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Los estados centrales y los emergentes en la defensa del Siglo XXI PDF Imprimir E-Mail
Jun-12-15 - por Guillermo Lafferriere

El Siglo XXI, al menos en estos primeros tres lustros, nos indica que el estado sigue teniendo una relevancia importante en los asuntos internacionales que hacen a la seguridad y la defensa; al tiempo que en muchas de las situaciones conflictivas que han alcanzado el nivel de crisis y en las que se apela al uso de la fuerza militar, esos estados, de manera individual, pero por lo general actuando en conjunto con otras naciones, operan contra otros actores que poseen algunas características que los hacen aparecer como una suerte de híbridos, en cuanto a su categorización.  Es que por un lado, y de manera muy notoria, presentan particularidades organizativas propias de elementos irregulares, tales como:

  • Composición interna heterogénea, evidenciada por la diversidad de organizaciones, equipamientos y mandos que responden más a liderazgos surgidos de consensos de aceptación del rol que de un sistema que busque su preparación formal y los asigne a ocupar posiciones de mando.
  • Empleo de procedimientos típicamente elusivos de acciones directas contra sus enemigos, salvo en el caso de contar con alguna ventaja muy particular en un lugar preciso y en el mismo concentrase para combatir aplicando procedimientos más propios de organizaciones regulares.

Asimismo, esos grupos poseen otras características que resultan de interés, a saber:

  • Si bien no buscan aferrarse al control puntual de un terreno para sus operaciones de orden táctico, tienen la tendencia a reclamar el ejercicio del control de amplios espacios, en no pocas ocasiones el mismo se superpone con el de varios países.
  • Estos grupos en modo alguno rechazan la idea de "estado", sino que pretenden formar uno propio o hacerse del control de uno ya existente, alterando límites geográficos políticos, en la intención de crear nuevas organizaciones que por lo general tienen su basamento doctrinario en aspectos religiosos. Y es más, en muchos casos, sus aspiraciones de expansión territorial tienen miradas globales; al menos en cuanto a su aptitud para actuar bien allende sus zonas "normales" de operaciones.

En este escenario, no existen otras entidades políticas en condiciones de enfrentar las amenazas descriptas que no sean los estados. Sea como mencionamos al principio de manera aislada o coaligados; e incluso operando en conjunto con otros elementos armados no estatales.  Y esto ocurre así aun cuando con una preocupante semejanza a la Italia del Siglo XV y XVI, una importante cantidad de fuerzas militares privadas de gran capacidad han proliferado, proveyendo servicios que abarcan la casi totalidad del espectro de operaciones militares posibles de ser llevadas adelante.    Las mismas sirven a importantes corporaciones en operaciones en zonas de alto riesgo y también lo hacen para estados y algunas organizaciones multinacionales, en la forma de contratistas para satisfacer aspectos muy diversos en el desarrollo de operaciones militares. Pero la visión que auguraba que los estados dejarían de tener relevancia en los temas internacionales críticos y que serían reemplazados por corporaciones sirviéndose de esos ejércitos privados en la consecución de sus objetivos, no pareciera tener concordancia con lo que la realidad demuestra.

Ahora bien, este período que marcha a ingresar en la segunda década del Siglo XXI, coincide también con dos fenómenos que de alguna manera venimos describiendo en distintos trabajos de esta columna. Ellos son, el hecho que Estados Unidos se muestra extremadamente poco proclive a desplegar tropas en el extranjero en operaciones que requieran principalmente la presencia masiva de tropas de combate terrestre.  Y el segundo, que creemos acompaña al primero, es la creciente presencia de otros actores estatales en el ámbito internacional, que vienen incrementando sus capacidades militares, aunque en general se muestran poco inclinados a aplicar esas capacidades para atender la demanda de la agenda de seguridad internacional.  Entre estos últimos países, podemos mencionar a la casi totalidad de los integrantes de los BRICS, con excepción de Sudáfrica, nación que no está haciendo inversiones en el área de defensa comparables a las que llevan adelante sus socios en esa organización multilateral; los que en términos generales, con algún retroceso para el caso de Brasil en el último registro, se encuentran entre los diez primeros países por su gastos militares.

