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Una elección sin calor popular PDF Imprimir E-Mail

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"La inseguridad es el reclamo prioritario de la sociedad, y sin embargo, Cristina Kirchner, que es la candidata oficialista y quien tiene una ventaja abrumadora sobre quien le sigue, nunca habla del tema, no ha presentado ninguna propuesta y no ha dicho qué hacer para resolverlo. Su plataforma tiene sólo 3 páginas..."
La elección presidencial argentina del próximo 28 de octubre es, sin dudas, la que ha tenido menor calor popular desde el retorno a la democracia en 1983.

El primer comicio, en el cual fue electo Raúl Alfonsín, generó grandes movilizaciones e incluso júbilo popular. Seis años después, al ser electo Carlos Menem, su figura produjo un interés político singular y aún en su reelección en 1995 -sería la situación política comparable a la de hoy en cuanto a que el oficialismo se sucede a sí mismo- la oposición, con el surgimiento del Frepaso y la fórmula Bordón-Álvarez, puso una cuota de competencia política, actualmente inexistente. En 1999, la victoria de Fernando de la Rúa tuvo lugar en un marco de esperanza política que hoy no se observa.

Incluso en la última elección presidencial, la división del peronismo en tres candidaturas (Menem, Rodríguez Saá y Kirchner) y la del radicalismo en otras tres (López Murphy, Carrió y Moreau), dio a los comicios un fuerte sentido competitivo del que hoy se carece.

La publicidad callejera es muy poca, los actos son escasos, los medios de comunicación -que son el gran escenario de las elecciones en la política moderna- no se ven todavía involucrados en la campaña, en la calle están ausentes las mesas de los partidos, con las cuales se buscaba distribuir propaganda, captar militantes y reclutar fiscales y no hay afiliados repartiendo volantes y propaganda en la vía publica como era usual.

Desde el punto de vista histórico, desde 1916 -cuando se realizó la primera elección presidencial con el sistema de voto universal, secreto y obligatorio- hasta los dos comicios de 1973, que fueron los previos al último golpe militar, tampoco se encuentra una elección con tan poco calor popular como ésta. No sólo los libros de historia, sino la lectura de los diarios y revistas de la época lo confirman.

Son varias las posibles causas de este fenómeno. La primera es que la democracia se va convirtiendo en rutina y, en consecuencia, han dejado de ser novedad; la segunda es que los partidos políticos están en crisis de representación y la falta de interés que demuestra la gente se vincula a la su falta de representatividad; la tercera sería que se trata de una elección con baja incertidumbre y ello genera menor interés que en otras oportunidades en las cuales existió una verdadera puja.

La ‘rutinización’ de la democracia resulta inevitable y también sucede en las democracias estables. La primera elección presidencial del reestablecimiento de la democracia tenía un sentido de ‘gesta épica’, que un cuarto de siglo después se ha ido perdiendo.

Alfonsín gana con la consigna de que ‘con la democracia se come, se educa y se cura’ y la mayoría de los votantes creían en ello.

Las sucesivas crisis y el fracaso de la democracia en lograr una mejora del promedio de calidad de vida de la gente -fenómeno general en América Latina- ha ido generando un votante más escéptico. Este ya no cree que uno u otro resultado electoral vaya a cambiar sustancialmente su vida cotidiana.

Se trata de un fenómeno negativo en términos cívicos, pero que también tiene su faz positiva en el sentido de que para la sociedad, por primera vez en su historia, la democracia ha pasado a ser lo normal, un dato incorporado.

Quizás hoy el ciudadano argentino sienta hacia la participación electoral aquella frase de Churchill que afirma que ‘la democracia es el peor sistema de gobierno, exceptuando a todos los demás’.

Como se ha mencionado, la segunda causa de la falta de calor popular es la crisis de los partidos políticos, que son los grandes actores en las elecciones y quienes deben organizar y canalizar las aspiraciones de la sociedad.

La última vez que el peronismo realizó internas para elegir fórmula presidencial fue en 1988, cuando Menem le ganó a Cafiero y el radicalismo en 1982, cuando Alfonsín le ganó a De la Rúa, aunque en 1998 la Alianza las utilizó para elegir el candidato presidencial entre éste último y Graciela Fernández Meijide.

La UCR sigue siendo un partido, pero ha dejado de ser una fuerza política, ya que en la última elección presidencial no llegó al 3% de los votos y ha perdido el control sobre cuatro quintas partes de sus gobernadores e intendentes. A su vez, el PJ ha dejado de funcionar como partido. La última vez que reunió su congreso partidario fue en marzo de 2004 y se encuentra intervenido desde entonces. Sin embargo, sigue siendo una poderosa fuerza política, que alinea a una amplia mayoría de los gobernadores y los intendentes del país y a los sindicatos.

Ni por la izquierda ni por la derecha han surgido nuevos partidos que sustituyan a los dos históricos.

De esta forma, para ser candidato hace falta la decisión de quien está en el poder y quienes lo ejercen están más atentos a lograr la adhesión de gobernadores e intendentes, que a captar voluntades individuales, dada la creciente ‘territorialización’ de la política.

Ya en 2001 el llamado ‘voto bronca’ con el record de sufragios negativos y el ‘que se vayan todos’ del 2002, mostraron la crisis de representatividad que subyacía en las estructuras políticas tradicionales que estaban agonizantes.

La tercera explicación al fenómeno es la baja competencia electoral.

El oficialismo tiene a su favor tres ventajas políticas objetivas. El sistema electoral, que le permite ganar en primera vuelta con solo el 40% de los votos si tiene 10 puntos de ventaja sobre el segundo. Con el balotaje francés, que requiere el 50% para imponerse en la primera, seguramente habría segunda vuelta. A ello se suma que esta elección presenta la oposición más dividida de la historia argentina, con lo cual ningún candidato opositor hoy podría estar a menos de 10 puntos del oficialismo, con lo cual éste tendría que llegar al 45% para ganar en la primera vuelta. Por último, la ventaja de las estructuras del peronismo en la decisiva provincia de Buenos Aires -que representa el 40% de los votos efectivos- reduce el riesgo de Cristina de quedar por debajo del 40% de los votos en el promedio nacional.

Esta baja competencia hace que en el oficialismo se pierda el entusiasmo militante y en la oposición la sensación de que, pese a los esfuerzos, es muy difícil poder ganar.

En este marco, la ausencia de las plataformas en el debate termina siendo inevitable. Las fuerzas políticas, por lo general las escriben con bastante cuidado, reflejan su pensamiento y lo que les gustaría hacer si efectivamente llegan al poder.

Muy pocos votantes leen las plataformas y la gran mayoría termina decidiendo el voto sin conocerlas.

Además, se vive una situación muy paradojal. La inseguridad es el reclamo prioritario de la sociedad, lo que resulta lógico después de que las urgencias sociales han tenido un principio de solución, aunque sólo parcial.

Sin embargo, Cristina Kirchner, que es la candidata oficialista y quien tiene una ventaja abrumadora sobre quien le sigue, nunca habla del tema, no ha presentado ninguna propuesta y no ha dicho qué hacer para resolverlo. Su plataforma tiene solo 3 páginas. Ello implica que no le otorga ninguna importancia y que elude cualquier compromiso programático En el otro extremo, la de Carrió tiene 97, quizás porque busca dar una idea de mayor corrección institucional y compromiso ciudadano.

De esta forma, la campaña para la elección presidencial de 2007 es la de menor participación que registra la historia desde 1916 y ello puede explicarse por situaciones de coyuntura como la escasa competencia, pero también por la crisis de representatividad política, que el crecimiento económico no ha resuelto.

 
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