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La política latinoamericana de España PDF Imprimir E-Mail

Abr-07-08 - por Joaquín Roy*

Desde el ingreso de España en la Comunidad Europea en 1986, la inserción en el proyecto de integración continental se convirtió en la agenda obsesiva, como si se tratara de recuperar a marchas forzadas el tiempo perdido por tantas décadas de ausencia y aislamiento. Solamente la relación con América Latina supera la prioridad prestada a Europa. 

La explicación de esta atención, presente en los discursos políticos durante todo el anterior siglo, reside en que si el proyecto europeo al que se adhiere España apenas cuenta con cincuenta años de existencia efectiva, el vínculo con América se extiende a medio milenio. Lo cierto es que España sin América sería como Irlanda o Italia, países europeos de tardío ensamblaje, sin apenas mayor impacto universal que su emigración o la fuerza de su cultura. 

Incluso el estudio comparativo del vínculo de España con América Latina con el existente entre Portugal y su excolonia americana, Brasil, revela la diferencia. Mientras España para Hispanoamérica, de una manera u otra, sigue siendo la "madre patria", la huella lusa en el Brasil se reduce a la vigencia de la lengua, y el recuerdo de unos capítulos de la literatura clásica. La variedad de la inmigración que sucedió a la independencia constituyó la diferencia. 

De ahí que periódicamente, a pesar de los cambios de régimen y de gobiernos, el ligamen entre España y la América hispanohablante dicte el guión que obligue a la construcción de una agenda nueva que en sus rasgos generales no ha experimentado grandes diferencias en la última décadas, sobretodo desde el renacimiento de la democracia en España. Sí, en cambio, resultan obvios los matices que los sucesivos cambios de gobiernos españoles y la evolución del perfil general de los latinoamericanos imponen a la mutua relación.  

Tras el triunfo del Partido Socialista en las elecciones de marzo, de nuevo se aconseja el examen de las líneas generales de su política hacia América Latina, sus diferencias con respecto a la ejercida en los últimos cuatro años, y sobretodo su contraste con los anteriores ocho años (1996-2004) de administración popular. Según un grupo de expertos liderados por el catedrático de la Universidad Complutense Celestino del Arenal, cinco, por lo menos, son las dimensiones que conviene tener en cuenta para entender las opciones abiertas a España en esta nueva etapa: la bilateral, el nivel subregional, el regional, el europeo, y por fin la llamada quinta dimensión constituida por las actividades de las comunidades autónomas, entidades municipales, ONGs, y diversos agentes privados.  

Con respecto a la agenda bilateral, España deberá seleccionar con cuidado sus interlocutores individuales como anclas efectivas de su política. Evitando los espinosos escenarios de los países con mayor tendencia a la confrontación (Venezuela, Bolivia), el nuevo gobierno de Zapatero deberá concentrarse en el establecimiento de coaliciones sólidas con países con potencial de influencia en conseguir consensos (México, Brazil, Chile). Sin que se abandone el protagonismo en liderar la agenda europea hacia Cuba, España debiera conseguir el respaldo de por lo menos un par de países europeos en reforzar la política de "diálogo constructivo". 

La dimensión biregional deberá concentrarse en apoyar de la forma más efectiva los diversos sub-bloques de integración regional, sobretodo los más necesitados de la colaboración externa a la vista de sus convulsiones externas y su contraproducente transformación (MERCOSUR y Comunidad Andina). El campo regional estará dedicado a la consolidación del proceso de Cumbres Iberoamericanas para conseguir la sólida constitución de una Comunidad Iberoamericana, más allá de los encuentros periódicos. Para ello, el gobierno español deberá confirmar el abandono del excesito protagonismo personal de la época de Aznar. 

Finalmente es paradójicamente en la dimensión autonómica, municipal y privada donde España tiene mayor ventaja, debido a la vigencia de la huella personal, el recuerdo de la emigración (ahora replicada por la presencia de cuantiosos contingentes de inmigrantes latinoamericanos en España), y la fuerza de las inversiones españolas en América Latina. Esta dimensión constituye el eslabón necesario para que la conmemoración de segundo centenario del proceso de independencia de las repúblicas latinoamericanas sea un éxito de hermandad y reconocimiento mutuo. La importancia que el gobierno español concede al acontecimiento viene demostrada por el nombramiento de una Comisión presidida por el ex presidente Felipe González.  

* Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet' y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla