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2000 días de Evo Morales: ¿qué cambió en Bolivia? PDF Imprimir E-Mail
Ago-11-11 - por Fernando Molina (Infolatam)

El 6 de agosto Evo Morales celebró la fiesta nacional por quinta vez como presidente de Bolivia y, al mismo tiempo, su permanencia en el poder por 2000 días. Durante este tiempo prometió realizar un gran cambio económico y social que a esta altura ha quedado en agua de borrajas. De ser el epicentro de la ola de radicalización política latinoamericana, Bolivia se ha convertido en el aburrido escenario en el que las ilusiones revolucionarias se convierten, como por acto de prestidigitación, en las gratificaciones de una nueva burocracia.

Morales gobierna con los peores índices de popularidad que ha tenido a lo largo de su gestión (35 por ciento de aprobación en las principales ciudades), pero en medio de una bonanza económica sin parangón histórico, y esto le proporciona una igualmente inédita estabilidad política.

Estabilidad, en cambio, es lo que menos hay en la ideología oficial, pues los acontecimientos han mezclado el discurso inicial de transformación con nuevas ideas para favorecer a los grupos sociales que apoyan al Gobierno.

Luego de proyectarse como defensor de “la Madre Tierra”, portavoz de la lucha contra el cambio climático y líder indígena continental, Morales ahora simplemente administra el poder a favor de la nueva burocracia creada por la nacionalización de la industria petrolera, eléctrica y de telecomunicaciones, y para potenciar a los grupos campesinos que siempre lideró y son su principal base de sustentación.

La fiesta nacional llega con un conflicto de las autoridades y los indígenas que  habitan el parque natural selvático Isiboro Sécure. Aquellas se hallan empeñadas en construir una carretera que partirá del Chapare, la zona de donde viene el Presidente, y se abrirá paso hacia el oriente del país a través de las posesiones de los indígenas. Estos, a su vez, se oponen al proyecto. Detrás de las declaraciones de las partes, desarrollistas en un caso y ecologistas en otro, asoma una disputa sobre la propiedad de la tierra. Los indígenas temen que los campesinos del Chapare usen el camino para expandirse sobre su territorio y por eso lo rechazan.

Morales ha dicho que el camino se construirá “les guste o no” a los afectados, y ha causado el repudio de las organizaciones feministas con una declaración sobre la necesidad de los jóvenes campesinos de “conquistar” a las mujeres indígenas para lograr su apoyo a la iniciativa.

Otro ejemplo similar: Hoy se da un debate público sobre la derogación de una ley aprobada por el Gobierno en 2008 para reconducir la reforma agraria a favor de las comunidades indígenas y la propiedad colectiva. Las organizaciones campesinas se oponen a esta ley, pues pretenden que la redistribución de las tierras fiscales los beneficie de forma individual, no colectiva. También en este caso Morales se ha puesto de su lado, pese a todas las implicaciones de su propuesta.

Estos hechos sólo pueden sorprender a quien no conocía la verdadera naturaleza política del Movimiento al Socialismo que dirige Morales. Él siempre fue un dirigente nacionalista de los campesinos, que esperaba potenciar económica y políticamente al Estado, al mismo tiempo que lo controlaba en persona con la mayor fuerza posible. En un tiempo estuvo dispuesto a usar la retórica indianista y el marketing del socialismo del siglo XXI, lo que confundió a muchos incautos, pero ahora arría estas banderas cada vez que le resultan molestas para sus verdaderas necesidades. De ahí que aparezcan muchos disidentes, algunos bastante importantes en la anterior estructura de poder, a la izquierda del Gobierno boliviano.

En suma, la fortaleza de Morales reside cada vez menos en su capacidad para ilusionar a la gente, y cada vez más en el boom de los precios de las materias primas que vende Bolivia al mercado internacional. Debe reconocerse, sin embargo, que su Gobierno ha sabido redistribuir con gran espectacularidad y cierta eficiencia la riqueza generada por la industria extractiva, lo que, junto con la lealtad a toda prueba que le profesan los habitantes rurales, lo mantiene como el único sujeto político con viabilidad de este momento.

Morales usa esta ventaja para afirmar su poder personal y partidista sobre el país, por ejemplo con las próximas elecciones judiciales, en las que la ciudadanía tendrá que votar entre candidatos a jueces que en su inmensa mayoría son oficialistas. Todos los líderes opositores están siendo enjuiciados por un abanico de razones, y se acaba de aprobar una ley que el peor de los casos podría permitir que el Gobierno base sus acusaciones en escuchas secretas de los teléfonos de sus enemigos.

El Príncipe ha conseguido poner al país en su puño, y piensa cerrarlo todavía más, pero no se ha servido de esto para conquistar “grandes cosas”. Ha logrado que se le tema, pero no que se le respete. Un observador extranjero encontrará que en Bolivia en este momento “no pasa nada”. Y así parece, aunque en realidad por debajo discurra un proceso de desgaste sin pausa: cada día que pasa, el Príncipe despierta cada vez menos amor.

 

 
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