extranjeros. Ellos naturalmente no serán los responsables directos de esta tarea, pero en el marco de desinterés por los temas de defensa que llevaron a ese ejército a su condición actual, es muy posible que sean realmente escasos los recursos humanos en ese país con la capacitación necesaria para llevar adelante los cambios. Con esto no se pretende que la organización que surja del proceso tenga las características de otras extranjeras, es decir que solamente se copien otros modelos. No, lo que se buscará de esas personas es que vuelquen sus experiencias en procesos similares, es decir los obstáculos que se sortearon, las maneras de generar consensos y otras vivencias que son claves en un proceso de reforma tan complejo.

El proceso de recreación de ese ejército afrontará además del problema de generar la fuerza del futuro,  otro en modo alguno menor: Qué hacer con la fuerza actual.   Esto es tema absolutamente difícil, aunque posible de ser encarado con inteligencia. Naturalmente un proceso de reforma no puede alcanzarse en un tiempo de paz en poco tiempo. Es posible que lleve varios quinquenios.  En su formulación debe de incluirse metas intermedias, en cortos y medianos plazos, que posibiliten aumentar la confianza en el personal de la organización en cuanto a que el proceso es serio y se ejecuta paulatinamente. Pero aún ello no evitará la cuestión del presente. Algunas ideas pueden ayudar:

  • Deberán hacerse inversiones destinadas a mantener la motivación y el mantenimiento de la mínima capacidad que esa fuerza posea. Para lo cual, los recursos a invertir deben estar destinados al mejoramiento del vestuario del personal y las condiciones en que vive en sus destinos. Otra parte debe ser volcada a la provisión de la munición de calibres menores y otros elementos no letales imprescindibles para el adiestramiento. Para el caso de los medios más pesados como artillería y tanques, el acento debe ser colocado en la adquisición y empleo de simuladores que permitan mantener esas capacidades que mencionamos y otras medidas de corte similar con otras capacidades que resulte estrictamente crítico mantener. Pero no debe limitarse la cuestión a proveer esos elementos. Deben fijarse estándares a cumplimentar. Los mismos tienen que ser fácilmente medibles, capaces de ser auditados interna y externamente en todo tiempo. Esto porque ese ejército debe sentir claramente que su misión es la preparación militar y que el tiempo que se requerirá para el proceso de reforma no será uno de molicie, sino de adiestramiento. Una fuerza que se adiestra realmente, posee una elevada moral, y será mucho más proclive a todo proceso de reformas que tengan como visión incrementar esa capacidad militar que adquiera.
  • Deben identificarse aquellas organizaciones de la estructura de ese ejército que en modo alguno responden a las necesidades de una fuerza operativa y una vez finalizada esa identificación, iniciar el proceso de su inactivación definitiva.  Este proceso está también plagado de dificultades. Por un lado como toda estructura organizacional, la misma buscará de explicar que la naturaleza de sus funciones es imprescindible por un sinnúmero de razones. Esa circunstancia es previsible y debe ser correctamente diligenciada, en la medida que se cuente con la decisión firme de llevar adelante el proceso de reforma. Si se muestra debilidad en enfrentar este tipo de resistencias, todo el andamiaje de credibilidad en el cual se asiente el proceso de derrumbará. Otro aspecto que acompaña a la resistencia burocrática, será la capacidad de presión política que las autoridades civiles locales, políticas o de la sociedad civil, posean para tratar de impedir que se afecte esa organización militar.  La mirada de ese reclamo no estará fundada en una preocupación por asuntos de tipo estratégico alguno, sino lisa y llanamente por aspectos económicos. La desaparición de esas organizaciones militares pueden causar perjuicios a economías muy pequeñas, donde la presencia de un contingente relativamente numeroso y con un ingreso permanente que vuelca casi en su totalidad en esas pequeñas localidades, serán siempre considerados como una fuente de ingreso de la que no aceptarán prescindir.  Es además un tema que ha estado muy presente en los procesos de reestructuración de no pocos ejércitos de occidente. Esta resistencia política no puede minimizarse. Si no hay decisión por afrontar las mismas, y ofrecer a ellas alternativas viables que no modifiquen el objetivo de reformulación de ese ejército, se estará dando un mensaje que el proceso no tendrá viabilidad, o que en todo caso su producto será un híbrido que se adapte a las capacidades políticas de los actores locales. Este es un tema que solamente la política podrá solucionar.

En cuanto al futuro, la manera en que esa fuerza militar debiera organizarse, dependerá de muchos factores. Algunos, no pocos de ellos los tratamos en esta columna en otros artículos en los que nos hemos referido a la visión sobre la guerra en el Siglo XXI (1). Tampoco pretendemos que esa mirada sea la más adecuada, y menos cuando sostenemos la necesidad de equipos multidisciplinarios, profesionales y con acento en los temas estratégicos para afrontar la tarea de diseñar ese ejército. Sin embargo creemos que el criterio de alcanzar una fuerza militar flexible, con altos niveles de adiestramiento, con aptitud para desplazar una fuerza letal relativamente menor a grandes distancias; son algunos de los pilares sobre los que se asientan los ejércitos en el mundo. Y esas miradas se encuentran en fuerzas tan disímiles como las de EE.UU., Francia, Reino Unido, Italia o Alemania u otras en India, Rusia, China, Israel, y el propio Japón; pero también países como Finlandia, Singapur, Vietnam, Suecia, Noruega, España, Arabia Saudita, Jordania, Chile y Brasil

Muchos años atrás, un libro enseñó al autor de estas líneas que la esperanza puede ser tanto un estado de ánimo como una virtud religiosa. Pero en modo alguno es un método para cambiar organizaciones. Las organizaciones, cualesquiera sean ellas, con el correr del tiempo necesitan ajustes. En ciertos casos cambios mayores y aún radicales. Se aplica esto también a la vida personal. No identificar la necesidad de los mismos, no encararlos con inteligencia y constancia; y apostar a la esperanza que se alcance un día un momento en el que las cosas se modifiquen de manera armoniosa por sí solas tiene validez para los asuntos personales. Pero no cuando se poseen otro tipo de responsabilidades.

La opción entre el letargo sempiterno y un futuro diferente es siempre difícil. La primera con sus profundas limitaciones y hasta con sus no pocas frustraciones no da la seguridad de lo conocido. De aquello donde podemos desenvolvernos esperando obtener respuestas previsibles. Siempre habrá razones para permanecer en este. El otro camino está lleno de incertidumbre, problemas nuevos y soluciones que escapan a las que tenemos guardadas en un menú estándar. El problema radica en que solamente en el segundo hay oportunidad de éxito. Una palabra que no se encontrará entre las seguridades que ofrece el letargo.


(1) Ver http://www.nuevamayoria.com/index.php?option=com_content&task=view&id=4737&Itemid=30.

 
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