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La cumbre de UNASUR, un nuevo intento de relanzar la integración suramericana PDF Imprimir E-Mail

Dic-09-14 - por Carlos Malamud (Infolatam)

Los presidentes de Unasur celebraron en Ecuador la VIII Cumbre con tres objetivos simultáneos: inaugurar la sede de la organización, denominada Néstor Kirchner, celebrar el estreno del Secretario General, el ex presidente colombiano Ernesto Samper y relanzar un proceso de integración que pese a su retórica aún no ha dado los frutos esperados.
 
Como si de un relato de Dickens se tratara, la Cumbre sesionó en dos ciudades diferentes. Comenzó en Guayaquil, con un seminario sobre la integración regional y el traspaso de la presidencia pro tempore de Surinam a Uruguay. Siguió en Quito, en Mitad del Mundo, adonde el uruguayo José Mujica no pudo viajar por problemas de altura. Allí tuvo lugar la reunión reservada de los presidentes.
 
De los discursos presidenciales se desprende su opinión sobre la marcha de la integración y el largo camino pendiente por recorrer, aunque simultáneamente han sido incapaces de proponer soluciones adecuadas. Lula da Silva fue contundente: “El avance de la integración no está a la altura de nuestro potencial y necesidades”.
 
No fue el único. Rafael Correa advirtió del peligro que pueda surgir “cuando la gente se canse de estas cumbres y no vea hechos concretos”. Con el objetivo de pasar de las palabras a los hechos se redujeron a siete los 33 proyectos de infraestructuras impulsados desde la creación de Unasur en 2008. Dilma Rousseff lo explicó sintéticamente, hay que establecer acuerdos energéticos y de infraestructura “de real cumplimiento”.
 
Nuevamente han estado presentes las buenas intenciones y las buenas palabras. Michelle Bachelet espera que de esta Cumbre salgan “planes para apoyar el bienestar de nuestros compatriotas”. Por eso, “no basta con [los] esfuerzos individuales” de cada país, sino que es esencial la integración.
 
Si bien se han presentado buenas iniciativas, como la ciudadanía sudamericana, se siguen sin identificar las herramientas y mecanismos que permitan avanzar en la integración, comenzando por un diagnóstico realista y valiente de la crisis del proceso. Pese a ello, se insiste en que la integración es prioritaria. Pero, como advirtió Mujica: “No habrá integración si no existe compromiso [y]… voluntad política porque los obstáculos del mundo son enormes”. Para Samper resulta prioritaria la convergencia con otros mecanismos de integración: Mercosur, la Comunidad Andina (CAN) o la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi).
 
Lamentablemente los viejos fantasmas siguen presentes. Para Cristina Fernández el proceso no avanza a la velocidad adecuada ya que “fuerzas intrarregionales e internacionales organizadas que no quieren la integración”, han emprendido una “nueva guerra fría para desgastar y derrotar [a las] fuerzas progresistas” de la región, y llamó a honrar el legado de heroísmo y esperanza de los patriotas suramericanos.
 
Con su profundidad habitual, el ministro argentino de Exteriores, Héctor Timerman, dijo que “la principal función de la Unasur es política y debe ser la defensa de las democracias” y reconoció que “por ahora no hay resultados concretos de la integración”. Más sorprendente fue su afirmación de que la integración “se construye de acuerdo a la necesidad de cada pueblo para el desarrollo económico de cada país”, una premisa infrecuente en estos ámbitos más partidarios de la Patria Grande.
 
De forma simultánea se mantienen viejas recetas, hasta ahora imposibles de concretar. Y no porque las ideas sean malas, sino porque se quiere comenzar a construir la casa desde el tejado. La inauguración del edificio de Unasur, de casi 44 millones de dólares y más de 20.000 metros cuadrados útiles a los que habrá que dar ocupación, es una buena metáfora. Algo similar ocurre con el Parlamento Sudamericano “Hugo Chávez”, que se construirá en Cochabamba, Bolivia.
 
Rafael Correa y Nicolás Maduro se llevaron la palma al recordar la implementación de antiguos proyectos, pero no fueron los únicos. Así resurgieron la moneda única sudamericana, el sucre, pero sobre todo el Banco del Sur y el Fondo de Reservas. Tampoco se olvidó el centro de arbitraje sudamericano, una “alternativa a los actuales tribunales cooptados totalmente por el capital internacional”. El proyecto es de gran interés para Ecuador ante las demandas que afronta por cuestiones petroleras.
 
Para Correa, una traba que frena la integración es la deficiente institucionalización de Unasur, una organización “absolutamente disfuncional”. Hay que revisar sus estatutos, ya que todo se decide por consenso, de modo que el veto es “la mejor forma de no avanzar”. En su lugar habría que imponer “mayorías calificadas”. No parece una buena idea en esta etapa incipiente del proceso de integración, cuando los marcos generales ni siquiera se han implantado. Para comenzar, se podría pensar, en el caso de que Unasur se consolide y perdure, si los nombres de Néstor Kirchner y Hugo Chávez son la mejor manera de buscar consensos prolongados para consolidar la integración regional, un proceso que debería estar al margen de banderías partidarias.
 
La ciudadanía sudamericana, la “verdadera confirmación” de la identidad regional, fue apoyada tanto por Samper como por Correa. Gracias a ella los más de 400 millones de sudamericanos podrán circular, estudiar y trabajar en la región, además de homologar títulos profesionales, aunque todavía no se ha fijado el plazo para su puesta en marcha y ni siquiera se han detallado los mecanismos que lo harían posible.
 
Al finalizar la Cumbre, Samper señaló satisfecho: “Aprobamos el concepto de ciudadanía sudamericana. Ese debería ser el mayor registro de lo que ha ocurrido”. Su idea fue reforzada por Correa, para quien la creación de la “ciudadanía sudamericana [es la] confirmación de nuestra unidad”. Seria deseable que tan loable proyecto se materializara de inmediato, pero para que esto ocurra hay que traspasar los densos muros que durante décadas han construido los nacionalismos regionales, la tenaz defensa de la soberanía nacional y el principio de no injerencia en los asuntos de los demás. Demasiadas losas para un simple pasaporte.
 
 
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