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Venezuela: Maduro, el elegido PDF Imprimir E-Mail
Mar-07-13 - por Pedro Pablo Peñaloza *

Luego de confesar que en sus años mozos sacudía las caderas al ritmo de la lambada y de elogiar las dotes histriónicas de John Travolta, soltó la bomba. En cadena de radio y televisión, pasadas las 9 de la noche del sábado 8 de diciembre, el presidente Hugo Chávez informó al país que tendría que someterse a una nueva intervención quirúrgica en La Habana, Cuba, por culpa del cáncer que padece desde 2011.

La cosa no quedó allí. Acto seguido, el comandante de los discursos infinitos pronunció las palabras que nadie jamás pensó que algún día saldrían de su boca: “si algo ocurriera que me inhabilitara de alguna manera, Nicolás Maduro no sólo en esa situación debe concluir, como manda la Constitución, el período; sino que mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que —en ese escenario que obligaría a convocar como manda la Constitución de nuevo a elecciones presidenciales— ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana de Venezuela”. Todo atado y bien atado.

La imagen le dio la vuelta al mundo. En el centro Chávez, visiblemente afectado, sosteniendo con ambas manos un pequeño ejemplar de la Constitución. A su diestra, Diosdado Cabello, de quien se han dicho tantas cosas. Jefe de la Asamblea Nacional (AN) y primer vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), muchos identifican a este teniente del Ejército como el poder detrás del trono y apostaban que sería el elegido. Pero el líder ungió al civil que tenía a la izquierda, buena ubicación para tomar las riendas de una revolución socialista.

Antes del sorprendente anuncio, Chávez le había preguntado:

- “¿Cuántos años tienes tú de canciller, Nicolás?”

Y este respondió con precisión:

- “Seis años y tres meses”.

Cuando Maduro fue designado ministro de Relaciones Exteriores, opinadores advirtieron que con esa decisión el Presidente buscaba cortarle las alas a quien ya despuntaba como un dirigente de peso dentro del chavismo.

El razonamiento de estos analistas, comprado por los amantes de las intrigas palaciegas, apuntaba en este sentido: Maduro venía ejerciendo la presidencia del Poder Legislativo desde 2005 y había sido reelegido por cinco años más como diputado. Entonces –elucubraban los expertos- Chávez resolvía desterrarlo de su feudo para sembrarlo en un cargo donde previsiblemente fracasaría por su escasa formación académica y su nulo conocimiento de las prácticas diplomáticas. Solo resta acotar que Maduro es quien más tiempo ha estado al frente de la Cancillería durante los 14 años del proceso bolivariano, pasando por encima de veteranas figuras como Ali Rodríguez Araque, Roy Chaderton Matos y José Vicente Rangel, con quien siempre se le ha vinculado.

En tercera base

Al presentarlo en sociedad como príncipe heredero, el caudillo venezolano destacó que el Vicepresidente “es uno de los líderes jóvenes con mayor capacidad para continuar” con la revolución. Oriundo de Caracas, el 23 de noviembre cumplió 50 años y ya tiene un nieto, cortesía de su único hijo, Nicolás Ernesto, que es flautista y cuyo segundo nombre es un homenaje al Che Guevara.

Chávez también subrayó que su delfín es “un revolucionario a carta cabal”. Y, sin duda, Maduro ha cumplido todos los extremos latinoamericanos para alcanzar ese título. Su padre fue militante del izquierdista Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) y dirigente sindical. Nació y creció en la parroquia El Valle, sector popular del sur caraqueño.

Un amigo de aquellos años recuerda que por sus inclinaciones “comunistas” le expulsaron del liceo Luis Cárdenas Saavedra en 1977. Un año más tarde se graduó de bachiller en el liceo José Avalos, donde conoció a Juan Barreto, sobre quien hoy pesan una ristra de denuncias de corrupción por su gestión como alcalde metropolitano.

“Yo creí que Nicolás iba a ser un gran beisbolista. Fue el mejor tercera base que vi en mi época estudiantil, hasta el punto de que Graciano Ravelo, coach de los Tiburones de La Guaira, lo siguió minuciosamente. Sin embargo, al final el gusto por la política se impuso”, comenta el compañero de clases.

Ingresó al minúsculo partido Liga Socialista para continuar su carrera revolucionaria. Para ese entonces, ya estaba acostumbrado a vivir con la Disip (antigua policía política) a sus espaldas. Un diputado del extinto Congreso de la República cuenta que en una oportunidad se acercó a los calabozos del organismo para visitar a un grupo de presos y por casualidad se encontró a Maduro. “Lo tenían incomunicado, metido en el ‘tigrito’ (celda de castigo)”, relata.

La persecución arreció en el segundo gobierno de Rafael Caldera. Había motivos. Tras los golpes de Estado de 1992, su pareja, Cilia Flores, abogada defensora de los militares sublevados, le puso en contacto con el comandante Chávez.

