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Brasil: Marina Silva en camino a la tierra prometida PDF Imprimir E-Mail

Sep-01.14 - por Carlos Malamud (Infolatam )

La campaña por las elecciones presidenciales brasileñas finalmente se ha puesto interesante. A medida que aumenta la incertidumbre y se incrementan los interrogantes los comicios se muestran cada vez más competidos. Es verdad que la trágica muerte de Eduardo Campos añadió una dosis de suspenso hasta entonces desconocida. Pero el letargo había comenzado a sacudirse hace ya casi dos meses cuando comenzó a presentarse como prácticamente inevitable el llamado a una segunda vuelta y parecían mayores las opciones de Aecio Neves.

Por si los ingredientes presentes fueran escasos el debate económico ha crecido en intensidad. No sólo en todo lo referente al modelo económico (papel del estado, autonomía del Banco Central, proteccionismo, explotación de los recursos energéticos, etc.), sino también por la recesión “técnica” finalmente instalada en el país. Si el pasado jueves 28 de agosto el ministro de Hacienda Guido Mantega apuntaba hacia los rivales de Dilma Rousseff para decir que serían ellos quienes conducirían al país a la recesión, al día siguiente su ministerio no tuvo más remedio que reconocer que ella, aunque “técnica”, finalmente había llegado.

Con un carácter francamente autoexculpatorio tanto Mantega como su jefa Rousseff se justificaron diciendo que el bajo crecimiento coyuntural se debía al mal comportamiento de la economía internacional. De todos modos, como señalaba Eduardo Campos antes de morir, Dilma Rousseff será la primera presidente de Brasil en entregar el país peor que lo encontró cuando llegó al gobierno. No está claro cuánto puede influir la economía en la campaña electoral, pero si hasta hace poco tiempo el principal temor gubernamental se concentraba en la inflación, hoy la recesión está en el centro del debate.

Lo que sí es un hecho incontrastable es que Brasil ha cambiado considerablemente en las últimas dos décadas. Si desde 1989 y especialmente desde el triunfo de Lula se sostenía que el voto de los sectores menos favorecidos era vital para ganar las elecciones, los resultados de encuestas recientes ponen en cuestión esta premisa. Según la última encuesta de Datafolha es en la franja de los votantes más pobres donde Marina Silva pierde frente a Rousseff, ya que en la “nueva” clase media, la que gana entre dos y cinco salarios mínimos, Silva batiría a la actual presidente por 54% a 36% y lo mismo ocurre en la clase media “tradicional”.

Pese a las encuestas son muchos quienes se preguntan si Marina Silva será capaz de aguantar en lo más alto de las preferencias públicas hasta el 5 de octubre o si, por el contrario, lo que hasta ahora ha sido una meteórica marcha ascendente se detendrá en algún momento. Por lo pronto Silva se ha beneficiado del factor sorpresa y de la identificación de su candidatura por el dolor provocado por la muerte de Campos. También del hecho de que su figura se haya asociado rápidamente, mucho más de lo que había sido su jefe de filas, con la posibilidad del cambio en el país.

El mes que queda para la elección puede ser un paseo militar para Silva o un verdadero calvario, según se decanten las cosas. De momento el silencio que acompañó su proclamación como candidata se ha acallado y en su lugar comienzan a surgir críticas cada vez más demoledoras, provenientes tanto de su izquierda, el PT, como de su derecha, el PSDB, hasta ahora los dos principales partidos en liza. Inclusive Lula, el principal activo de la campaña de Rousseff, ha comenzado a desplegar su artillería conceptual contra Silva. A esto se añade el escaso tiempo que tiene el PSB en la campaña electoral en televisión, el principal mecanismo de publicidad político y hasta ahora prácticamente decisivo en el resultado de las elecciones anteriores.

Las críticas contra Silva se centran en dos aspectos importantes. Por un lado su falta de experiencia en cargos claves de gestión política, más allá de su paso por el ministerio de Medio Ambiente con Lula. A esto se suma su carácter irritable y su inflexibilidad como negociadora, aunque ciertas voces apuntan a todo lo contrario. Por el otro, su errática política en defensa de valores morales vinculada a su condición de creyente evangélica.

Tras presentar su programa electoral de forma casi inmediata, Silva debió introducir algunas modificaciones, más restrictivas, tanto en lo referente al matrimonio homosexual, aborto y derechos de gays y lesbianas, como en política nuclear. Con un reflejo propio de la vieja política, más que de la candidata que vende el cambio, justificó los retoques realizados en errores en la confección del documento en lugar de asumir su propia responsabilidad.

Todo esto se sintetiza en una pregunta, que sus rivales intentarán que sea cada vez más insistente y más potente a medida que avance la campaña, ¿cómo gobernará Marina Silva?, ¿con qué equipos?, ¿cómo armará su coalición parlamentaria en caso de triunfar? ¿cuán consistente será en la defensa del laicismo del estado y de los problemas vinculados a la agenda de cuestiones morales? Algunas de estas preguntas ya fueron formuladas por Sérgio Fausto en las páginas de Infolatam.

Es verdad que el sistema político brasileño se caracteriza por el elevado grado de transfuguismo y la capacidad política y presupuestaria del ejecutivo federal de alinear voluntades presupuestarias detrás de sus propuestas. Pero esto requiere de mucha mano izquierda y mucha ingeniería política y la pregunta al respecto es si la candidata emergente está en condiciones de jugar eficazmente sus cartas y si el partido que cobija su candidatura le podrá dar la cobertura suficiente.

Todavía es pronto para ver quién ganará las elecciones. Las opciones de los tres candidatos se mantienen, aunque de momento son las dos candidatas las mejor situadas. Ningún escenario es descartable, al menos hasta mediados de septiembre cuando las actuales tendencias puedan empezar a clarificarse. Lo cierto es que con todo esto quien ha salido ganando es la ciudadanía brasileña que al menos se beneficia de una campaña en serio.

 

 
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