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Abr-14-12 - por Federico Steinberg *
El Sistema Monetario Internacional se encuentra en un momento de transición.
Este trabajo analiza las posiciones de la zona euro, EEUU y China y sostiene que
es poco probable que se produzcan cambios radicales en el corto y medio
plazo.
Resumen: El Sistema Monetario Internacional (SMI) se
encuentra en transición. Desde China y otros países emergentes se reclaman
cambios sustanciales en su funcionamiento, así como en el papel cuasi-hegemónico
que el dólar sigue jugando en el mismo. Este trabajo muestra que pese a la
retórica del enfrentamiento entre grandes potencias es improbable que se
produzcan situaciones desestabilizadoras porque los principales actores
encuentran el statu quo más ventajoso de lo que muestran sus
declaraciones públicas. Se analizan las posiciones de EEUU y China en relación
al debate sobre la reforma del SMI, así como las distintas posiciones que
existen dentro de la zona euro, que hacen difícil que Europa sea una región más
influyente en asuntos monetarios internacionales.
Análisis
Introducción
El Sistema Monetario Internacional (SMI), definido
como el conjunto de reglas e instituciones que regulan los intercambios
económicos entre países, se encuentra en transición. La creciente multipolaridad
que caracteriza a la economía mundial, que se ha acelerado desde el estallido de
la crisis financiera global en 2008 por el fuerte crecimiento de los países
emergentes y la debilidad de las economías occidentales, hace que las reglas de
juego del actual sistema y la centralidad del dólar estadounidense en el mismo
estén siendo cada vez más cuestionadas.
Los países emergentes son cada vez más críticos con la política económica
norteamericana. Las protestas de China por la irresponsable política fiscal de
EEUU (que pone en riesgo sus activos en dólares) o las de Brasil por la
apreciación del real que se produce cada vez que la Reserva Federal activa una
nueva ola de expansión monetaria, se han vuelto habituales. Pero EEUU, lejos de
ejercer un liderazgo responsable en asuntos monetarios internacionales como el
que tuvo tras la Segunda Guerra Mundial, ha entrado en este juego de
confrontación y viene acusando desde hace años a China de “jugar sucio” y no
permitir una reducción de los desequilibrios macroeconómicos globales al
mantener su tipo de cambio fijo con respecto al dólar y acumular ingentes
cantidades de reservas. Como respuesta, y para intentar protegerse de las
“ráfagas” de liquidez que le envía EEUU, China, además de mantener sus controles
de capitales, ha iniciado lentamente la internacionalización del yuan, que por
el momento se centra más en los aspectos comerciales (más fáciles de controlar)
que en los financieros (que exigirían la flexibilización del tipo de cambio y la
apertura del sistema financiero, algo que las autoridades chinas todavía no
están dispuestas a hacer). A todas estas tensiones hay que añadir las que emanan
de la inestabilidad de la crisis de la deuda soberana en la zona euro (ZE). La
moneda única europea se ha convertido en la segunda moneda de reserva global,
por lo que sus problemas internos representan un riesgo sistémico para el SMI.
Además, el Banco Central Europeo (BCE), con sus inyecciones de liquidez en forma
de préstamos a tres años al sistema bancario de la ZE iniciadas en diciembre de
2011, parece haber entrado también en la “guerra de divisas”. Esta política
monetaria expansiva tiene como efecto indirecto una tendencia a la depreciación
del euro, que deleita a los países periféricos pero preocupa a Alemania. Por
último, en el Fondo Monetario Internacional (FMI), que es uno de los polos desde
los que se ejerce la gobernanza del SMI, se están agudizando las luchas de poder
entre los países emergentes y los europeos por modificar las cuotas y votos
dentro de la institución. Todos saben que el FMI no es una institución capaz de
ejercer poder sobre los países grandes, pero, aun así, todos quieren tener una
mayor representación.
