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Dic-07-11 - por Carlos Malamud*
En los últimos años se ha multiplicado la presencia femenina en la política latinoamericana, con presidentas en Argentina (Cristina Fernandez de Kirchner), Brasil (Dilma Rousseff) y Costa Rica (Laura Chinchilla). En años anteriores estuvieron Michelle Bachelet (Chile) o Mireya Moscoso (Panamá) y próximamente Roxana Baldetti será vicepresidente guatemalteca.
Hay que felicitarse por esta realidad, que más allá de las cuotas implica la presencia de la mujer en el lugar que merece. También hay que añadir la fallida candidatura de Sandra Torres (Guatemala), la ex mujer de Álvaro Colom; la candidatura vicepresidencial de Margarita Cedeño, la mujer del presidente Leonel Fernández (República Dominicana); o la actividad de Xiomara Castro, la mujer del ex presidente hondureño Mel Zelaya, con aspiraciones presidenciales; o Rosario Murillo, la mujer de Daniel Ortega gran protagonista de la política nicaragüense.
Si bien se pueden extrapolar estas situaciones, hay grandes diferencias en todos estos casos. Mientras algunas de estas mujeres se benefician del paso de sus maridos por el poder, otras están en situaciones diferentes, caso de Hillary Clinton, secretaria de Estado de EEUU, o de Ana Botella, la mujer de José María Aznar, futura alcaldesa de Madrid. Sin embargo, ninguna de ellas, ni Xiomara Castro, se postularon aprovechando el cargo de sus maridos.
Hillary Clinton fue nombrada por Barack Obama, tras su derrota en unas reñidas elecciones primarias; y Ana Botella pasó muchos años de concejala antes de aspirar a la alcaldía. Xiomara Castro muestra sus aspiraciones después de que su marido fuera derrocado, aunque nadie garantiza lo que hubiera ocurrido si la Constitución hondureña no se hubiera modificado y su marido no hubiera insistido en la reelección.
Una tendencia de la política latinoamericana es el aprovechamiento por los cónyuges (hombres o mujeres) o familiares directos (no descartable en el futuro próximo) del poder de los presidentes salientes. Sería aconsejable que las respectivas constituciones latinoamericanas prohibieran su participación en las siguientes elecciones presidenciales.
A nadie se le puede prohibir participar en la política, pero es de un ventajismo vergonzante aprovecharse del poder presidencial en propio beneficio. Para evitar estas complicaciones lo mejor sería dejar pasar un período antes de presentarse a los comicios. Y pese a lo dicho por Oscar Arias, de Costa Rica, o Daniel Ortega, de Nicaragua, esto no atenta contra los derechos humanos de nadie sino que refuerza las instituciones democráticas.
* Artículo publicado en Infolatam
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