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La investidura del caudillo PDF Imprimir E-Mail

Ene-19-12 - por Carlos Salinas Maldonado*

El Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, fue, a pesar de su silencio, el invitado especial en una ceremonia caracterizada por el orden, la buena organización y una larga y vacía perorata presidencial

La religiosidad del presidente Hugo Chávez quedó retratada el pasado 10 de enero, cuando con los ojos cerrados y las manos unidas en signo de rezo seguía la bendición que el cardenal Miguel Obando hacía durante la investidura de Daniel Ortega, la segunda consecutiva del caudillo del FSLN. La imagen, simbólica dado el estado de salud del mandatario venezolano, reemplazó la de hace cinco años, cuando un combativo Chávez agitó a las masas en la Plaza de la Fe, con el retorno de Ortega al poder. En esta ocasión, un Chávez apagado fue el protagonista de una ceremonia bien organizada y aburrida hasta el cansancio.

Chávez fue uno de los invitados especiales a la investidura de Ortega, junto con el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad y el príncipe Felipe, de España, cuya presencia fue criticada por algunas organizaciones sociales.

La investidura fue milimétricamente organizada. Una ceremonia que contaba con el sello de la primera dama, Rosario Murillo, quien supervisaba todos los detalles. Sin embargo, hubo algunos que se les escaparon, por lo que en varias ocasiones tuvo que llamar a sus subordinados para que pusieran orden. Fue el caso de la música que no dejó de sonar cuando Ortega comenzó su largo discurso: el presidente hablaba mientras retumbaba en los parlantes de la Plaza de la Revolución la versión de “Stand By me” preparada por Murillo.

Bastó un guiño de ojos de la primera dama al productor televisivo Carlos Mejicano, siempre atento a sus señales en la tarima oficial, para que uno de sus lugartenientes se acercara y recibiera al oído las órdenes de que cesaran la pegajosa canción compuesta por la también poeta. Letra que Ortega reconoció en su discurso como un himno a la paz: “la paz que también aparece en las notas musicales recreadas por la poesía de Rosario”, dijo Ortega.

Una coreografía disciplinada

Junto a la música también cesaron los poco espontáneos vítores al caudillo. Y es que al menos 18 filas de las sillas ubicadas en la Plaza de la Revolución fueron ocupadas por simpatizantes del FSLN traídos de los barrios de Managua, muchos de ellos jovencitos que bostezaron a lo largo de la larga ceremonia. Iban vestidos con camisas moradas con leyendas de amor, paz y vida, que resumen el discurso reconciliador y conservador usado por la primera dama durante la pasada campaña electoral.

Estos jóvenes recibían órdenes directas de hombres y mujeres plantados a la orilla de cada fila de asientos, que seguían un guión aparentemente planeado de anticipado. La música sonaba y ellos ordenaban a los jóvenes levantarse y sonar las palmas, cantar o mover los brazos como en un concierto de rock. Cuando la música cesaba la orden era sentarse y escuchar, tiempo para que los muchachos cuchichearan entre ellos, se compartieran chistes o usaran sus celulares. Pero si la música sonaba nuevamente era momento de ponerse otra vez de pie y a mostrar alegría.

Un joven de pelo rizado y largo, que llevaba sujeto en una cola, era el más beligerante en este tipo de órdenes. No dejaba descansar a la fila que dirigía y exigía ánimo y gritos para el caudillo. Cuando los jóvenes perdían entusiasmo él los reanimaba con un “¡Daniel!” “¡Daniel!” que luego era repetido a coro. Y si el coro bajaba sus decibeles, él estaba listo para exigir aumento de volumen.

Una larga espera

Si los jóvenes simpatizantes del FSLN sufrían la monotonía de una ceremonia que se extendió durante varias horas (sólo el discurso de Ortega duró más de una hora), la peor parte se la llevaron los periodistas nacionales y extranjeros que fueron citados desde la una de la tarde por la oficina de la Primera Dama.

La cita decía que había que acreditarse en Palacio de la Cultura. En el viejo edificio, evidentemente en abandono por las telarañas que cuelgan del cielo raso y la suciedad que mancha las paredes con frescos, los periodistas se apretujaban en la parte trasera, en la zona de la Cinemateca, donde varios policías revisaban cámaras, grabadoras y equipo de televisión, mientras miembros de la seguridad flanqueaban los pasillos que conectan con las otras zonas de Palacio, otrora sede del parlamento somocista y tristemente retratado en la célebre crónica de Gabriel García Márquez, “Asalto al Palacio”, sobre el secuestro realizado por guerrilleros del FSLN en 1978.