En definitiva, aunque el SMI experimentará cambios a largo plazo, es difícil
de precisar hacia dónde se dirige, y si sus ajustes serán fruto de las
negociaciones internacionales en el G-20 o de la rivalidad geopolítica y el
conflicto entre grandes potencias. En el futuro, el SMI podría evolucionar hacia
un sistema multi-divisa (donde los Derechos Especiales de Giro –DEG– del FMI
también podrían actuar como una de las monedas globales), hacia uno vinculado al
oro (especialmente si los altos niveles de deuda en los países desarrollados
hacen que los inversores pierdan la confianza en el papel moneda), o mantenerse
en la situación actual, con un patrón-dólar flexible que no contenta a nadie
pero que no tiene alternativas viables.
En todo caso, lo que sí parece claro es que pasarán años hasta que se
produzcan cambios sustantivos en el SMI. La continuidad será la característica
fundamental del sistema por varios motivos. Primero, porque los países
emergentes no tienen la capacidad de proponer alternativas y además, como
veremos, algunos de ellos están más cómodos de lo que parece con el actual
statu quo. Segundo, porque EEUU, aunque utilizará su poder monetario
para retrasar su ajuste fiscal y obligar a otros a sufrir pérdidas (mediante la
depreciación del dólar), todavía está lejos de haberse colocado en un punto de
no retorno que lleve a una pérdida de confianza total en el billete verde (algo
que sí podría suceder en una década si no pone en orden sus cuentas públicas).
Tercero, porque la ZE, que es el único bloque que podría llegar a plantar cara a
EEUU, está demasiado enfrascada en sus problemas internos como para poder hablar
con una sola voz, por lo que su perfil en el debate de la reforma del SMI
seguirá siendo bajo.
Lo que seguramente sí irá ganando cada vez más intensidad en los próximos
años será la retórica del enfrentamiento entre grandes potencias, con
acusaciones mutuas que pueden llevar a picos de tensión en determinadas
situaciones pero que es improbable que deriven en situaciones
desestabilizadoras. De hecho, como mostraremos a lo largo de este trabajo, la
actual configuración del SMI, aunque imperfecta, sirve bien a los intereses de
los principales países, en especial los de EEUU y China (pero también a algunos
países de la ZE, como Alemania), por lo que, en cierta medida, la retórica del
enfrentamiento puede calificarse como hipócrita: responde más a contentar a
ciertos grupos de la opinión pública dentro de los países que a un genuino
interés por reformar el sistema.
¿Qué tiene que hacer el SMI?
El SMI tiene tres funciones
principales: (1) facilitar el ajuste; (2) proveer liquidez; y (3) asegurar la
confianza. El ajuste se refiere al mecanismo por el que se resuelven los
desequilibrios de balanza de pagos entre países, y depende de forma crucial del
régimen de tipos de cambio. La liquidez se refiere a la gestión de la oferta de
medios de pago, que son necesarios para que países, empresas y particulares
lleven a cabo sus transacciones y financien sus proyectos de inversión. Por
último, la confianza hace referencia a la composición de la liquidez,
concretamente, al grado de credibilidad de los principales instrumentos
financieros, y muy especialmente de las monedas de reserva internacional.
En su actual configuración, el SMI cumple con desigual suerte estas tres
funciones. El ajuste de los desequilibrios macroeconómicos globales se ve
dificultado porque no existen unas reglas de juego comúnmente aceptadas (como
las que, por ejemplo, hubo durante el período de Bretton Woods (1944-1971) o
durante el patrón oro del siglo XIX). Los países avanzados y los principales
emergentes latinoamericanos tienen tipos de cambio flexibles, mientras que China
y los países exportadores de energía de Oriente Medio fijan sus monedas al dólar
y otros países emergentes asiáticos intervienen esporádicamente en los mercados
de divisas para frenar la tendencia a la apreciación de sus monedas, seguir
teniendo unas exportaciones dinámicas y acumular reservas a fin de estar
protegidos contra las crisis financieras. Además, en los últimos años, países
avanzados como Japón y Suiza han intervenido en los mercados cambiarios para
debilitar sus divisas mientras que EEUU y el Reino Unido (y en menor medida la
ZE) han impulsado políticas monetarias expansivas que tienen como objetivo
generar crecimiento y empleo pero que también tienden a generar la depreciación
de sus monedas.