 

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Cuadro de los 15 países por gasto militar del Informe del SIPRI 2015 

Si se observa en qué gastan los recursos invertidos en adquisición de capacidades militares al menos los 15 países que figuran al tope del relevamiento hecho por el SIPRI en 2015, se notará que la mayoría del gasto está orientado a enfrentar un conflicto de tipo convencional, donde puede haber presencia de elementos irregulares, pero donde se espera enfrentar contingentes de fuerzas regulares.  Se podrá aducir, y no con falta de razonabilidad, en que dicho esfuerzo se realiza por la interacción de dos actores interesados en ese tipo de adquisiciones. Por un lado los estamentos militares y civiles que conducen a los mismos en esos países, los que podrían permanecer atados a consideraciones más tradicionales respecto a la guerra; y por otra parte, las grandes firmas internacionales, fabricantes del equipo militar más oneroso, que coincidentemente es aquel que se emplea en enfrentamientos contra fuerzas armadas regulares.  Esta combinación de intereses, no puede en modo alguno minimizarse, y menos cuando miles de fuentes de trabajo dependen de esta actividad.  Pero también creemos en algo que hemos manifestado en un artículo anterior: No pueden los planificadores de defensa que toman con seriedad su trabajo, inferir que porque los actuales conflictos se caracterizan por tener que enfrentar a efectivos irregulares, el futuro no tendrá lugar para conflictos donde actores estatales echen mano de sus instrumentos militares o la amenaza de su utilización. 

Asimismo, consideramos que colocado en el contexto estratégico que describimos antes en este comentario, surge, desde nuestra perspectiva, con naturalidad que la inestabilidad y la incertidumbre serán condicionantes que acompañarán al escenario internacional por muchos años más.  Y será así en función que la tan solicitada multilateralidad se manifestará en un horizonte futuro muy difícil de prever con cierta precisión, y por lo tanto existirá un prolongado y azaroso interregno donde entre el retraimiento de actores tradicionales y la cautela por asumir roles menos pasivos de los actores emergentes, se dará pues un escenario en el cual se sentirá que existe un vació respecto a la posibilidad concreta que haya ese cuestionado pero al mismo tiempo sordamente reclamado ejercicio de la fuerza para establecer cierto nivel de orden en caso graves de amenaza a la seguridad internacional.   En este período, es muy posible que haya una tendencia al acumulamiento de fuerzas militares que no tengan un empleo directo relevante, y simultáneamente, se desaten diferentes crisis que generarán que actores regionales menores; observen las mismas como amenazas a sus intereses, e intervengan en ellas per se o formando coaliciones ad hoc de efímera perdurabilidad.  

Podrá pensarse, que el retraimiento que consideramos se da en los actores más tradicionales, puede ser de un carácter relativamente transitorio, relacionado específicamente con los cuanto menos frustrantes experiencias de los despliegues en Afganistán y en Irak; y que con el correr del tiempo, se dispondrá nuevamente de la decisión de empeñarse decisivamente de maneras comparables a las que observamos entre 2001 y 2014 en los países asiáticos antes mencionados.  Es una posibilidad ciertamente. Pero somos de opinión que es más bien una posibilidad remota. Tres actores tradicionales son el Reino Unido, Francia y los Estados Unidos. Los dos primeros, fruto de sus disímiles experiencias descolonizadoras, adquirieron en tiempos distintos vale decirle, capacidades que los han hecho mucho más flexibles para enfrentar conflictos donde los enemigos a enfrentar son mayoritariamente irregulares o bien elementos paraestatales. Y esto lo han demostrado en despliegues realizados sobre el fin del pasado Siglo XX y en no pocas ocasiones en el corriente Siglo XXI. Por su parte, el más poderoso de los tres, Estados Unidos, desde fines de la guerra de Corea en adelante, viene demostrando incapacidades concretas de adaptabilidad a las demandas que los conflictos donde los irregulares operan ofrecen. En el pasado nos hemos explayado sobre esos fallos en análisis realizados respecto a las campañas contrainsurgentes en Afganistán y en Irak.  Y esto no se debe a que carezcan de pensadores que observan esos conflictos y asesoran con certeza sobre la manera de operar en ellos. El problema yace en que la estructura administrativa y militar no demuestra la flexibilidad ni adaptabilidad oportuna para enfrentar ese tipo de conflictos; y cuando aparecen líderes que están en condiciones de cambiar los procesos en marcha, o bien no poseen el suficiente poder para llegar los líderes políticos y asesorarlos o cuando lo alcanzan es ya demasiado tarde para torcer el destino.  Esto mismo sucedió en Vietnam entre los sesenta y principios de los setenta; y trágicamente, se repitió décadas después enfrentando a los insurgentes islámicos.   Todo ello ha contribuido a crear una cierta conciencia entre los planificadores estratégicos de Estados Unidos de esa falencia, y también consideramos, la ciudadanía desde una percepción menos técnica, comprende que algo no está desarrollándose correctamente en relación al empleo de sus fuerzas militares en conflictos contra irregulares en sitios remotos del planeta. Ambas percepciones, creemos actuarán como un importante condicionante para no desplegar efectivos relevantes allí donde escenarios complejos y que no revisten una amenaza concreta a la seguridad de Estados Unidos puedan surgir en los tiempos venideros.

