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El conflicto político venezolano PDF Imprimir E-Mail
Feb-19-14 - por Rosendo Fraga

La crisis política venezolana, exacerbada por la violencia en las calles, tiene lugar en momentos en que el control de las mismas es determinante en la estabilidad de los gobiernos en todo el mundo. En Europa, el gobierno pro-ruso de Yanucovich se ha debilitado: ha tenido que decretar una amnistía para los opositores pro-europeos detenidos y su futuro es incierto; en Bosnia y Montenegro, manifestantes disconformes tomaron en la última semana las respectivas sedes de los gobiernos; en Tailandia la oposición viene controlando las calles desde hace meses y desconoce una elección en la cual el oficialismo sostiene que ha ganado; la Primavera Árabe desató protestas que han volteado gobiernos y que hoy debilitan al otrora sólido gobierno turco; en el caso de Egipto, las protestas han sido el desafío que parece haber sorteado con éxito el gobierno de facto que apoyan las Fuerzas Armadas; en América Latina las protestas -aunque hoy atenuadas- amenazan la reelección de Dilma, en la Argentina irrumpieron en diciembre con saqueos potenciados por una huelga policial y en Venezuela los choques violentos entre opositores y chavistas han precipitado una fuerte crisis política. Los muertos en este tipo de circunstancias escalan fuertemente las crisis políticas y pueden poner en riesgo la estabilidad de los gobiernos. Esto es lo que ha sucedido en Venezuela, donde además de tres muertos hay 66 heridos de bala y varios desaparecidos, lo cual da la magnitud de los incidentes producidos.

Para Maduro se trata de un intento de golpe de estado de la “derecha fascista”, apoyado por EE.UU. y articulado regionalmente por el ex presidente colombiano Álvaro Uribe. Por esta razón ha reaccionado enérgicamente, repudiando la “preocupación” por la violencia en el país que ha planteado el Departamento de Estado y expulsando a tres funcionarios consulares estadounidenses y acusó a Washington de financiar grupos opositores violentos. Las dificultades que ha enfrentado recientemente el diálogo de paz con las FARC también son, en la visión de Maduro, responsabilidad del ex presidente colombiano, al que también acusa por la violencia que se ha registrado en las calles de Caracas. Esta supuesta ofensiva se materializaría en que grupos armados están actuando en las filas opositoras y en que, previamente, los intereses económicos adversos al Chavismo precipitaron la crisis económica que hoy se manifiesta en una inflación superior al 50%, recesión, desabastecimiento de productos de primera necesidad y una gran brecha cambiaria entre el mercado oficial y el paralelo. Una nueva ley permite al gobierno detener a empresarios y comerciantes que aumenten los precios por encima de lo autorizado y a quienes desabastezcan de productos de primera necesidad. Los grupos parapoliciales del Chavismo, como el Movimiento Nacionalista Tupac Amaru (MNTA), cuyo líder (Carias), prometió “luchas ilegales, clandestinas y violentas, a favor del orden constitucional”, son un ejemplo de la radicalización del oficialismo. Maduro ha movilizado a sus militantes en las calles y las ha ocupado militarmente; ha ordenado la detención del líder opositor más duro (López); busca ahora mantener bajo control sus grupos más radicalizados y aprovecha la situación para aumentar la censura sobre los medios de comunicación e iniciarla sobre las redes sociales. Ha logrado la solidaridad del Mercosur no sólo por afinidades ideológicas, sino quizás porque tanto Brasil como Argentina temen enfrentar el desafío de la violencia en las calles. Pero frente a la detención del líder opositor más combativo, ha dicho que la derecha “no lo verá más” y ha vuelto a convocar a los militantes chavistas más violentos a que ganen la calle. 