Este mosaico de intervenciones es lo que se conoce como la “guerra de
divisas”. Como no existe nada parecido a un gobierno financiero mundial, el SMI
no tiene ningún mecanismo ni para coordinar a los distintos países para que
eviten los conflictos cambiarios ni para “obligar” al ajuste de los
desequilibrios de balanza de pagos (como explicamos abajo, ni el FMI ni el G-20
pueden cumplir esta función). Los ajustes, cuando se producen, llegan de forma
abrupta y mediante crisis financieras; es decir, son las salidas bruscas de
capital desde los países con déficit púbico y externo las que reducen los
desequilibrios por cuenta corriente mundiales (como, por ejemplo, está
sucediendo en la periferia de la ZE). Sin embargo, el gran país deficitario
(EEUU) sortea el ajuste porque los inversores siguen confiando en el dólar (lo
que le permite mantener sus déficit de forma indefinida, es decir, ejercer su
poder monetario), mientras que los países con superávit por cuenta corriente
como China y Alemania no sienten presión alguna por ajustarse. Ni el FMI ni el
G-20 son capaces de imponer los ajustes puesto que en el campo financiero, al
contrario de lo que sucede con el comercial, los países son muy reacios a ceder
soberanía a instituciones supranacionales (de hecho, sólo lo hacen cuando no les
queda más remedio, es decir, cuando necesitan un rescate).
En relación a los elementos de liquidez y confianza del sistema, EEUU como
país y el dólar como moneda siguen siendo los grandes protagonistas (como
muestra la Tabla 1 la divisa estadounidense es la moneda dominante en las
transacciones y reservas internacionales, lo que convierte a la Reserva Federal
en el principal proveedor de liquidez global).
Tabla 1. Monedas internacionales, en porcentaje del
total mundial (2010)
| |
Dólar
|
Euro
|
Yen
|
Otras
|
|
Reservas internacionales
|
62
|
27
|
3
|
8
|
|
Usos en mercados cambiarios (/200%)
|
85
|
39
|
19
|
57
|
|
Títulos de deuda emitidos
|
46
|
31
|
6
|
17
|
|
Préstamos bancarios internacionales
|
54
|
16
|
4
|
27
|
|
Facturación de flujos comerciales (1)
|
48
|
29
|
–
|
–
|
(1) Datos de 2007. Fuente: BCE y Fondo Monetario
Internacional (2010).
Pero el billete verde ya no está solo. El euro, pese a sus problemas, se ha
consolidado como la segunda moneda de reserva internacional y otras divisas como
el yen japonés, la libra británica, el franco suizo y el dólar australiano
también se utilizan para la diversificación de carteras. Por su parte, el yuan
chino está comenzando a emplearse para algunas transacciones comerciales pero no
está claro que, por el momento, China esté interesada en promover su uso como
moneda de reserva, ya que para ello tendría que liberalizar su sistema
financiero y flexibilizar su tipo de cambio.
En definitiva, aunque EEUU no es ni la sombra de la potencia que era en 1945,
el dólar continúa siendo la moneda hegemónica porque los demás países no se han
mostrado ni capaces ni dispuestos a promover de forma decidida el uso de sus
monedas como activos de reserva del SMI (téngase en cuenta que emitir la moneda
de reserva, además de ventajas –ingresos por señoriaje, menor coste de
financiación y poder monetario– lleva asociados costes, como una alta
volatilidad del tipo de cambio (sobre todo con apreciaciones inesperadas que
perjudican a las sus exportaciones) y la responsabilidad de jugar un papel
estabilizador del SMI en momentos de incertidumbre mediante la provisión de
liquidez. Por ello, Japón o Alemania nunca se han mostrado interesados en
internacionalizar sus monedas.
