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Uruguay: Ley de medios y rol del periodismo PDF Imprimir E-Mail

Sep-17-03 - por Oscar Bottinelli *

El proyecto denominado Ley de Medios tiene como virtud haber disparado por primera vez un debate a fondo sobre los niveles de libertad y de regulación que deben tener los medios de comunicación electrónicos. Es una discusión en que no es posible el consenso porque las diferencias de enfoque son esencialmente diferencias ideológicas, que corresponden a visiones diferentes sobre el rol del Estado, del mercado y de los juegos de poder en la sociedad. Tampoco es posible el consenso porque cualquier ley en la materia afecta (para favorecer o perjudicar) a extraordinariamente poderosos intereses. Aún así, el nivel de la discusión debería ser más elevado (como se observa, por ejemplo, en el tema educativo) que el que se exhibe en estos días. En cuanto a la Ley de Medios sobran las descalificaciones, inclusive los insultos; hay comparaciones que no prestigian a los comparadores y se maneja poca información de lo que ocurre en la materia en el mundo occidental. En particular no se observa que es un proyecto mucho más conservador y menos regulatorio que la normativa dominante en Europa occidental. Y tampoco se observa un dato esencial: en Uruguay es libre poner un portal en internet (o una librería), pero no es libre (no lo ha sido nunca en las últimas ocho décadas) poner un canal de televisión, una emisora de radio o una red de televisión codificada Por lo tanto, la discusión comienza con un escenario de ausencia de libertad de mercado y por ende mal la ley puede afectar esa libertad. Otra cosa es que se pretenda ir hacia una libertad que hoy no existe.

Pero la discusión va de la mano de otras, que apareció en los últimos días: cuál es el rol del periodismo, cuál es el rol del comunicador social. En principio hay dos grandes concepciones, dos macro visiones de ese papel del periodismo. Uno es el concepto de espejo u observatorio, es decir, que se lo concibe como el reflejar la realidad en la forma lo más exacta posible (si cabe) o al menos reflejar las distintas visiones que puede haber de un mismo hecho, exponer las diferentes campanas; situarse en el papel de un observador imparcial y desapasionado. Más allá de que algunos hayan logrado y otros no el objetivo, hay nombres de publicaciones que apuntan a exhibir ese rol: Daily Mirror, Der Spiegel, Le Miroir, El Espectador o El Observador.

En la vereda de enfrente se sitúa la concepción del medio de comunicación como trasmisor de determinados valores o determinadas ideas, como vehículo de difusión de concepciones determinadas. Si el primero puede calificarse como el rol de observador, este otro cabe calificarlo como el rol de actor político social. Y hay varias formas de posicionamiento político social. En principio se pueden agrupar (con la forzatura de toda clasificación) en tres grandes conjuntos. Uno es el medio como expresión político-partidario, que a su vez admite la visión de órgano oficial de un partido (caso El Popular, del Partido Comunista) o como órgano oficioso (caso El Debate, que se titulaba “Diario Principista del Partido Nacional”) Y una variante son los órganos sin expresión partidaria explícita pero sí sugerida, implícita, al menos de fuerte simpatía hacia un partido político determinado. Un segundo conjunto es el de medios que no adhieren ni simpatizan con ningún partido político en particular, pero que en cambio son expresiones de una concepción ideológica, de los que hay ejemplos de ideas de izquierda o con más fuerza aún de partidarios del liberalismo económico puro; son actores político sociales aunque no actores político partidarios.

Un tercer conjunto requiere una explicación más detenida: determinado periodismo de investigación, de denuncia o como gusta usarse “de contrapoder”. El contrapoder puede ser la oposición al poder político, al económico, al corporativo. Esto último puede ser la oposición al poder político pero oposición sostenida por y en defensa del poder económico, o puede ser la oposición a la conjunción del poder político y económico, oposición en defensa de actores corporativos. Es decir, la mar de las veces es una mezcla de contra un poder y apoyo a otro poder. El periodismo de investigación puede ser un objetivo guiado por principios epistemológicos de neutralidad (el investigador no se involucra con el objeto de estudio) en cuyo caso se trataría de un periodismo de espejo u observador, o puede ser un periodismo de denuncia por el objetivo de la denuncia, que entra en este tercer caso del periodismo como actor político social. En general estas posturas con sus variantes ubican al periodismo como un poder en el juego de poderes. Su misión no es buscar reflejar la realidad, equidistar en las distintas visiones de una sociedad (que nunca pueden ser unívocas) sino ser un poder en el juego de poderes, en base a una autoasignada visión de representar al público. A veces, cuando el periodismo se asigna el papel de contrapoder al poder político, la formulación lleva a una tensión en el plano de la lógica formal: el comunicador se autoasigna la representación del público, es decir de los ciudadanos, como contrapeso a los actores que tienen de manera explícita y formal la representación de los ciudadanos.

Todas estas visiones no necesariamente se expresan de manera pura. Es común en el medio escrito, donde es más fácil hacer las diferenciaciones, ver páginas editoriales o de opinión que reflejan el rol de actor político social (partidario o ideológico) y páginas de información que apuntan al papel de espejo.

Además, cada una de estas visiones es legítima y tienen su lugar en una poliarquía plena, es decir en una democracia liberal. Quizás lo importante es que el público tenga advertencia previa de cuál es el rol a que se compromete cada medio. Pero susbsiste el problema es que esa libertad puede quedar limitada tecnológicamente, como lo ha sido con la radio y la televisión analógica y hay que ver sus límites tecnológicos con la radio y la televisión digitales.

* www.factum.edu.uy