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Túnez no está lejos PDF Imprimir E-Mail

Ene-19-11 - por Angel Saldomando

Los medios internacionales han asimilado la caída del autócrata Ben Alí, a una revolución. Luego de 23 años en el gobierno, ha caído por la presión de la calle y la descomposición del régimen político y la negativa del ejército de reprimir las manifestaciones. La situación creada en Túnez tiene significación regional e internacional y en varias direcciones.

La política del pueblo

Desde que el anónimo policía Ben Ali, por los misterios del poder, sucedió al caudillo nacional Bourghiba que condujo la independencia con Francia, construyó un régimen político policiaco, corrupto y familiar que fue poco a poco invadiendo toda la sociedad tunecina. La justificación primera fue acabar con el peligro islámico, luego con los comunistas y al final, el régimen había tejido con diferentes pretextos una red opresiva de control total.

La inmolación en la calle de un diplomado que se ganaba la vida vendiendo mercancías y que fue reprimido por la policía, desató la mayor revuelta social que se conozca en África y el mundo árabe en las últimas décadas. 87 muertos, más de 50 heridos después de varias semanas de manifestaciones, saqueos y tiroteos descontrolados.

La crisis reveló que una sociedad más educada, con demandas sociales y políticas acumuladas había llegado al límite de su tolerancia pese, a la represión, los prisioneros de opinión y los opositores torturados. Y cuando no hay derechos, libertades y pluralismo, las instituciones carecen de poder mediador y aparece lo que un historiador llamó la política del pueblo.

Es decir, la súbita expresión, muchas veces violenta, de que su tolerancia ha sido rebasada. Pero la política del pueblo es la pre política, la del tumulto y la pueblada, la del saqueo y el incendio del castillo. La política empieza cuando hay interlocutores y proyectos políticos capaces de reorganizar las cosas. Túnez acaba de hacer pre política, ahora comienza la política. Y ahí se ve que no se trata de una revolución, sino de la caída de un régimen político que da lugar a una transición que no se sabe cuán profunda podrá ser, de acuerdo a las exigencias de la sociedad. La lucha entre la sobrevivencia del viejo régimen y uno nuevo, democrático y depurado apenas comienza.

¿Por quién doblan las campanas?

La caída de Ben Ali ha hecho resonar las campanas en muchos sitios a la vez. Se han producido inmolaciones en Argelia y Egipto, manifestaciones hasta en Libia. Todos los regímenes enquistados en el poder sin legitimidad y una legalidad de fachada y garrote tienen razón de preocuparse, aunque no corran peligro inmediato en todos los casos. El mensaje es que no importa cuánto tiempo te quedes en el poder y cómo lo hagas, si la legalidad no se junta con la legitimidad las sociedades te pueden pasar algún día la factura. Lo de Túnez revaloriza una vez más la democracia como valor universal en una época de mercado, política espectáculo y tecnócratas oscuros e impunes a la sombra del poder.

Todo es perfectible y por lo tanto discutible, no hay sociedad perfecta, pero no se puede vivir sin libertad, derechos e instituciones. La rueda de la historia vuelve a girar para traernos de nuevo al presente algo por lo que lucha la humanidad, con cierta idea de civilización, desde hace varios siglos. Nada de eso puede quedar prisionero de una ideología inverificable o de proyectos de sociedad que lo sacrifica.

Y en ese movimiento de afirmación del valor de la democracia, han estado diferentes grupos sociales en Túnez, las mujeres a la cabeza, sorprendente para un país árabe, los abogados en un país sin derechos, los sindicatos de la UGTT en un país vertical y los jóvenes sin futuro.

La lección es que la democracia no puede desembarcar de un portaviones como lo previó la estrategia de implantación de la democracia de Bush desde el Líbano a Irak, frágil disfraz de un diseño de control geopolítico de la región, que por lo demás ha fracasado estrepitosamente.

Como si fuera poco la crisis tunecina ha sacudido el juego internacional. La connivencia de La Unión Europea y de Francia en particular, que durante 23 años ignoraron las denuncias de la sociedad tunecina, apoyando a un régimen que prometía controlar a los islamistas y estabilidad con tal que le dejaran las manos libres. Pragmatismo puro y duro entonces, acompañado de un doble discurso inevitable, pero que ahora está en jaque. ¿Cómo hacer lo mismo con otros regímenes que siguen la misma deriva de Ben Ali? El poder existe, obvia variable del realismo, pero las sociedades también y ambos deben conjugarse con algún nivel de armonía.

Aun es temprano para que Túnez tenga asegurado un desenlace democrático, pero es seguro que ha creado una situación nueva, con repercusiones similares a la réplicas de un terremoto.

*Artículo publicado en www.confidencial.com.ni