La orden era no dejar pasar a nadie. Ni para orinar. Un grupo de periodistas preguntó a un oficial si podían ir al baño, y el oficial respondió con cierto pesar que no, que estaba prohibido por la seguridad. Los periodistas pudieron salir a la Plaza de la Revolución casi a las cinco de la tarde, una hora antes de que iniciara la ceremonia de investidura.

Ortega se cuidó de no mencionar a Estados Unidos durante sus críticas a Occidente, así como se cuidó de no mencionar a su viejo benefactor, Muahmar Gadafi, cuando recordó la “invasión a Libia”.

A esa hora la Plaza se iba llenando de gente. El controvertido sacerdote Neguib Eslaquit, aliado del Gobierno y crítico con los críticos de Ortega, se mostraba sonriente paseando por la Plaza, saludando de abrazo y bromeando con los hijos del caudillo del FSLN. La presencia de Eslaquit y el Cardenal Obando pusieron el tono religioso a la ceremonia, en la que no participaron los miembros de la Conferencia Episcopal.

Más de setenta empresarios, representantes de todas las cámaras del Cosep y de los principales grupos económicos nacionales e inversiones extranjeras, fueron sentados en primera fila. La televisión oficial, que divulgó el acto en cadena nacional de radio, TV y cable, enfocaba sus lentes para destacar a algunos de los rostros más conocidos del capital nacional: Ramiro Ortiz (Banpro), Roberto Zamora (Bancentro), José Antonio Baltodano (Café Soluble), Juan Bautista Sacasa (BDF), Carlos Reynaldo Lacayo (OCAL), César Zamora (AEI), José Adán Aguerri (Cosep).

Entre Chávez y “Mamud”

También fue evidente la ausencia de representantes de peso de los países europeos, siendo el Príncipe Felipe el único de ellos, un dato que Ortega no desperdició. El exguerrillero echó flores a la monarquía española, al Rey Juan Carlos y a la cooperación de aquel país que, dijo, seguía brindando ayuda independientemente de quién gobernara en Nicaragua. Una indirecta a los países europeos que han retirado su cooperación tras el deterioro democrático experimentado bajo la Administración de Ortega.

Tampoco hubo un enviado especial de Estados Unidos, país que indirectamente estuvo en las críticas de Ortega durante su largo y enrevesado discurso. El caudillo, que se pasó la noche defendiendo a Irán y a su presidente Ahmadineyad, se cuidó de no mencionar a Estados Unidos durante sus críticas a Occidente, así como se cuidó de no mencionar a su viejo benefactor, Muahmar Gadafi, cuando recordó la “invasión a Libia”.

Y si de Ahmadineyad se trata, el controvertido líder iraní no dejó de asentir mientras su traductor le contaba al oído lo que Ortega decía en su defensa, incluso comparando las revoluciones iraní y nicaragüense, “revoluciones gemelas”, dijo Ortega. Al lado de “Mamud”, como lo llamaba Ortega, su compañera, vestida completamente de negro, con el rostro apenas descubierto y sin moverse ni saludar a nadie. En fin, siguiendo la “tradición” de la República Islámica, fuertemente criticada por organizaciones de derechos humanos por los castigos a los que somete a las mujeres que no acatan las leyes islámicas, y también por las condena a la horca con que amenazan a los homosexuales, aunque Ahmadineyad ha dicho que en su país “no hay homosexuales”.

Al final de la ceremonia hubo demostraciones de alivio de los periodistas, que esperaban resignados los discursos de Ahmadineyad y Chávez. De hecho resultó raro y llamativo que el dicharachero y parlanchín comandante guardara silencio y se limitara a saludar y cuchichear con Ortega durante la ceremonia. Eso sí, a pesar de que el discurso estuvo dirigido a Ahmadineyad, la complacencia de Ortega hacia Chávez dejó en evidencia que el importante allí era el venezolano, a quien Ortega abrazó una vez investido antes que a su leal esposa, Rosario Murillo, la mujer que le organizó a detalle la ceremonia que oficialmente lo sentaba por cinco años más en la cumbre del poder en Nicaragua.

* www.confidencial.com.ni

 

 
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