Lo mencionado no quiere decir que en el escenario que avizoramos Estados Unidos no emplee su recurso militar. Seguramente lo empeñará toda vez que considere que sus intereses lo requieran, pero evitará hacerlo de manera masiva, con las enormes implicancias que ese tipo de empeñamientos trae aparejados: El ejercicio del control de la población civil; la formación de fuerzas locales capaces de combatir a los irregulares; afrontar el permanente, y no pocas veces inevitable, desgaste político y moral que implica el daño colateral elevado que es una característica de los despliegues masivos contrainsurgentes; y también atender la demanda de una ciudadanía que no comprende la necesidad de esos despliegues en países lejanos aun cuando los mismos sean llevados adelante con tropas voluntarias.  Esas experiencias negativas, seguramente impondrán que se asista a ataques aéreos en apoyo a fuerzas locales, despliegues acotados de instructores o de equipos de fuerzas especiales para afectar blancos de alta prioridad o bien potenciar las fuerzas locales con capacidades muy específicas que solamente Estados Unidos y otros aliados pueden dar. Pero insistimos, sin desplegar masivamente tropas regulares.

Lo que acabamos de mencionar, deja al mundo sin la voluntad del actor que detenta el instrumento militar más complejo y desarrollado, de aplicar ese poder militar para enfrentar decisivamente contingencias en zonas particularmente críticas del planeta. Y es ese a nuestro juicio el factor clave que distinguiría una transición hacia un mundo multipolar, que se caracterizaría por un grado de anarquía potencialmente creciente y a veces inmanejable, hasta tanto los nuevos actores emergentes asimilen que el empleo de la fuerza es parte del ejercicio del liderazgo y en ciertas condiciones, la única manera de evitar escalamientos más graves en conflictos donde los actores responsables del mismo han perdido toda manera de conducir esos procesos. 

El presente siglo fue considerado por algunos, cuando el Siglo XX se acercaba a su fin como uno donde la agenda prioritaria pasaría por los negocios, la cooperación internacional y un relegamiento de los aspectos de seguridad internacional.  Todos sabemos que ello no resultó así prácticamente con el inicio del mismo. Hubo quienes auguraron que las tribulaciones se terminarían con el éxito de Occidente en Afganistán y en Irak, y que prevalecerían las condiciones para una continuidad de cierto tipo de "Pax" que diera certidumbres a los asuntos internacionales. Ello no ocurrió, por el contrario, tal como venimos comentando, la certeza más consistente es precisamente que se carecerá de certidumbre por un tiempo que resulta imposible dimensionar con precisión, pero que luce poseer la potencialidad de extenderse hasta bien avanzada las primeras décadas del siglo.

Finalmente cabe reflexionar sobre como los escenarios estratégicos influyen en la manera en que los instrumentos militares adaptan sus organizaciones, procedimientos y equipamientos para de alguna forma tener posibilidades de accionar en los mismos con cierto nivel de eficiencia en casos en los que los conflictos deriven en crisis.  Cuando ello no ocurre, es decir cuando la cambiante situación estratégica no incide en los instrumentos militares, estos poseen una fortísima tendencia a mantener pautas organizativas, doctrinarias y hasta administrativas que tienen que ver exclusivamente con visiones atadas a concepciones largamente superadas sobre el potencial empleo operativo de estas organizaciones militares, o bien lo hacen atendiendo a inmovilismos intelectuales que logran establecer una suerte de barrera infranqueable a cualquier desarrollo de pensamiento estratégico basado en sólidos análisis tanto del pasado como del empleo de la prospectiva.  En esas condiciones, no existe posibilidad alguna de pretender contar con herramientas militares aptas para afrontar los escenarios complejos, diversos y hasta volátiles que el Siglo XXI pareciera ofrecernos. Y esto último no porque sea el instrumento militar el decisivo para afrontar todas las contingencias del futuro, sino porque sin este no existirán muchas veces bases mínimas para alcanzar soluciones a través de la sinergia que el poder militar genera en su interacción con otras herramientas políticas multilaterales a la hora de enfrentar crisis severas.

 
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