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Jun-21-12 - por Federico Steinberg *
La cumbre del G20 que se ha celebrado en Los Cabos (México) ha recuperado algo
del espíritu resolutivo que estas reuniones tuvieron tras el estallido de la
crisis financiera. Como ya ocurriera con las reuniones de jefes de Estado y de
Gobierno del G20 de Washington en noviembre de 2008 y Londres en abril de 2009
(y dejó de ocurrir en las siguientes), el comunicado de Los Cabos es ambicioso y
pretende mandar un mensaje de confianza para estabilizar la economía mundial en
un momento que se parece peligrosamente a la antesala de la quiebra de Lehman
Brothers. En esta ocasión el peligro viene de la crisis de la zona euro en
general y de los problemas de financiación (bancaria y soberana) de España e
Italia en particular, dos países sistémicos para una euro zona que, a su vez, es
sistémica para el mundo. En definitiva, el G20 ha dejado de divagar y se ha
centrado en lo esencial: intentar estabilizar la economía mundial. Y es que la
cooperación internacional, desgraciadamente, solo se puede materializar cuando
todos tienen algo que perder.
Así, esta cumbre, no se ha dedicado a intentar reducir los desequilibrios
macroeconómicos globales, que, por otra parte, se están corrigiendo de forma más
o menos automática por la apreciación del tipo de cambio efectivo real del yuan
chino y la contracción de la demanda en EEUU y otros países con abultados
déficit por cuenta corriente. Tampoco ha especulado sobre qué remplazará al
dólar como moneda de reserva global, cómo estabilizar los precios alimentarios,
cómo combatir el proteccionismo o cómo incrementar los recursos para ayudar a
los países en desarrollo. Todos estos temas, que son importantes pero sobre los
que es difícil ir más allá de las buenas palabras, han quedado en segundo plano.
El mensaje del G20 se ha centrado en explicar que existe una hoja de ruta para
estabilizar la zona euro y que, además, se han incrementado los recursos del FMI
(hasta más de 450.000 millones de dólares) para poder socorrer a quienes lo
necesiten.
La pregunta, sin embargo, es si las buenas intenciones podrán concretarse en
políticas concretas. Y las dudas aparecen porque por mucho que el G20 anime a la
zona euro a dar los pasos necesarios para resolver la crisis –que pasan por
crear una unión bancaria y una unión fiscal que conviertan al euro en una unión
monetaria viable como lo es la zona dólar– es Europa (y más concretamente
Alemania) quien tiene que cambiar sus políticas. Y si hasta el momento no lo ha
hecho a pesar de la presión de muchos de sus socios europeos, no está claro por
qué debería de hacerlo porque otros países le digan que sus políticas están
equivocadas. De hecho, nada parece indicar que Alemania haya cambiado su
diagnóstico sobre la crisis, que sigue girando en torno a que los problemas en
la zona euro responden al exceso de deuda pública y déficit presupuestario y,
por lo tanto, se resuelven con austeridad fiscal. Más bien, parece que si relaja
su postura será porque el tiempo se le está echando encima y tiene miedo de que
los mercados fuercen un rescate completo de España e Italia simultáneamente,
para el que no hay fondos disponibles (ni siquiera con los nuevos recursos del
FMI, que vendrían a sumarse a los de los fondos de rescate temporal –EFSF– y
permanente –ESM– de la UE).
Por lo tanto, al igual que durante el año 2007 todos los países miraban
impotentes a EEUU, viendo como la crisis subprime se iba complicando
progresivamente hasta estallar y generar una Gran Recesión, ahora todos miran a
Europa cruzando los dedos para que la UE encuentre una solución a tiempo,
conscientes de que son incapaces de hacer demasiado para resolver el problema.
Hasta que el euro no deje de ser percibido como un mero sistema de tipos de
cambio fijos reversible que puede ser atacado por los especuladores, los países
no europeos del G20, con razón, no estarán dispuestos a poner sobre la mesa más
que limitados recursos (vía FMI) para mostrar solidaridad pero sin exponerse a
perder demasiado. Y en el caso de los grandes países emergentes, que son los que
más generosamente han contribuido al FMI en esta cumbre, el objetivo no ha sido
sólo de solidaridad responsable, sino que con ello pretenden incrementar su
poder dentro de la organización a costa de los maltrechos países europeos que, a
día de hoy, siguen teniendo mayores cuotas que las que les correspondería por su
peso e influencia en la economía mundial.
En definitiva, la buena noticia es que el G20 ha vuelto a mandar un
importante mensaje de confianza y a estar a la altura de lo que se espera de él.
Pero la mala es que esto podría no ser en absoluto suficiente. Ahora todos los
ojos pasarán a centrarse en el Consejo Europeo de finales de junio, donde las
buenas palabras sí que podrán estar acompañadas de medidas concretas.
Federico Steinberg es
investigador principal de Economía Internacional | @Steinbergf
* Artículo publicado en www.realinstitutoelcano.org - Comentario Elcano
6/2012 - 21/6/2012
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