“La relación con Chávez se fortalece durante la prisión del Presidente. Nicolás se incorpora al Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR 200) y después juega un papel activo en la fundación del Movimiento Quinta Republica (MVR)”, indica una fuente partidista consultada. Ambas organizaciones precedieron al PSUV.

El ascenso de Chávez a Miraflores en 1998 marcó su camino a la cúspide. Jefe de la fracción del MVR en el antiguo Congreso, miembro de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) que redactó la Carta Magna de 1999, presidente de la AN, integrante de la dirección nacional del PSUV, Canciller, Vicepresidente y ahora, nada más y nada menos: el sucesor.

Toca la corneta

El 10 de octubre, a 72 horas de haber conquistado la reelección para un tercer periodo de seis años, el mandatario venezolano convirtió a Maduro en el segundo a bordo del Ejecutivo. Estas fueron sus palabras de bienvenida al cargo: “Mira dónde va Nicolás, el autobusero. Nicolás era chofer de autobús en el metro y cómo se han burlado de él, la burguesía se burla”.

Sí, a eso se dedicaba el hombre que pronto puede conducir los destinos de la República Bolivariana. Se incorporó a la nómina del Metro de Caracas en 1988. Allí fundó el sindicato Sitrameca. Un operador de trenes que compartió con Maduro aquellos tiempos revueltos expone: “por su constante enfrentamiento con la directiva de la empresa, solicitaba reposos médicos de forma casi permanente y, como represalia, le suspendían el salario. A veces no tenía ni para el almuerzo”.

En su hoja de vida, colgada en la página web de la Cancillería, incluye resalta la coordinación nacional de la Fuerza Bolivariana de Trabajadores (FBT). “El estudió un par de años en la escuela de Administración de la Universidad Central de Venezuela (UCV), pero lo suyo era la política”, afirma un viejo camarada. En la UCV compartió luchas con Elías Jaua, quien le antecedió en la Vicepresidencia.

Sobre sus hombros han recaído las tareas más variopintas: desde encabezar la comisión presidencial que elaboró la polémica Ley Orgánica del Trabajo, objetada por los empresarios, hasta acompañar al depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya, en su intento fallido de regresar por tierra a Tegucigalpa.

Tirios y troyanos le reconocen como un “mediador nato”, gran conversador y con un muy buen humor. Es un apasionado del béisbol. Hay opiniones encontradas sobre su destreza al bailar salsa. Toca la guitarra, sabe disfrutar de un buen habano y prefiere el vino. En diversas ocasiones el Presidente lo ha dejado en evidencia, revelando que su gusto por los sánduches “submarinos” es el culpable de su sobrepeso. Su devoción por Sai Baba lo llevó a la India a reunirse en privado con Swami, guía del hinduismo. En la cita lo acompañó su pareja, Cilia Flores, que de abogada de los golpistas de 1992 pasó a ser jefa de la AN, primera vicepresidenta del PSUV y en la actualidad procuradora general.

“Es un lector voraz, estudia los temas al detalle, es un hombre de principios que trabaja con mucha dedicación”, alaba un aliado. Mientras, un adversario que trató con Maduro en la AN lo describe así: “por su naturaleza de sindicalista, es conciliador por convicción, presto al diálogo. Es inteligente, con una carrera política exitosa y tiene buena intuición”.

A diferencia de su jefe, evita los micrófonos y las declaraciones estridentes. No obstante, toda regla tiene su excepción. En abril pasado, en el marco de la conmemoración del décimo aniversario del golpe de Estado contra Chávez, se refirió al candidato de la oposición, Henrique Capriles Radonski, y su equipo como “sifrinitos, mariconsones y fascistas”. Cuestionado por la expresión homófoba, recogió el insulto. “Pido disculpas si alguien se sintió agredido por una expresión que tenía otra connotación”, se excusó.

Un funcionario de la Cancillería expresa que Maduro tiene un carácter fuerte. “Concede pocas audiencias a sus subalternos y cuando está ocupado ni sus más cercanos hacen bromas”, ilustra. Es pragmático. En las disputas internacionales, donde la victoria se mide en votos, no le gusta el triunfalismo. Siempre tiene una respuesta preparada. “Para cada viaje al exterior le aprueban una ‘bolsa de gastos’, con el fin de cubrir sus necesidades. Al regresar a Caracas, es el primero en rendir cuentas y reintegrar lo que haya sobrado. No hace turismo”, enfatiza la fuente.

Aciertos y errores aparte, quienes conocen a Maduro señalan que dentro de un régimen personalista como el de Chávez su principal virtud ha sido “la entrega y lealtad al líder”. De hecho, el lunes pasado, el Vicepresidente prometió a su jefe serle leal “más allá de la vida”. Esperando que cumpla la palabra empeñada, el comandante le ha legado en vida su bien más preciado: el poder.

* Publicado en www.confidencial.com.ni

 
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