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La renuncia de Fidel Castro PDF Imprimir E-Mail

Feb-20-08 - por Carlos Malamud

 ".... Si se quiere construir una nueva legitimidad en Cuba, y de momento esa legitimidad no será democrática, hay que reforzar los mecanismos institucionales y constitucionales existentes. Para ello, es necesario acabar con la provisionalidad que caracterizó el último año y medio de vida política cubana, con un presidente del Consejo de Estado en licencia por enfermedad. De momento todo indica que será poco lo que cambie en Cuba ..."  

Como suele ocurrir en estos casos, el revuelo que se armó después de que se hiciera pública la renuncia de Fidel Castro a seguir siendo el presidente del Consejo de Estado y el Comandante en Jefe de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) fue totalmente desmedido. Otra vez, como hace 18 meses, cuando el líder máximo cedió temporalmente los poderes gubernamentales a su hermano Raúl, se desataron las especulaciones sobre el inicio de la transición a la democracia en Cuba, sobre sus posibles gestores, sobre la capacidad de reacción del pueblo cubano y sobre el margen de influencia de la comunidad internacional, comenzando por España. Fueron muchas las voces que indagaron acerca del papel de los Estados Unidos en un proceso abierto y de resultado incierto. A esto hay que sumar las riadas de declaraciones, de dentro y de fuera de Cuba, a favor y en contra del comandante, en lo que parecía ser el inicio de ese definitivo juicio de la historia, que teóricamente, al menos según la formulación de su autor, iba a absolver a Castro frente a las acusaciones de sus compatriotas.  

Ante tal desborde de información, ante tal cúmulo de datos y comentarios, sería necesario hacer algunas puntualizaciones. La primera es que Fidel Castro no ha renunciado a ningún puesto ejecutivo, sólo ha renunciado a no ser candidato a la presidencia del Consejo de Estado, y tampoco aspira a seguir siendo el Comandante en Jefe. Es verdad que si se lo hubiera propuesto y se hubiera presentado a la elección parlamentaria del próximo domingo 24, hubiera sido electo por una aplastante mayoría, o directamente por unanimidad. Pero a diferencia de otras renuncias trascendentes de la historia universal, aquí no se abandona ningún cargo en ejercicio al haber concluido los mandatos constitucionales del actual gobierno.  

La segunda cuestión de peso es que el estado de salud de Castro no termina de mejorar. Pese a lo manifestado recientemente por el presidente Lula tras su breve visita a Cuba, el dirigente máximo de la revolución no está en condiciones de recuperar el timón del gobierno. Por eso, pocas horas antes de la trascendental asamblea dominical, anunció su deseo de no seguir en primera fila, manteniendo una actitud similar a la de los últimos meses. En este aspecto, poco o nada va a cambiar. De todas formas, habrá que esperar a ver los resultados de la sesión parlamentaria del domingo para evaluar en su justa medida si algo está cambiando en Cuba, en qué dirección y en qué proporción. La composición del próximo gobierno podrá ilustrarnos, eventualmente, algunos de estos puntos. 

Otro motivo de la "renuncia" de Fidel Castro está vinculado, seguramente, a la necesidad de dotar de mayor legitimidad al hasta ahora gobierno provisional de su hermano o a cualquier otro que se designe el 24. Se trata de una cuestión importante, vinculada a la pérdida de vigencia de la legitimidad revolucionaria. Ésta la poseía Fidel Castro, pero es intransferible. Tras casi 50 años de vida revolucionaria es imposible pasar la antorcha, aunque sea por vía fraterna. Si se quiere construir una nueva legitimidad en Cuba, y de momento esa legitimidad no será democrática, hay que reforzar los mecanismos institucionales y constitucionales existentes. Para ello, es necesario acabar con la provisionalidad que caracterizó el último año y medio de vida política cubana, con un presidente del Consejo de Estado en licencia por enfermedad. 

De momento todo indica que será poco lo que cambie en Cuba. La carta de Fidel Castro no aporta ninguna novedad importante más allá de su renuncia. Para colmo, toda ella rezuma un elevado tono paternalista. Su preocupación por la estabilidad emocional del pueblo cubano, al que prácticamente trata como menor de edad e incapaz de tomar sus propias decisiones sin la guía del timonel revolucionario, es mayúscula. Sin embargo, y esto es lo más importante, su deseo de convertirse en guardián de la ortodoxia, en el cancerbero de las esencias revolucionarias, nos muestra por dónde pueden ir los tiros. Su tribuna de Granma será el medio para evitar desviaciones y derivas reformistas y contrarrevolucionarias. Su sola presencia debe ser garantía para sus más fieles seguidores de que nadie que se mueva saldrá en la foto. Como ha hecho hasta ahora. De hecho, mientras Fidel Castro siga presente en la escena política cubana, tanto da que en el primer plano o entre bambalinas, será poco lo que podrá moverse. 

Mientras tanto, el gota a gota de las tímidas reformas ensayadas nos seguirá recordando que Cuba existe y tiene futuro. Pero la deriva de las mismas no dependerá sólo de la voluntad de cambio de los líderes y dirigentes castristas, de su deseo de aferrarse a sus poltronas manteniéndolo todo o cediendo algo del poder para continuar mandando, sino también de los pasos que comience a dar el pueblo cubano. De este conflicto dialéctico, de la capacidad de rechazo de los unos y de la posibilidad de resistir (y de reprimir) de los otros, dependerá el futuro de Cuba y la profundidad de las reformas. Mientras tanto habrá que seguir esperando, aunque el tiempo de la historia resulta cada vez más difícil de detener. 

 
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