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¡Adios Mundial! PDF Imprimir E-Mail

Jul-16-14 - por Carlos Malamud (Infolatam )

Cayó el telón y con él finalizó el mayor espectáculo del mundo, capaz de atraer a cientos de millones de personas y movilizar por doquier sentimientos extremos. En el fútbol, como en todo deporte, hay ganadores y perdedores y bastaba ver algunas caras en Maracaná en la noche dominical para percibir el amplio espectro de sensaciones vividas al cabo de un mes trepidante, concluido con 120 minutos de una final intensa aunque no brillante.

Las caras (nunca mejor dicho) y las cruces fueron muchas y no siempre reflejaban lo mismo. Estaban las que se referían al campo estrictamente deportivo, como las de las selecciones de Alemania y Argentina, sinónimo de triunfo unas y de derrota amarga las otras. Algunas, incluso, evidenciaban grandes dificultades para admitir un resultado adverso, eso que coloquialmente se llama saber perder.

Como en todo gran espectáculo mediático, y el fútbol no es ninguna excepción, lo deportivo y lo extradeportivo, comenzando por la política, se entrelazan continuamente. Eso sí, corresponde a vencedores y derrotados combinar las dosis en proporciones exactas. De ahí la afirmación de Dilma Rousseff, tras la urticante derrota frente a Alemania, de que fútbol y elecciones discurren por carriles separados.

Posiblemente, si Neymar hubiera recibido la Copa de sus manos el discurso presidencial hubiera sido otro y, al igual que cualquier político, hubiera arrimado el ascua a su sardina para aprovechar las vibraciones de una sociedad enfervorizada. El resultado fue distinto, con un Brasil apeado en semifinales, lo que provocó que un sentimiento de frustración invadiera la sociedad brasileña. ¿Afectará esto el resultado electoral? Es difícil saberlo, pero la soberbia no suele ser buena consejera y menos cuando la sociedad demanda cambios.

Los rostros discordantes también se vieron en el semblante feliz de Angela Merkel y en el serio de Rousseff, todo un poema. Junto a estas dos notables damas había una notable ausencia, un vacío muy difícil de llenar, la de la presidente argentina. Su ausencia puede ser interpretada como una falta de respeto con su principal vecino. Pese a la enfermedad que la aquejaba, Fernández recibió a Vladimir Putin y le ofreció una cena de gala junto con el uruguayo José Mujica, aunque Evo Morales y Nicolás Maduro no pudieron asistir. Al día siguiente viajó a Calafate al cumpleaños de su nieto. Ya se sabe que para la máxima autoridad de un país la familia es lo primero. Por si todo esto fuera poco, Fernández irá a Brasil, a la Cumbre de los BRICS, adonde aspira ser incluida algún día.

Pese a la rivalidad con Argentina, Rousseff hubiera preferido una victoria de la albiceleste, socio de Mercosur y representante de los valores de América del Sur. Con la Cumbre de los BRICS próxima, y con Vladimir Putin a su lado, Rousseff apostaba por una escena final totalmente distinta, más próxima a los valores de los países emergentes. En el desenlace por ella soñada tampoco había lugar, por supuesto, para la fuerte pitada recibida de una opinión pública escasamente satisfecha con las obras y el devenir de la Copa del Mundo.

Probablemente, al igual que ocurrió con la pitada de la ceremonia inaugural, los publicistas gubernamentales explicarán lo ocurrido diciendo que sólo las élites blancas, las únicas que podían pagar las entradas estaban en el estadio. ¿En qué quedó el mito de las clases medias ascendentes? Como ejercicio de pura especulación y a falta de explicaciones plausibles, ¿Cristina Fernández no fue a Maracaná porque temía ser pitada como su colega brasileña?

De alguna manera éste fue el Mundial de América Latina. Brasil y Argentina jugaron las semifinales, y Colombia, Costa Rica, Chile, México y Uruguay tuvieron un excelente desempeño. Lamentablemente en casi todos estos países los éxitos fueron acompañados por un importante desborde nacionalista. Por eso sería importante reflexionar al respecto, ya que las viejas disputas nacionales, con su fuerte carga nacionalista, siguen pendientes. Los cánticos de la hinchada argentina contra Brasil llegaron a ser hirientes.

El ya famoso “Brasil, decime qué se sientetener en casa a tu papá” sólo sirvió para reabrir viejas heridas y para volcar a la afición brasileña en apoyo de Alemania en la final. Uno de los máximos desatinos al respecto, vivido como una simple anécdota, fue la ejecución por la banda militar de los Granaderos a Caballo, la escolta presidencial, en el marco de los festejos de la Independencia argentina el 9 de julio en Tucumán, de los acordes de semejante marchita.

Es poderosa, muy poderosa, la capacidad de movilización del fútbol y de identificación con unos colores, especialmente si éstos coinciden con la bandera nacional. Pero, la apelación constante a sentimientos más básicos y profundos como el amor a la patria o el orgullo es otra cosa. La Nación de Buenos Aires, un diario poco sensacionalista, titulaba: “Quedará en la memoria: duele pero el orgullo late como nunca”. En contraposición al orgullo y otros sentimientos similares las preferencias por el trabajo sistemático y de largo plazo son apenas una lejana referencia.

Neymar, en un ejercicio de honestidad, dijo: “No quiero dar espectáculo, es lo último que busco. No estamos aquí para dar espectáculo, sino para vencer. Si ganamos medio (gol) a cero está bien. No importa hacer un sombrero o un caño… Lo único que espero es que Brasil sea campeón, no importa si hago muchos goles, si juego bien o mal un partido, que Brasil sea campeón es lo que más quiero”.

El resultado por encima de cualquier cosa, inclusive de las ganas de fiesta del pueblo brasileño. Esto explica una de las grandes paradojas del mundial. Las selecciones que contaban con dos de los proclamados mejores jugadores del mundo, estructuradas en torno a sus ídolos y al servicio de ellos, no fueron las que ganaron la Copa. Y no lo hicieron porque si bien en ambos casos todo fue puesto al servicio del triunfo, el equipo pasó a ser un elemento secundario y el buen juego, el jogo bonito, quedó preterido por otros valores, teóricamente superiores.

 

 
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