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Ortega y Gadafi, una vieja historia PDF Imprimir E-Mail

 Abr-05-11 - por Edmundo Jarquín*

Que el Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, acuda al rescate diplomático del dictador libio Muamar Gadafi, no es ninguna sorpresa. Cuando Ortega volvió al gobierno, en enero de 2007, en el primer día nombró como su Secretario Privado, con rango ministerial, al libio Mohamed Lastar. Ahí está el Acuerdo Presidencial 13-2007, del 10 de enero de ese año, en La Gaceta, Diario Oficial.

Lastar, con origen en los servicios secretos de Gadafi, y que por influencia de Ortega recibió la ciudadanía nicaragüense, ha sido durante casi dos décadas el punto de contacto entre Ortega y Gadafi. Antes  que  Ortega volviera al gobierno, Lastar era como su sombra, viajando frecuentemente con él y haciendo los pagos de boletos aéreos, hoteles y desplazamientos, muy probablemente por cuenta del gobierno libio.

Y en algún momento apareció al frente de una empresa agropecuaria, con capital libio, en la parte norte del lago de Managua. Y se reporta que ha estado recientemente participando en negociaciones vinculadas al creciente enjambre de empresas privadas del grupo Ortega, hoy por hoy probablemente el que maneja mayor liquidez en Nicaragua. Se trata de los nuevos ricos de Nicaragua, mientras la inmensa mayoría de sandinistas permanecen en la pobreza.

Las relaciones de Ortega con Gadafi arrancan desde antes del triunfo de la Revolución Sandinista en 1979, cuando Gadafi apoyó a los guerrilleros insurrectos con dinero, y al menos un  cargamento de armas. Y durante el primer gobierno de Ortega, en los años 80, Libia otorgó al gobierno sandinista un préstamo de $100 millones de dólares, muy grande entonces. Y durante los años que Ortega estuvo fuera del gobierno, visitó con frecuencia a Gadafi.

Cuando en febrero se inició la insurrección contra Gadafi, Ortega se solidarizó de inmediato con el dictador del país del norte de África. No debe sorprender, entonces, ahora que aumenta el aislamiento internacional de Gadafi, al extremo que le han renunciado sus representantes ante la ONU en New York, que Ortega en una confusa operación diplomática haya intentado acreditar como representante de Gadafi a quien fuera Ministro de Relaciones Exteriores del primer gobierno de Ortega, el padre Miguel D´Escoto Brockman.

Amistad aparte, la actitud de Ortega deriva de algo más profundo. Es su hostilidad con el mundo occidental, la cual se aprecia en sus discursos en que siempre está atacando al “imperialismo norteamericano” y al “colonialismo europeo”. Si lo fuera retórica, no habría mayor problema. Pero esa hostilidad se traduce en acciones, como la decisión de ser de los pocos gobiernos del mundo en reconocer a Abjasia y Osetia del Sur, separadas a la fuerza de Georgia por el ejército ruso.

Ortega no es acompañado en su posición internacional por la gran mayoría de los nicaragüenses, los cuales sufren del autoritarismo de Ortega. Es que Ortega también tiene profunda hostilidad a la democracia. Y con disgusto, tolera al mercado.

Estas veleidades, dizque revolucionarias de Ortega, las paga el pueblo de Nicaragua. Cada vez más países occidentales, como Holanda recientemente, cansados de Ortega, retiran su cooperación con este país, el segundo más pobre de América Latina. Y más pobre que cuando empezó este último gobierno de Ortega.

El caso de Holanda, que tan solidaria y desinteresadamente ha cooperado con Nicaragua, que anuncia el retiro de su cooperación, es el último resultado de la cruzada de Ortega para empobrecer más a los nicaragüenses.

Otra vez, el doble discurso

El pasado 10 de enero, en su discurso supuestamente cumpliendo la obligación constitucional de presentar un informe a la nación sobre la gestión de gobierno, el Presidente Ortega dijo que esperaba este año electoral no hubiera violencia y fuese más bien una competencia de ideas y propuestas.

¡Bienvenido¡, dijimos.

Pero igual que en el 2006, en que pidió una oportunidad de gobernar en paz, y la ha tenido y la ha desperdiciado, y se vistió con la piel de una oveja, ofreciendo un gobierno de reconciliación nacional, para inmediatamente que llegó al gobierno arrojar esa piel de oveja, ahora Ortega ha hecho lo mismo.

La marcha que para hoy sábado han organizado diversas organizaciones de la sociedad civil, para protestar por la inconstitucional candidatura de Ortega, ha sido sometida por el gobierno a todas las trabas imaginables y posibles, con la amenaza incluso de la violencia callejera.

Ortega, de nuevo, con intención está llevando al país a un escenario de confrontación violenta.

Y la Policía Nacional debe ser vista como otra víctima de la obsesión  antidemocrática de Ortega porque ni modo, tienen que obedecer a Ortega. Pero no me cabe duda que oficiales y policías en su conciencia repudian el papel al que son obligados.

Ortega, en el fondo, tiene miedo al pueblo, del cual tan festinadamente habla en su nombre.

Si no le tiene miedo al pueblo, ¿por qué no le permite manifestarse pacíficamente?

Si no le tiene miedo el pueblo, ¿por qué no autoriza desde ahora, y de manera inequívoca, la observación electoral?

Pero todos sus esfuerzos son inútiles. La “montaña de votos” contra Ortega, de la que habla tanto Fabio Gadea Mantilla, se hará sentir. Y detrás de cada voto, un ciudadano dispuesto a defenderlo.

Capital amortizado

Un nuevo anuncio publicitario de Ortega, que tuvimos oportunidad de ver en una reciente gira con Fabio Gadea Mantilla por Terrabona, Matagalpa, parece un desafío al sentido común del pueblo. El rótulo en cuestión, con el rostro de cínica sonrisa del gobernante, dice: “Por todos, y por el bien de todos”.

El capital de credibilidad de Ortega está totalmente amortizado. Como dijimos antes, ofreció en el 2006 “reconciliación nacional”, y llegó al gobierno a dividir y polarizar a los nicaragüenses.

Como lo he visto tantas veces en las última semanas, Ortega gobierna para los Orteguistas, o para quienes para acceder, y con todo derecho, a un efímero beneficio gubernamental, como láminas de zinc o bolsas de comida, se hacen pasar por Orteguistas. Pero no gobierna para todos los nicaragüenses.

Y a dos conclusiones he llegado en el peregrinaje que con Fabio Gadea Mantilla hemos empezado por toda Nicaragua. Primero, inequívocamente, cuando al pueblo se pregunta que prefieren, si el regalo de una lámina de zinc, o un empleo para poder comprarse la lámina de zinc, inequívocamente contesta: ¡empleo, trabajo!

Es que el pueblo, por más que Ortega piense lo contrario, no es tonto, y prefiere trabajo, que es dignidad, que limosnas que son humillantes.

Segundo, que el voto oculto de los nicaragüenses es enorme. Y a eso es lo que más teme Ortega, al Güegüense que anida en el corazón de cada nicaragüense, y que al momento de encontrarse en la santidad del secreto del voto, se cobrarán la humillación a que les han sometido llevándoles a la fuerza a rotondas y calles dónde no quieren por su voluntad estar, como ocurre con tantos empleados públicos.

*(Este texto corresponde a El Pulso de la semana, que el autor transmite por Radio Corporación) - www.confidencial.com.ni

 

 
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