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Charlie Hebdo y la libertad de expresión en América Latina PDF Imprimir E-Mail

Ene-14-15 - por Carlos Malamud (Infolatam)

Tras el salvaje atentado contra Charlie Hebdo mucho se ha dicho y escrito sobre la libertad de expresión, presentada como un valor esencial de las libertades individuales. Es una premisa básica y, en tanto tal, indiscutible de la convivencia democrática. Si bien el terrorismo islámico, que no el Islam, intenta acabar con todo lo que implica tolerancia y respeto a las creencias ajenas, este artículo no pretende profundizar en esta línea de análisis sino ver cómo se trataron los atentados en América Latina, especialmente en Argentina, y si se vincularon o no a la libertad de expresión.

Todos los gobiernos de la región condenaron los asesinatos terroristas y se solidarizaron con el gobierno francés y las víctimas. En muchos casos el rechazo a la salvajada fue rotundo, como hizo el gobierno argentino. En otros, Venezuela, se pedía juzgar y castigar a los culpables. Pero mientras Brasil, Chile, Colombia, Perú y Uruguay unieron directamente la defensa de la libertad de expresión a sus condenas, otros presidentes de América Latina omitieron cualquier referencia a ella en sus declaraciones.

Por eso, se hubiera agradecido una alusión explícita del gobierno mexicano y otros de la región. Teniendo en cuenta las políticas contra la prensa en algunos países, en ciertos casos la omisión no sorprende. Asumiendo la idea de que sólo la prensa adicta puede reproducir el relato oficial y difundir los logros gubernamentales, en Argentina, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela no sólo se ha construido un conglomerado de medios afines (gubernamentales o paragubernamentales), sino también se persigue a quienes no se avienen a directivas administrativas o a leyes aprobadas a su imagen y semejanza.

Mientras estos gobiernos mantuvieron una actitud prudente al condenar los atentados, en círculos próximos se cargaron las tintas contra todo lo que sonara a civilización occidental, Europa y Estados Unidos, e inclusive contra el pasado colonial o imperialista. Argentina fue un caso extremo, aunque no único. La decana de la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Plata y política kirchnerista, Florencia Saintout, tuiteó: “Los crímenes jamás tienen justificaciones pero sí tienen contextos”.

Para matizar sus palabras agregó: “Éste es un atentado a la humanidad. Decir que es un atentado a la libertad de expresión es reduccionista. A los periodistas… [de Argentina] les sirve para pegarle a un gobierno. En nombre de la libertad de expresión se dice cualquier cosa. Decir que es un atentando a la libertad de expresión es un reduccionismo interesado”. Ya Saintout había premiado por su política de comunicación a Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. Y ella vincula el reduccionismo de los periodistas a la campaña gubernamental de “Clarín miente”.

El contexto lo pusieron, entre otros, Hebe Bonafini y Atilio Borón y sirve, cómo no, para descargar la responsabilidad de los terroristas. Como si éstos necesitaran excusas para ejecutar sus actos abominables. En realidad, los esfuerzos de contextualizar siempre se remiten a los mismos actores: Estados Unidos, Israel, la OTAN o la Unión Europea, siendo básicamente el antiamericanismo más ramplón el que impulsa buena parte de estas declaraciones.

Hebe Bonafini puso su particular contexto señalando que “la Francia colonialista que dejó a miles de pequeños países en la ruina no tiene autoridad moral para hablar de terrorismo criminal”. Ya había hecho algo similar después del 11-S, cuando dijo: “Por primera vez le pasaron la boleta a EEUU. Yo estaba con mi hija en Cuba y me alegré mucho cuando escuché la noticia No voy a ser hipócrita con este tema: no me dolió para nada el atentado. Me puse contenta de que, alguna vez, la barrera del mundo, esa barrera inmunda, llena de comida, esa barrera de oro, de riquezas, les cayera encima”.

Atilio Borón, un académico argentino próximo al bolivarianismo, relató la “Génesis del terror”, estableciendo una causalidad absoluta entre determinados hechos (la CIA en Afganistán y Bin Laden, Irak o Libia) con Charlie Hebdo. Como “Occidente aviva las llamas del sectarismo religioso…la génesis de este crimen es evidente, y quienes promovieron el radicalismo sectario no pueden ahora proclamar su inocencia ante la tragedia de París”.

Otros acusan al gobierno francés de ser “co-responsable” (sic) de la matanza, con una larga secuencia que comienza con la guillotina y continúa en las guerras imperiales y coloniales de Argelia, Chad y Oriente Medio. El problema de Charlie Hebdo es que había emprendido una cruzada contra “el profeta Muhammad y por ende contra todo el Islam”. Pero,”el humor no otorga luz verde, y hay temas que no se pueden tomar en broma. Sobre todo, si ofenden la elección religiosa de millones de personas en el mundo” o si son herramientas “de toma de conciencia y lucha anticolonial”.

Al aproximarnos a este tipo de declaraciones, propias de grupos pro chavistas, no hay que olvidar la aproximación de Irán a Venezuela, Cuba o Bolivia. Si comenzamos asumiendo que el humor no otorga luz verde y hay temas tan trascendentes que no se pueden tomar ni en broma, terminamos justificando el terrorismo o alegrándonos de sus consecuencias si coinciden con nuestras reivindicaciones políticas.

Al escribir sobre Charlie Hebdo Bernard-Henry Levy dijo que “asesinar en nombre de Dios es convertir a Dios en un asesino por poderes”. En ese artículo pedía un antiterrorismo sin poderes especiales, un patriotismo sin Patriot Act y la unidad nacional de una Francia donde caben todos, algo muy distinto de la “Francia para los franceses”, el espantajo azotado por Marine Le Pen.

Bien siguiendo la senda del terrorismo islámico, o bien la de aquellos que llaman a contextualizar sus respuestas o a buscar la génesis de sus actos, estaríamos condenados a la desaparición. A la desaparición como individuos y ciudadanos, y a la desaparición como sociedades estructuradas. Para transitar ese camino a veces basta comenzar apuntando que “Clarín miente”, pero de allí al “Charlie miente” o “Charlie blasfema”, como pretenden algunos, puede no haber mucha distancia.

 

 
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