Pero que el dólar siga siendo la moneda dominante no significa que este
exenta de problemas. De hecho, tanto los altos niveles de deuda y déficit en
EEUU como las incertidumbres que rodean a la ZE hacen que exista un creciente
problema de confianza en las dos principales monedas de reserva del SMI (dólar y
euro). La pérdida de la máxima calificación crediticia por parte de la mayoría
de los países avanzados (incluido EEUU), el elevado precio del oro y la
aparición de burbujas en los mercados inmobiliarios y de activos de algunos
países emergentes indican que el SMI está sometido a elevados niveles de
incertidumbre y a una desconfianza en los activos refugio que no hemos visto en
décadas. Esto no significa que sea inminente una súbita huida del papel moneda
(que, recordemos, desde que se rompió el patrón oro-dólar en 1971, depende
enteramente de la confianza), pero sí que alerta sobre una situación que, de
continuar durante unos cuantos años más, podría terminar de forma abrupta con
una nueva crisis financiera.
Hipocresía en el G-2
Desde hace años, y especialmente desde el
estallido de la crisis financiera global en 2008, la simbiótica relación
financiera entre EEUU y China está en el centro del debate sobre la reforma del
SMI. China acusa a EEUU de abusar del “exorbitante privilegio” del que disfruta
por emitir la principal moneda global y de seguir políticas monetarias y
fiscales expansivas irresponsables para generar crecimiento, exportando
inflación en vez de ajustar sus precios y salarios y aumentar su tasa de ahorro
para ganar competitividad y sanear sus desequilibrios macroeconómicos. Por el
contrario, EEUU acusa a China de manipular su tipo de cambio para obtener una
ganancia artificial de competitividad, reprimir el consumo interno (a favor del
ahorro y la inversión, es decir, a costa del bienestar de sus ciudadanos),
“robar” empleos al resto del mundo, exportar una indeseable deflación que no
facilita el proceso de desapalancamiento post-crisis y, en definitiva, no asumir
que su moneda debe apreciarse reflejando el enorme crecimiento de su economía (y
que eso sería bueno para ella y también para el mundo, porque generaría una
necesaria nueva fuente de demanda para los productos de los demás países).
A pesar de esta retórica del conflicto ambos países han optado por no
emprender acciones para modificar la actual situación. China no ha vendido sus
títulos denominados en dólares y EEUU no ha impuesto aranceles unilaterales para
las importaciones chinas ni ha clasificado al país oficialmente como
“manipulador de tipo de cambio”. El análisis de la economía política de esta
relación de interdependencia –es decir, quién gana con el statu quo y
quien perdería si éste se modificara– ayuda a entender el comportamiento de
ambas potencias y pone en evidencia que existe un elevado grado de hipocresía en
sus recriminaciones mutuas. Un yuan subvaluado es más conveniente que dañino
para la mayoría de ciudadanos y empresas estadounidenses y la política económica
expansiva norteamericana es la que permite que China mantenga un nivel de
crecimiento elevado, que es la principal fuente de legitimidad de su gobierno
autoritario. Una eventual apreciación del yuan encarecería los productos chinos
en EEUU, lo que equivaldría a un aumento del impuesto sobre el consumo y a una
importante reducción de beneficios de las empresas estadounidenses que producen
en China y exportan al mercado mundial. Además, la apreciación de la moneda
china probablemente no terminaría con el déficit por cuenta corriente de EEUU
porque los empleos de baja cualificación en el sector exportador chino no
regresarían a Norteamérica (que tiene unos costes laborales elevados), sino que
se trasladarían a otros países con salarios bajos como Vietnam (de hecho, esto,
en parte, ya está sucediendo porque los salarios en China están aumentando).
Desde el punto de vista chino, políticas fiscales y monetarias más
restrictivas en EEUU supondrían una reducción de la demanda para sus productos
por parte de su principal mercado (recordemos que el consumidor estadounidense,
aunque mermado en su capacidad de gasto, sigue siendo el consumidor de último
recurso de la economía internacional, y muy especialmente de las manufacturas
chinas). Sin la demanda externa de EEUU, el crecimiento chino se reduciría, lo
que podría general inestabilidad política, que es precisamente lo que el
gobierno quiere evitar.
