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El regreso de Michelle Bachelet y la larga marcha hacia La Moneda PDF Imprimir E-Mail
Abr-01-13 - por Carlos Malamud (Infolatam)

El próximo sábado 13 de abril, en Santiago, se realizará el acto de proclamación de Michelle Bachelet como precandidata de la Concertación para las elecciones presidenciales chilenas del próximo noviembre. Tras su regreso de Nueva York, donde presidía ONU Mujeres, su calendario político necesariamente se aceleró. Donde antes primaban los silencios y las evasivas sobre la realidad chilena, a partir de hoy no le quedará más remedio que definirse diariamente sobre la coyuntura política, económica y social de su país. Y esto, obviamente, incidirá sobre sus índices de popularidad.

Su retorno a la primera fila de la política activa es posible dadas las peculiaridades de la legislación chilena. Si bien ésta prohíbe la reelección consecutiva, no lo hace con la alterna. Su decisión está respaldada, en buena medida, en su gran popularidad y en el recuerdo de su primera presidencia. Según todas las encuestas, de haber hoy elecciones las ganaría ampliamente en la primera vuelta, y según esas mismas mediciones ninguno de sus rivales dentro de la Concertación es capaz de cuestionar la que suena como carrera fulgurante hacia La Moneda.

Pese a las frías cifras demoscópicas, la mayor parte de los analistas también precisa que su deseo de recuperar la presidencia no será un cómodo paseo militar. Los factores a tener en cuenta para explicar sus dificultades son múltiples. Unos tienen que ver con la propia candidata y el entorno político de la Concertación, a lo que se suma el hecho de que, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, la alianza de centro izquierda (integrada fundamentalmente por el PS -Partido Socialista-, el PPD -Partido para la Democracia- y la DC -Democracia Cristiana) está en la oposición y llegará a las elecciones sin controlar los resortes del gobierno. Otros con la forma en que se comporte el oficialismo en su objetivo de conservar el poder.

Hasta ahora Bachelet se ha respaldado en su buena imagen personal, contraponiéndola a la mala opinión que la sociedad chilena tiene de sus políticos y partidos, una sensación aumentada tras las recientes movilizaciones estudiantiles. La idea de su fuerte liderazgo personal, que busca potenciar la cercanía a los ciudadanos, se construye a costa de minar la fortaleza relativa del sistema de partidos chilenos. Y no hay que olvidar que aquí encontramos una de las claves de la historia de éxitos de la democracia de Chile frente a lo que ocurre en buena parte de América Latina.

La agenda reformista con la que Bachelet desembarca en la campaña insiste en la idea de que se hicieron muchas cosas bien pero que todavía quedan muchas otras por realizar (educación, sistema electoral, lucha contra la desigualdad social, etc.). Y para que esta propuesta funcione intenta, de alguna manera, tomar distancia con el conglomerado dirigente que marcó la historia de Chile en las últimas dos décadas. Esta situación ha servido para dificultar su complicada relación con los partidos de la Concertación, sin los cuales su camino hacia La Moneda puede verse truncado.

Ya han comenzado las desavenencias entre el PPD y el PS por el peso de cada uno en la campaña. También habrá que ver como reaccionará la DC en el más que probable caso de que su candidato en las primarias, Claudio Orrego, sea derrotado. La duda no gira tanto sobre el comportamiento del aparato, que con bastantes certezas se atenga al cumplimiento de la palabra dada y de los compromisos adquiridos, sino de sus militantes, afiliados y simpatizantes. La tendencia de transformar a Michelle Bachelet en una líder carismática, en un caudillo político similar a los existentes en algunos países vecinos, le podría hacer perder unos cuantos votos por el centro derecha. Un fenómeno similar lo provocaría un mayor acercamiento del Partido Comunista o de otras agrupaciones extraparlamentarias situadas más a su izquierda al núcleo de la Concertación.

Ya se ha señalado que las elecciones presidenciales serán cosa de dos, como lo han sido todas las celebradas en Chile desde el retorno a la democracia, especialmente las ocurridas en el siglo XXI. No se olvide que los últimos tres presidentes debieron acudir a la segunda vuelta para ser reconocidos como ganadores. Las diferencias entre los principales bloques de partidos (Alianza y Concertación) no son muy grandes. Como decía Carlos Pagni, aludiendo a la realidad argentina, las negras también juegan. En este caso, la referencia ajedrecística apunta a que todavía ni conocemos la identidad del candidato de la derecha (Andrés Allamand o Laurence Golborbe) ni que tampoco podemos olvidar que el presidente Sebastián Piñera, aún respetando la neutralidad de su cargo, jugará a fondo sus cartas, que no son pocas.

Todavía hay un largo camino hasta noviembre y son muchas las cosas que Bachelet debe hacer bien, sin cometer grandes equivocaciones, si desea llegar victoriosa a La Moneda. El sostenido crecimiento económico de Chile en los últimos años ha engrosado de forma sostenida las clases medias. Son ellas las que tienen, cada vez más, una voz decisiva en los procesos políticos de sus países. Por eso, en el caso de Bachelet, será importante centrar el discurso sin perder sus propias señas de identidad si se quiere arribar a buen puerto.

 
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