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La hipocresía de las FARC: cuando no sólo los ex presidentes hablan demasiado PDF Imprimir E-Mail
Abr-17-13 - por Carlos Malamud *

El pasado 9 de abril cientos de miles de colombianos se manifestaron en Bogotá en un apoyo masivo al proceso de paz. Tras sumar adeptos de distinto signo en las semanas previas a su convocatoria, la marcha fue finalmente encabezada por el presidente Juan Manuel Santos y el alcalde de la capital Gustavo Petro. Sin embargo la manifestación no puede verse como un hecho aislado sino en íntima relación con los diálogos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) en La Habana.

Todos los actores directa o indirectamente implicados en el proceso de paz se posicionaron en un sentido u otro, acudieran o no a la marcha, para reforzar sus posturas. Esto fue altamente significativo en el caso de los ex presidentes Andrés Pastrana y Álvaro Uribe quienes vertieron duros juicios contra las conversaciones con la organización terrorista y la postura gubernamental, tachada de electoralista y de traición a las convicciones de justicia del pueblo colombiano. Éstas y otras actitudes similares provocaron un profundo malestar en el gobierno al interpretarse como un claro intento de torpedear las conversaciones mantenidas en La Habana. Inclusive pudo verse una cierta convergencia en las declaraciones del gobierno y las FARC en su defensa de la negociación.

La actividad twittera de Uribe superó todos los límites hace sólo unos días, cuando reveló las coordenadas de una operación militar secreta. Su firme postura opuesta al proceso de paz se contradice con ciertas manifestaciones previas. Como recuerda la revista Semana citando el libro del ex presidente No hay causa perdida, el propio Uribe dijo años atrás cosas como la siguiente: “Siempre he creído que si nuestro objetivo es la paz, nunca podremos alcanzarla sólo por la vía militar” o “La posibilidad de este acuerdo sorprendió a quienes consideraban a nuestro gobierno como de ‘línea dura’, poco o nada dispuesto a negociar. No era así; siempre declaramos nuestra voluntad de hablar con las FARC bajo ciertas condiciones”.

Pero los ex presidentes Pastrana y Uribe no fueron los únicos en hablar de forma estentórea. Las FARC también quisieron sumarse a una fiesta que les era ajena y volcaron todo el apoyo mediático de su entorno en el envite. Telesur y los medios próximos al ALBA y al proyecto bolivariano intentaron mostrar la cara amable de las FARC y su apoyo a la marcha del martes 9. La senadora Piedad Córdoba fue una animadora esencial de la misma. Y el “comandante Iván Márquez”, jefe de la delegación guerrillera en Cuba, desplegó toda su artillería retórica para rasgarse hipócritamente sus vestiduras contra lo que consideró ataques directos al proceso de paz.

En un artículo de su autoría, “Los alacranes”, un Márquez embanderado con la divisa del pacifismo dijo que “Pastrana y Uribe quieren una Colombia aprisionada eternamente en la oscura noche de la violencia. Colombia es un país con ex presidentes venenosos como alacranes, que aunque no pudieron ganar la guerra, tampoco permiten hacer la paz… Dios los cría y el diablo los junta”. Los puntos de vista del comandante guerrillero son sobradamente conocidos. En una entrevista realizada a fines de febrero fue aún más lejos y preguntado sobre el marco legal político y electoral de su país respondió: “el Congreso no tiene la autoridad moral ni ética –y no estoy hablando de todos los congresistas– para legislar en un asunto tan complicado. Lo que se necesita es una reforma integral al sistema electoral, que es corrupto y tramposo. Aquí votan hasta los muertos”.

Resulta cuanto menos chocante que quien ha ejercido la violencia de forma regular y sistemática, colocado permanentemente al margen de la ley, asociándose al narcotráfico para mantener su nivel de vida y capacidad operativa, asuma una no concedida supremacía moral para impugnar y deslegitimar a una institución democrática como el Parlamento. Es verdad que hay parlamentarios con estrechos vínculos con el narcotráfico y no siempre los representantes populares hacen gala de capacidad y probidad. Sin embargo, fueron elegidos por los ciudadanos colombianos en elecciones libres, algo de lo que no pueden enorgullecerse los gerifaltes de las FARC.

Las encuestas dejan bien sentado el sentimiento que la opinión pública colombiana tiene de la organización terrorista. Según diversas mediciones, su índice de aprobación no supera el 3-4%, mientras que son reprobados por cerca del 92 al 94% de los colombianos. Frente a este dato apabullante los comandantes guerrilleros pueden decir que se trata de una manipulación oligárquica y capitalista pero, digan lo que digan, las cifras son incontrastables. Esto se pudo comprobar en las calles de Bogotá el pasado día 9, cuando miles de colombianos se movilizaron no sólo por la paz sino también para decir basta a las burlas continuadas de las FARC.

De todos modos los diálogos de paz continúan, aunque en las últimas jornadas el optimismo reinante se ha enfriado un poco. Lo cierto es que el presidente Santos ha decidido invertir buena parte de su capital político en la empresa, una empresa que no puede avanzar demasiado sin el compromiso y la responsabilidad de la otra parte. La evidencia histórica muestra la escasa credibilidad de las FARC en situaciones semejantes. Por ello, el gobierno debe ser capaz de conseguir resultados concretos en los próximos meses, que no comprometan ni la gobernabilidad ni la legalidad del país, o deberá comenzar a tomar distancia de un proceso que podría convertirse en una bomba de relojería. La mejor manera de evitar esto último es con una clara y transparente política informativa pese al carácter reservado de las conversaciones. Sólo así la responsabilidad de cada parte estaría claramente definida al final del trayecto.

* Artículo publicado en www.infolatam.com

 
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