En definitiva, aunque ambos países ven ciertos riesgos en el equilibrio
actual (que además en el largo plazo debería ser insostenible porque los pasivos
externos de EEUU no pueden crecer indefinidamente), consideran que las
alternativas son peores, especialmente en un entorno de incertidumbre como el
actual, con perspectivas de crecimiento más débiles que antes de 2007 en ambos
países. Por ello, la actual retórica de enfrentamiento debe entenderse en clave
de consumo interno. Para las autoridades estadounidenses es útil culpar a los
productos chinos de los problemas del desempleo en EEUU y para las autoridades
chinas resulta conveniente cohesionar al país ante los aparentes abusos que la
vieja potencia hegemónica en declive (EEUU) impone sobre una China en
ascenso.
Desunión en la zona euro
La ZE, además de atravesar una crisis
interna de grandes proporciones que está poniendo en duda la propia viabilidad
de la unión monetaria, no ha logrado en su primera década larga de existencia
definir su posición en relación al SMI. Así, resulta llamativo que, igualando en
tamaño a la economía de EEUU (y superándola en cuota del comercio mundial) y
triplicando a la de China, esté prácticamente ausente del debate sobre la
reforma del SMI. Esto se explica porque dentro de la ZE hay posiciones
enfrentadas tanto sobre qué papel debe jugar el euro en el mundo como sobre cuál
es la mejor forma de gestionar el sistema multilateral de tipos de cambio.
Además de como un impulso a la integración europea, todos los países de la ZE
concibieron la creación de la moneda única como un instrumento para ganar
autonomía (y en mucha menor medida influencia) en asuntos monetarios
internacionales con respecto a EEUU (dada su elevada interdependencia comercial,
los países europeos siempre han preferido los tipos de cambio fijos, por lo que
desde la ruptura del sistema de Bretton Woods en 1971 optaron por la
coordinación de sus políticas cambiarias, que desembocó en la creación del euro
casi tres décadas después). Sin embargo, nunca ha habido acuerdo sobre cuál
debería ser el papel internacional del euro, por lo que no existe una posición
oficial con respecto a la internacionalización de la moneda única, no ha sido
posible que la ZE tenga una voz única en el FMI (y en el G-20 solo se ha llegado
compromisos de mínimos) y ha tendido a producirse cierta cacofonía en las
declaraciones sobre el tipo de cambio del euro, que hacen que desde fuera se
perciba que no queda claro quién manda dentro de la ZE.
Las mayores tensiones dentro de la unión monetaria se han producido entre
Alemania y Francia (a la que, en ocasiones, se ha sumado España). Alemania
siempre ha preferido un euro fuerte que ayude a controlar la inflación porque,
en general, sus exportaciones no compiten por precio. Tampoco se ha mostrado
demasiado entusiasmada por la idea de que el euro compita con el dólar como la
moneda de reserva mundial, ya que esto incrementaría su volatilidad cambiaria,
introduciría incertidumbre sobre los flujos comerciales de la ZE y obligaría al
BCE a jugar un papel de estabilizador del SMI en momentos de falta de liquidez,
que podría entrar en colisión con su mandato anti-inflacionista. Por su parte,
Francia, que desde los años 50 ha intentado actuar como un contrapeso
geopolítico a la hegemonía estadounidense, siempre se ha mostrado partidaria de
que el euro gane peso como moneda global para poder utilizarla como arma
geopolítica. Asimismo, cada vez que la moneda única se ha apreciado con fuerza,
los países mediterráneos han demandado al BCE una expansión monetaria que
contribuyera a la depreciación del tipo de cambio para dinamizar las
exportaciones (aunque ello implicara ciertos riesgos inflacionarios), lo que ha
causado la indignación de Alemania. Todo ello hace que no exista una visión
clara y homogénea sobre qué tipo de reformas en el SMI interesarían más a la ZE.
