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Un límite a lo que la acción aérea puede aportar PDF Imprimir E-Mail
Mar-31-15 - por Guillermo Lafferriere

El reciente inicio de una campaña aérea llevada adelante por la Real Fuerza Aérea de Saudí Arabia en conjunto con otras aeronaves de diferentes naciones árabes contra blancos de las fuerzas Huties, las que dominan una parte relevante del territorio de Yemen;  vuelve a traer a la discusión el tema de si puede obtenerse una victoria empleando exclusivamente el poder aéreo, evitando de esa manera el despliegue de tropas en el terreno, y así alcanzar una situación favorable con escasas o nulas bajas propias.  En realidad el tema pareciera tener un atisbo de respuesta, toda vez que un alto portavoz de las Fuerzas Armadas Saudíes hace pocas horas no descartó el empleo de tropas terrestres en Yemen para combatir contra los efectivos Huties.

El tema que estamos tratando no surgió con la crisis que Yemen viene presentando en las últimas semanas, sino que en realidad, está en discusión desde que fuerzas aéreas de occidente y algunas naciones árabes, vienen realizando acciones ofensivas de forma sistemática, desde hace meses contra objetivos del autodenominado Estado Islámico (IS o ISIS) en Siria o Irak.  Esas acciones han tenido  diversos objetivos. Algunos han sido directamente degradar la fuerza del Estado Islámico, otras afectar su capacidad de ocupar algunas zonas críticas en Siria o Iraq y en algunos casos, tratar de impedir que pueda emplear el recurso petrolero para financiar sus operaciones.

Todas estas acciones aéreas, tienen la capacidad de generar un importante daño en cualquier fuerza que sea posible de localizar en un terreno y que al mismo tiempo constituya la misma un blanco de una entidad tal que una acción aérea (desde aeronaves, misiles crucero o desde aviones no tripulados) sea justificada, en función de los costos y los riesgos que la misma per se posee.  Pero ello será siempre posible en la medida que esa fuerza en el terreno, para nuestro pequeño análisis los efectivos del Estado Islámico o los Huties, se encuentren concentrados y presentando el tipo de blancos que antes mencionamos.  Sin embargo la guerra es un ambiente donde se suele aprender muy rápidamente, y en general suelen hacerlo con mayor velocidad aquellos que perciben una amenaza más grande a su supervivencia.  Ese aprendizaje, irá indicando que no es bueno presentar concentraciones, y que debe aprovecharse el terreno para dispersarse en el, aprovechando las zonas que presenten mayor compartimentación y en no pocos casos, como ha sucedido en el pasado en Medio Oriente, emplear las poblaciones urbanas para que las tropas logren encubrirse entre la población civil.

Cuando tales circunstancias suceden, las acciones aéreas comienzan a perder la aptitud para afectar decisivamente al enemigo terrestre que enfrentan, y poco a poco va acercándose el fatídico momento que todo decisor político tratará de evitar: El apelar al empleo de tropas terrestres para derrotar al enemigo que ya no puede ser afectado desde el aire.  En realidad, esa situación es bien conocida no solamente por los expertos militares y los civiles que desarrollan sus actividades en el ámbito de la defensa; sino también por los decisores políticos de más alto nivel. El problema yace en que ambos, civiles y militares, conocen que todo empeñamiento de tropas terrestres trae aparejado una larga lista de inconvenientes al momento de decidirse su empleo. Entre ellos podemos mencionar:

  • El número de bajas que esas tropas necesariamente sufrirán.
  • La imposibilidad de poder determinar con precisión el tiempo en que esas tropas serán empleadas.
  • La siempre presente posibilidad que en el desarrollo de sus acciones contra un enemigo que se instale para combatir en un terreno urbano, las tropas desplegadas para derrotarlo seguramente causarán bajas entre la población civil.

A lo que acabamos de mencionar, deberíamos de agregar que para países como Estados Unidos, Reino Unido, Francia, España, Italia y muchos otros, cualquier despliegue relevante de tropas terrestres sería políticamente muy costoso, toda vez que esas naciones han desplegado por años tropas en Afganistán y en Irak, y en ambas circunstancias los objetivos políticos a alcanzar y los resultados obtenidos  no fueron en modo alguno ni los que los políticos pensaron ni mucho menos los que sus votantes creyeron posibles de alcanzar.

Ante esto ¿Qué puede esperarse que suceda? Es difícil predecirlo. Quizás para el caso del Estado Islámico, se podrá esperar a que se apele al empleo de fuerzas de operaciones especiales, para que estas en combinación con las acciones aéreas, den mayor precisión a los ataques, detecten blancos difíciles de localizar por otros medios y en ciertos casos, tremendamente difíciles, eliminen a algunos líderes del enemigo.  Para el caso de Yemen, es posible que una coalición de estados árabes realice alguna operación en Yemen, aunque muy probablemente la misma se contente con establecer una zona en ese país bajo el control de sus tropas y muy difícilmente se lancen a una guerra completa para derrotar definitivamente a los Hutíes.

En conclusión, desde nuestra perspectiva, no podrá esperarse que se alcance una decisión final tanto sobre las fuerzas del Estado Islámico como contra los Hutíes apelando exclusivamente al empleo del recurso aéreo. Sin embargo, difícilmente seamos testigos de un empleo masivo de fuerzas terrestres occidentales para enfrentar al primero de ellos por lo que hemos mencionado con anterioridad. Si será factible que un contingente árabe opere en territorio yemení, incluyendo quizás fuerzas pakistaníes, pero también en base a obtener objetivos limitados sobre el terreno, evitando una guerra prolongada. Mientras ello suceda, continuaremos asistiendo a imágenes de aviones despegando desde diferentes bases y portaaviones, así como a declaraciones que nos tratarán de convencer que sus acciones son decisivas para evitar que el Ejército Islámico y los Hutíes alcancen sus objetivos. La realidad, muy posiblemente, camine por otros senderos. 

 
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