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Abr-13-11 - por Rosendo Fraga
El resultado
de la primera vuelta de la elección peruana es sorprendente con relación
al éxito económico que ha tenido el país en la última década, pero
no si se lo compara con la presidencial del 2006. Así como Chile fue
la economía estrella de América Latina en los años noventa, Perú
lo fue de la primera década del siglo, siendo el país que más creció
en la región. Durante la gestión del actual Presidente Alan García
no sólo logró el TLC con EEUU, sino recientemente también con China.
De acuerdo a ello, sorprende que un candidato nacionalista-indigenista
-mezcla ideológica de Chávez y Evo Morales en sus orígenes- haya
quedado en el primer lugar con cerca del 30% de los votos, compitiendo
en la segunda vuelta del 5 de junio con Keiko Fujimori, la hija del
ex dictador que gobernó el país en los noventa con formas autoritarias,
pero terminando con la amenaza del grupo guerrillero maoísta Sendero
Luminoso y poniendo en marcha las bases de los cambios económicos que
dieron resultado en la década pasada. Pero mirando la elección presidencial
de 2006 no hay sorpresa. Humala fue entonces la primera minoría y compitió
en la segunda vuelta con el entonces ex Presidente Alan García, cuya
gestión en los noventa había resultado un fracaso tanto en lo económico
como en seguridad. Sólo el temor al candidato populista-indigenista
y ex militar (Humala), apoyado por Chávez, explicó entonces la victoria
de García.
El porqué
del triunfo de Humala se puede explicar por la desigualdad social que
existe en Perú y por la inexistencia de un sistema de partidos. Como
suele suceder en las sociedades que tienen cambios económicos muy bruscos
en función del crecimiento, la pobreza baja, pero no la desigualdad
-que incluso aumenta- y ello ha sucedido en Perú. A esto se agrega
que se trata de un país con aproximadamente 40% de la población de
origen indígena y que la gran mayoría de ella está bajo el nivel
de pobreza. Humala también representa este sentimiento. A ello se agrega
la falta de un sistema de partidos. Los políticos profesionales están
muy desprestigiados -ninguno de los dos candidatos que compiten en la
segunda vuelta lo son- y lo mismo sucede con los partidos. El más tradicional,
el APRA del actual Presidente Alan García, no llegó a presentar candidatos.
El tercer candidato, el ex Presidente Toledo, y el cuarto, el empresario
y ex Ministro de Economía Kuczinsky, ambos identificados con la libre
empresa y formas políticas liberales, de haber formado una coalición
hubieran reunido más votos que Humala. Pero no fue así y ello llevó
a la segunda vuelta entre un candidato que no llegó al 30% de los votos
y una candidata que apenas superó el 20%. Hasta semanas antes de las
elecciones, los cuatro candidatos mencionados rondaban el 20% y Toledo,
que llegó a estar primero, finalmente salió cuarto, pero habiendo
perdido sólo media docena de puntos. Perú ha cambiado mucho económicamente,
pero no lo ha hecho tanto políticamente.
Un mes antes
de las elecciones, fue la llegada a Lima para trabajar con Humala de
un equipo de asesores enviado por Lula, un hecho clave para que el primero
venciera en la elección. Esto produjo un vuelco importante en la campaña
que permitió al ex militar pasar del cuarto lugar al primero. Comenzó
a vestirse con corbata, traje oscuro, camisa blanca y moderando su mensaje.
Chávez desde Buenos Aires, donde había iniciado una gira regional,
lo ponderó diciendo que era un buen soldado. Humala rechazó
el apoyo de Chávez -el que fue una de las claves de su derrota en la
segunda vuelta en la última elección presidencial-, diciendo primero
que nadie de afuera debía intentar incidir en la elección peruana
y segundo, avanzando aún más, afirmando que Perú no era Venezuela
y que su modelo no podría trasladarse ni adaptarse. Finalmente, dos
días antes de la elección, dijo abiertamente que su modelo era Brasil,
intentando dar un mensaje de tranquilidad para empresarios e inversores.
Este giro permitió a Humala sumar unos diez puntos y llegar al primer
lugar, cuando un mes antes quedaba fuera de la segunda vuelta. El jueves
previo a la elección, realizó un elogio de la ley de medios del gobierno
argentino, pero al día siguiente, horas antes del cierre de la campaña,
dijo no haberla leído y que no iba a impulsar ninguna norma que afectara
la libertad de prensa, buscando evitar cualquier imagen radicalizada
respecto a los medios.
La pregunta
política central hacia adelante es qué pasará con la gobernabilidad,
gane Humala o Fujimori. Ambos
(el primero por la economía y la segunda por la política) generan
inevitables dudas e incertidumbres. Pero Perú ha demostrado haber logrado
un sistema económico que puede sobrevivir a las tensiones políticas.
Tras la década de Fujimori en el poder, Toledo mantuvo y profundizó
su modelo económico, sin tener un verdadero partido en su apoyo y gobernando
más de la mitad de su período con menos del 10% de aprobación, algo
muy difícil de lograr en cualquier sistema político. Fue sucedido
por Alan García, quien contra antecedentes y pronósticos también
mantuvo y profundizo el modelo económico, aunque no tuvo mayoría en
el parlamento y enfrentó varias protestas violentas con decenas de
muertos, llegando a tener sólo 20% de aprobación. Humala será el
tercer militar que llega a la Presidencia mediante el voto en América
Latina en el último cuarto de siglo, después de Chávez en Venezuela
y Gutiérrez en Ecuador; sus posiciones económicas en el pasado han
sido muy populistas y ha tenido posturas muy belicosas respecto a Chile
por los diferendos limítrofes. Pero su relación con el Brasil de Dilma
Rousseff puede políticamente resultar más fácil que con Keiko Fujimori,
aunque en caso de gobernar ella, tres mujeres estarán en la Presidencia
al mismo tiempo en Brasil, Argentina y Perú, siendo entonces la región
del mundo con mayor ejercicio del poder femenino en el ámbito nacional.
En conclusión,
en la elección presidencial precedente Humala fue percibido como otro
Chávez, pero ahora abre la posibilidad de ser un nuevo Lula. Quizás
esta sea la cuestión central para la definición de la elección peruana
y la gobernabilidad futura del país.
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