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Nadine Heredia: la “primera dama” peruana que suspira por la presidencia PDF Imprimir E-Mail

Mar -31-14 - por Carlos Malamud (infolatam )

Cuando a fines de 2012 la alcaldesa de Lima Susana Villarán aludió a Nadine Heredia, la esposa del presidente Ollanta Humala y “primera dama” del Perú, llamándola “señor presidenta”, hizo evidente algo que forma parte de lo cotidiano. Estoy hablando del afán desmedido de Heredia por intervenir activamente en la vida política de su país y de su determinación de utilizar todos los medios a su alcance para lograr su objetivo. Incluso de suceder a su marido en la presidencia. Si bien la propia Heredia descartó una y otra vez esta última posibilidad, que requeriría reformar la ley electoral, la opinión pública no termina de creerle.

La participación de la mujer en la política se ha convertido en algo natural en buena parte de América Latina. Actualmente hay tres mujeres presidentes en América del Sur: Michelle Bachelet, Cristina Fernández y Dilma Rousseff. Junto a ellas está la costarricense Laura Chinchilla, a punto de acabar su mandato. Lo criticable, tanto en el caso de Heredia como en otros similares en el contexto regional, es la utilización del aparato estatal, que por derecho no le corresponde, y de cuantiosos recursos públicos para alcanzar sus metas.

Se da la circunstancia de que Nadine Heredia es cofundadora y presidente interina del Partido Nacionalista Peruano (posteriormente reconvertido en Gana Perú) y, por tanto, la política no le es ajena. Además, todo indica que posee carisma y es buena comunicadora, algo bastante congruente con la buena imagen que la acompañó durante los primeros años de gobierno de su marido. Pero una cosa es su militancia política y otra muy distinta su desempeño en las tareas protocolarias vinculadas al cargo de su marido y, por salud republicana, ambos campos deberían estar meridianamente separados.

En Perú los partidos políticos no se caracterizan por contar con una organización fuerte. Suelen ser aparatos macrocefálicos volcados al enaltecimiento de sus líderes, como también ocurre con Gana Perú. En su “atípica” carrera a la presidencia, Heredia parece apoyarse más en su posición de “primera dama” que en su cargo partidario. Y aquí es dónde los límites de su cargo institucional se vuelven cada vez más difusos, provocando una injerencia creciente en los asuntos públicos. Esto ha terminado de provocar el rechazo creciente de la sociedad peruana.

En su intento de volver por tercera vez a la Casa de Pizarro Alan García ha convertido a Heredia en su blanco favorito y acaba de publicar un tweett instando a “desnadinizar” la política peruana. La réplica se la dio la ministra de Trabajo y Promoción del Empleo, Ana Jara, quien señaló su acuerdo con “desnadinizar” la agenda política, siempre y cuando también se “desalanizara” el debate político. “Siguiendo el criterio del expresidente García, habría que “desalanizar” la agenda nacional, porque así como estamos pendiente de los gestos de la primera dama [Nadine Heredia], también estamos pendientes de los tuis del exmandatario [Alan García]“.

Mario Vargas Llosa salió, sorpresivamente, en defensa de Heredia. O mejor, contra García con palabras contundentes: “Alan García es un hombre que está en campaña, quiere ser reelegido por tercera vez. La popularidad de Nadine Heredia lo ha descentrado, lo ha desquiciado y, al ver amenazada su candidatura, es la figura maquiavélica detrás de esta extraordinaria operación de demolición”. Más allá de la política de demolición de García, la defensa de Heredia no es coherente con la defensa a ultranza de las libertades públicas y de las instituciones democráticas que ha caracterizado a Vargas Llosa. La popularidad de Heredia no es un don que le viene del cielo, sino producto del aprovechamiento del cargo de su marido.

La política peruana transcurre por circuitos y canales complicados, a veces difíciles de entender. A mediados de marzo pasado fue imposible que el Congreso diera su voto de confianza al último primer ministro de Humala desde su llegada al poder en julio de 2011 (ya es el quinto). Para ello se argumentó que se trataba de un “gabinete Nadine”, como difundieron los medios de comunicación, si bien en esta ocasión la influencia de la mujer del presidente era tan marcada como en los gabinetes anteriores, aunque en este momento todo apunta a que la popularidad de la pareja presidencial va en descenso, en parte por el excesivo protagonismo político de Heredia. Cuán extraña es la política peruana que analizando los bajos índices de popularidad de los últimos ex presidentes después de Fujimori, un agudo observador dijo que el mejor de todos ellos había sido Alejandro Toledo que por no haber hecho nada tampoco había podido arruinar nada.

La legítima vocación política de Nadine Heredia y su justa ambición de alcanzar la presidencia deberían canalizarse por otros medios. Por ejemplo, dedicando parte de su tiempo a reforzar a su partido político, ampliando la militancia y creando los cauces y estructuras necesarias para su gobierno. O dejando meridianamente claro su absoluto respeto a la legalidad y que posterga sus aspiraciones presidenciales para 2021, dejando su tiempo de campaña para cuando su marido esté en el llano.

La política y las sagas familiares no son compañeros extraños. La palabra nepotismo refleja esta situación. Es frecuente encontrar “dinastías políticas” en América Latina, EEUU y Europa como en otras partes del mundo. En Venezuela, José David Cabello, hermano de Diosdado, acaba de ser nombrado ministro de Industria por Nicolás Maduro. Una cosa es que los hijos, hermanos o cónyuges de un alto responsable político se identifiquen con la labor de un familiar de referencia, y otra aprovechar su cargo para medrar de forma descarada.

 

 
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