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El nuevo escenario político chileno PDF Imprimir E-Mail
Nov-01-12 - por Héctor Soto (Infolatam)

Tras la elección municipal del domingo pasado, el gobierno quedó en la lona. La oposición, en la gloria. El futuro, sin embargo, todavía sigue siendo dificil de escrutar.

Los resultados de la reciente elección municipal en Chile instalaron dos verdades que costará revertir. La primera es que el gobierno del presidente Sebastián Piñera ya terminó. La segunda, que hay un enorme diferencia entre hacer una buena administración y un buen gobierno. Piñera algo sabe de lo primero, pero no tiene la menor idea de lo segundo.

Más que la coalición oficialista, más que los numerosos alcaldes aliancistas que perdieron sus cargos, muchos de ellos titulares de las principales comunas del país, la gran perdedora esta vez fue una manera de entender la política no como ethos, no como un imaginario de la sociedad y el poder, sino como un conjunto de tareas en el aparato público que hay que hacer y de indicadores de eficiencia que hay que mejorar. En eso Piñera ha dejado hasta sus vísceras y, en la economía y en políticas sectoriales, tiene logros importantes que mostrar: recuperación del dinamismo económico, creación de nuevos empleos, incorporación de consideraciones de calidad e igualdad a la educación, prolongación del posnatal, beneficios para los pensionados, ley antidiscriminación, reconstrucción posterremoto y numerosas otras iniciativas. Sí, quizás este sea un país mejor. Sin embargo, la gente no lo siente así.

Este es un presidente de enorme capacidad de trabajo que todas las noches regresa a su casa cargado de carpetas para estudiar problemas y antecedentes durante la noche.

Ahora bien, una cosa es administrar con eficiencia una empresa –y esto es lo que Piñera ha estado haciendo toda su vida- y otra es gobernar, ser capaz de interpretar aspiraciones colectivas y de canalizarlas en dirección al desarrollo y al bien común. En este último plano el gobierno está muy al debe. En primer lugar porque no cree en la política, cree en los tecnócratas. No cree en los partidos, cree en los Ph.D. de Harvard o Stanford. No cree en la épica, cree en la línea final del estado de pérdidas y ganancias.

El aspecto más bochornoso de la derrota oficialista fue que el equipo político del gobierno hizo el ridículo. Sus estudios indicaban que nada importante iba a cambiar. En algún momento se convirtió el dogma que los sectores medios y alto tenían mayor conciencia cívica que los estratos pobres a la hora de acudir a las urnas y que esta diferencia, ahora que el voto era voluntario, iba a favorecer a la centroderecha. El triunfo de la coalición, por lo mismo, estaba asegurado.

Bueno, la fiesta que estaba programada para la noche del escrutinio se convirtió en funeral. Tras perder las principales comunas de la capital, el gobierno se quedó sin repertorio para reaccionar. Un presidente enérgico le hubiera pedido la renuncia a su gabinete o al menos al ministro del Interior. Aquí sin embargo no hubo nada de eso. Siendo un empresario audaz, Piñera es un político extremadamente timorato.

¿Significa lo ocurrido que Michelle Bachelet ya debe darse por elegida como para el período 2014-2018? Casi. Si efectivamente la oposición no comete errores graves, el próximo gobierno debiera ser suyo. Pero en esto más vale la cautela. Las elecciones pueden predecirse y no hay problemas en tener preparado de antemano el pisco sour para después de la victoria. Primero hay que ganar, eso sí, que es el factor que olvidaron los asesores políticos de La Moneda.

Los políticos de oposición han sido hasta ahora muy cautos. Aunque en privado apenas logran contener su euforia, el discurso público que tienen es de gran serenidad. Saben que el triunfo obtenido es impresionante. Pero también saben que puede ser frágil. Con tasas de abstención del orden del 60%, cualquier elección futura se vuelve impredecible. Todavía nadie sabe bien que hay detrás de esa cifra. Hay, claro, ciudadanos indiferentes, que les da lo mismo quien gobierne. Hay anarquistas antisistémicos que sienten aversión por el voto y las liturgias de la democracia. Hay ciudadanos que tradicionalmente han subestimado las elecciones municipales.

Hay derechistas cómodos que prefirieron no ir a votar porque el día estaba asoleado y el gobierno decía que sus alcaldes estaban asegurados. Hay izquierdistas desanimados que optaron por lo mismo y exactamente por la misma razón. Lo que no sabemos es cuánto pesa cada grupo. Y si bien esta vez la capacidad de convocatoria y de movilización de los partidos fue muy baja, nadie puede garantizar que esta variable permanecerá igual de aquí a un año, cuando Chile tenga que renovar el parlamento y elegir al nuevo presidente o presidenta.

Dada la ventaja que le otorgan las encuestas, dada las proporciones de la debacle del oficialismo, Michelle Bachelet no debiera tener mayores problemas en ganar la próxima elección. Sí los tendrá para después de la victoria. Exactamente al revés que Piñera, para Bachelet lo difícil no es ganar las elecciones sino articular un gobierno. Hoy por hoy la Concertación no es un bloque político ordenado ni tiene un programa que la interprete transversalmente. Tampoco tiene una agenda consensuada con el Partido Comunista y mucho menos con otros grupos extraparlamentarios. Durante su administración, la presidenta Bachelet fue una mandataria muy incompetente a la hora no solo de ampliar las bases de su gobierno. De hecho lo que hizo fue reducirla. Fue la única jefe de Estado que contó en los últimos 20 años con mayoría oficialista en ambas cámaras del congreso. Pero esa ventaja le duró poco y la perdió a raíz de los fracturas de la Concertación, proceso del que ella prefirió marginarse por razones que hoy se entienden poco.

En ese momento, Bachelet prefirió la popularidad al liderazgo. Y si ahora su opción vuelve a ser la misma, todo indica que a muy corto andar tanto ella como el país van a estar en problemas.

 
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