La oposición -aunque dividida- ha logrado tomar la iniciativa política por primera vez desde que se uniera detrás de un líder único (Capriles). Sus líderes más duros, como Leopoldo López y Corina Machado -que venían criticando la pasividad de Capriles y su cercanía al gobierno desde la última reelección presidencial-, han convocado las protestas de los últimos días, que han tenido a los estudiantes como protagonistas centrales, modernizando y rejuveneciendo la imagen de la oposición. Además de libertades, reclaman contra la inflación y la inseguridad, que son las dos urgencias y prioridades de los venezolanos. Capriles teme que la violencia dé el pretexto a Maduro para avanzar más en el autoritarismo de su gobierno. Cabe recordar que el gobierno venezolano en los últimos meses ha tomando el control del único canal de televisión que tenía la oposición, ha dejado sin papel a las publicaciones de ésta y ha comenzado a interferir en los mensajes de Twitter. Frente a la orden de captura contra López, éste parece dispuesto a entregarse tras liderar una gran manifestación. La división de la oposición es profunda y no le será fácil reunificarse, salvo que el Chavismo repita e incremente la violencia en las calles. EE.UU. y la UE han reclamado a Maduro por el uso de la violencia, la UN ha denunciado a su gobierno por uso excesivo de la fuerza en la represión y la OEA ha dispuesto una investigación. Regionalmente, mientras el Mercosur ha apoyado a Maduro, los países de la Alianza del Pacífico muestran una posición diferente, Unasur se manifiesta contra la violencia y la CELAC expresa preocupación. López se entregó a las fuerzas de seguridad del gobierno, que lo acusa de “terrorismo y homicidio”. Es una apuesta riesgosa, pero que lo puede convertir en la nueva figura de la oposición venezolana.

Para la visión de la izquierda populista latinoamericana, hay una ofensiva regional de la derecha que busca desestabilizar los gobiernos populistas de Venezuela y Argentina al mismo tiempo. La realidad es que los dos gobiernos tienen un enfoque económico similar: sufren la inflación más alta de la región. En el caso argentino, la del último trimestre anualizada ya alcanza la de Venezuela y el 3,7 de la “oficial” de Argentina de enero, supera el 3,3 de la venezolana; frente a ello, los dos gobiernos controlan los precios, que son “cuidados” en el gobierno de Cristina Kirchner y “justos” en el de Nicolás Maduro. El “cepo” al dólar lo inició Chávez en 2003 y su colega de Argentina en 2011. La fuerte caída de reservas ha sido un proceso común, así como la devaluación de la moneda local frente al dólar, aunque de mayor magnitud en Venezuela. Los dos parecen encaminarse a una recesión en 2014 y ambos avanzan hacia una mayor estatización de la economía, pero están dispuestos a seguir pagando los bonos para no entrar en default. La semana pasada el 12 de febrero, Maduro denunció un intento de “golpe de estado” contra su gobierno y el mismo día la Presidente argentina dijo que quisieron “hacer volar por los aires su gobierno” una conjunción de bancos, medios y opositores políticos. En la visión de la izquierda populista latinoamericana, no es casual que en enero The Economist haya titulado una nota diciendo “Argentina y Venezuela se acabó la fiesta”, justo antes de que ambos países al mismo tiempo sufrieran una ofensiva desestabilizadora.

En conclusión: la crisis política venezolana se inscribe en un panorama global en el cual en todo el mundo perder el control de la calle por las protestas violentas puede implicar la pérdida del poder; Maduro ha denunciado que las movilizaciones opositoras que ha reprimido con violencia constituyen un intento de “golpe de estado” contra su gobierno, impulsado por EE.UU. y el ex presidente Uribe; por su parte la oposición, aunque dividida, ha logrado retomar la iniciativa, pero corre el riesgo de que el Chavismo derive del autoritarismo al totalitarismo; por último, para la izquierda populista latinoamericana, Venezuela y Argentina están sufriendo al mismo tiempo intentos de desestabilización política, encubriendo que se está evidenciando su fracaso en lo económico. 

 
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