Esto ha llevado los países del euro a sentirse cómodos alineándose con la
posición estadounidense sin hacer demasiado ruido (de hecho, nunca han apoyado
la propuesta china de comenzar a reducir el papel del dólar como fuente
principal de liquidez mundial y sustituirla por los DEG del FMI).
Por último, los países del euro son conscientes de que están
sobrerrepresentados tanto en el FMI como en el G-20, por lo que a medio y largo
plazo no les quedará más remedio que ceder cuotas de poder a los países
emergentes. Por ello han preferido mantener un perfil más bien bajo en ambas
instituciones para que no se los acuse de intentar imponer sus posiciones por
disfrutar de una “injustificada” posición de privilegio. Lo que la ZE sí ha
intentado es exportar su propio modelo de supervisión macroeconómica (que, por
otra parte, ha mostrado deficiencias en su funcionamiento dentro de la ZE)
promoviendo en el FMI y en el G-20 un mayor diálogo multilateral y el examen
mutuo de las políticas macroeconómicas de los países considerados sistémicos (lo
que se conoce como el Mutual Assessment Programme –MAP– del G-20, que
pretende asegurar un crecimiento equilibrado y sostenible para la economía
mundial). Sin embargo, como EEUU, China, Brasil y la India no se han mostrado
dispuestos a ceder mayores cuotas de soberanía monetaria a las instituciones
financieras internacionales, los esfuerzos de la ZE por multilateralizar bajo un
nuevo marco de reglas comunes la resolución de los desequilibrios
macroeconómicos globales sólo ha experimentado mínimos avances.
Si la ZE logra resolver sus problemas internos y avanza hacia una unión
fiscal será más fácil que pueda adoptar una posición común en relación a la
reforma del SMI. Pero mientras esto no ocurra seguirá siendo un actor secundario
en los debates clave. Esto resulta paradójico ya que, tanto por peso económico
como por legitimidad, la ZE está mucho más capacitada que China para actuar como
contrapeso a EEUU en la reforma del SMI. Además, la propia crisis de la deuda en
Europa ha incrementado el peso del euro en las reservas internacionales porque
los países de la ZE han realizado numerosas emisiones que algunos países
emergentes han aprovechado para diversificar sus activos más allá del dólar.
Conclusión: El actual SMI se encuentra en transición porque
el cambio en el equilibrio de poder que está teniendo lugar en la economía
mundial a favor de las potencias emergentes también tiene su plasmación en
asuntos monetarios. Asimismo, las actuales reglas de funcionamiento del SMI se
han mostrado poco efectivas para resolver los desequilibrios macroeconómicos
globales de forma coordinada (algunos de ellos se han reducido por el propio
efecto de la crisis pero no por la cooperación entre Estados) y plantean dudas
sobre los elementos de liquidez y confianza debido a que el dólar está cada vez
más cuestionado como moneda de reserva global. Sin embargo, como hemos
explicado, la continuidad será la tónica general del sistema, tanto porque no se
vislumbran alternativas claras al actual patrón flexible basado en el dólar como
porque el actual statu quo sirve bien a los intereses de corto plazo
tanto de EEUU como de China.
En la ZE, mientras no se resuelvan los problemas de la crisis de la deuda
soberana, será difícil que pueda adoptarse una posición común y firme en asuntos
monetarios internacionales que permita ganar poder e influencia a la ZE. Sin
embargo, si la crisis del euro sirve para fortalecer los mecanismos de
gobernanza internos de la moneda única y avanzar en reformas que permitan a las
economías europeas aumentar su potencial de crecimiento, se allanaría el camino
tanto para que el euro tenga un mayor peso internacional como para que la ZE
pueda moldear los cambios que en el futuro se habrán de producir en el SMI.
* Federico Steinberg es Investigador principal de economía
internacional, Real Instituto Elcano, y profesor de la Universidad Autónoma de
Madrid - ARI 25/2012 - 13/04/2012 - www.realinstituoelcano.org
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