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Cada vez más aislados: la defensa de la soberanía tecnológica y del mercado automotor argentino PDF Imprimir E-Mail
Jul-02-13 - por Carlos Malamud (Infolatam)

El 30 de junio de 2013 vence el acuerdo sobre la Política Automotriz Común del Mercosur (PAM), que básicamente regula la venta de automóviles entre Brasil y Argentina. Si bien la PAM establece la liberalización total del mercado en caso de no llegarse a un acuerdo, nadie duda que los actuales esquemas proteccionistas vigentes se prorrogarán 12 o 18 meses más. La reunión de las presidentes Rousseff y Fernández el 12 de julio próximo en Montevideo, en el marco de la Cumbre de Mercosur, debería cerrar la controversia.

Esto preocupa mucho a los fabricantes de ambos países y a sus respectivos gobiernos, y a ambos lados de la frontera se escuchan voces divergentes que piden mayor protección como mayor liberalización. En realidad, buena parte de la cuestión descansa en la estructura cerrada y proteccionista de Mercosur y la mayor parte de sus países miembros. Ya se vio como un tema similar complicaba meses atrás las relaciones bilaterales de México con Brasil, si bien posteriormente se pudo reconducir el problema.

Frente al creciente aislamiento del Mercosur encontramos la franca apertura comercial de la Alianza del Pacífico. Todos sus países tienes tratados de libre comercio (TLC) entre si, con EEUU y la UE (Unión Europea). A ello hay que sumar otros TLC con países de Asia, África, Oceanía y América Latina. Cada gobierno puede negociar libremente cuantos acuerdos estime oportuno. Por el contrario, los países de Mercosur no pueden negociar individualmente y el Mercosur como tal sólo tiene firmados tres TLC, con Israel, Palestina y Egipto.

En este contexto hay que interpretar las recientes palabras de la ministra argentina de Industria, Débora Giorgi. Durante un seminario sobre infraestructura y logística organizado por la Asociación de Fábricas de Automotores de Argentina (Adefa), la ministra hizo una cerrada defensa del mercado nacional y reivindicó la “soberanía tecnológica”: “El mercado es para el que produzca aquí y no va más, porque no es sustentable fabricar productos en otro lado y venderlos donde hay mercado”.

Dicho de otra manera, en una nueva versión del “vivir con lo nuestro” , el mercado argentino se reserva únicamente es para el que produce en Argentina. Preocupa lo limitado, tanto temporal como espacialmente, de una mirada semejante. En vez de apostar por competir en las grandes ligas, con una fuerte presencia en los mercados globales, el discurso oficial llama a todo lo contrario, más y más aislamiento, más y más protección. Y es una pena porque hay grandes empresas argentinas, con proyección internacional. Sin embargo, entre las 66 mayores multilatinas (empresas multinacionales latinoamericanas) sólo hay cuatro argentinas: la siderúrgica Tenaris, la energética Impsa, los Laboratorios Bagó y la productora de alimentos y golosinas Arcor. El desprecio por la empresa privada, más allá del círculo marcado por el capitalismo de amigos, es una constante presente en muchos países bolivarianos, incluido Argentina.

Afirmaciones como las de la ministra Giorgi se apoyan en un fuerte nacionalismo económico, estatista y proteccionista. Sin embargo, este tipo de actitudes resulta cada vez más contradictorias con las grandes tendencias internacionales que confluyen en la negociación de vastos acuerdos comerciales, como el TPP (Trans-Pacific Partnership) o el TAFTA (Trans-Atlantic Free Trade Agreement), entre la UE y EEUU. Pero también de una iniciativa similar de China que busca no quedar aislada de los principales flujos comerciales internacionales.

Todo esto convierte a la soledad del Mercosur en un elemento cada vez más preocupante. En su seno crecen las voces que claman por convertirlo en un área de libre comercio que derribe sus barreras internas, algo sumamente complicado entre las pulsiones argentinas y la nueva presencia de Venezuela. Al mismo tiempo en Brasil se está agotando la “paciencia estratégica” que hasta ahora han mantenido con los gobiernos kirchneristas.

La educación superior y la formación científica y tecnológica en América Latina , Argentina en particular, tienen déficits considerables. Da igual el indicador adoptado que los resultados son igualmente bajos, especialmente en relación con competidores directos de otras áreas del planta: número de ingenieros egresados de las universidades, número de patentes, número de “papers” (artículos) científicos publicados en revistas de impacto o porcentaje del PIB nacional invertido en I+D+i (investigación, desarrollo e innovación). Con estas premisas, envolverse en la bandera de la soberanía tecnológica suena un tanto naif. En su lugar la ministra debería preocuparse por mejorar la calidad de la educación universitaria y superar las trabas que se ciernen sobre la producción nacional para hacerla más productiva y competitiva.

Puede gustar más o menos, pero de ir adelante las negociaciones del TPP y del TAFTA, habrá que tener en cuenta que en ellos se sentarán estándares de producción y normas de comercialización de ámbito global. Frente a ello, una solución pasa por adoptar un dorado aislamiento, convenientemente aderezado de justificaciones políticas e ideológicas. Pero así no se genera el crecimiento que los pueblos de América Latina necesitan para seguir saliendo de la pobreza y disminuir las brechas de desigualdad que tanto daño hacen a sus estructuras sociales.

La otra respuesta pasa por aprovechar lo mejor que se pueda las ventajas de esta situación, siendo cada vez más competitivos. Pero mientras en los medios gubernamentales de Brasil crecen las preocupaciones frente a lo que ocurre en el mundo, en Argentina se marcha en otra dirección. Sólo esto explica la apuesta por reforzar vínculos con Venezuela o Irán, con quienes se dicen compartir valores en la lucha por construir un nuevo orden internacional. Desde esta perspectiva el intento del gobierno de Cristina Fernández de reemplazar la estatua de Cristóbal Colón, hasta ahora emplazada frente a la Casa Rosada, por la de Juana Azurduy de Padilla, una heroína de la independencia altoperuana, es sólo un símbolo de una deriva cada vez más preocupante.

 

 
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