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Bolivia: Balances y perspectivas PDF Imprimir E-Mail

Ago-10-10 - por Raúl Prada Alcoreza*

Hay que hablar en plural pues nos enfrentamos a acontecimientos que son multiplicidades de singularidades, tendencias en juego, recorridos dados, encadenamientos de hechos y, lo que es más importante, quedan pendientes campos de posibilidad, latentes, con probabilidad de emerger cuando se generen las condiciones de posibilidad histórica. Por eso es mejor no hablar de balance y perspectiva en singular.

A toda esta pluralidad de opciones podemos adicionar los campos visuales, las perspectivas, el lugar y el quién del que observa, recuerda, hace el balance y vislumbra perspectivas. ¿Entonces, cómo hacer el balance de la gestión de Gobierno? Hay que optar o mas bien decidir el lugar desde donde se está, el lugar donde ya se está dando el posicionamiento. Este es el lugar donde me pongo. Recordando a Sergio Almaraz Paz y a Albert Camus, diría que hay que aprender de los procesos revolucionarios, vivirlos apasionadamente, encontrar en ellos el sentido de la vida, apostar por su profundización y desenlaces orientados.

Abandonar los procesos no sólo significaría traicionarlos, sino también quedar al margen, sin poder incidir en ellos, quedar solos, sin poder compartir el destino de las multitudes. Alguien decía, esa es la realidad: o la tomas o la dejas, con todas sus contradicciones. Esto no quiere decir que no se tenga que hacer críticas, que no se tenga que crear una opinión, que no se quiera incidir de alguna manera.

Por otra parte, no hay que olvidar que formamos parte de los procesos, somos como átomos o moléculas de estos acontecimientos magmáticos. ¿Qué significa esto? Aunque queramos no podemos salir de los ámbitos definidos y dibujados por los procesos, hagamos lo que hagamos. De lo se trata es de saber de qué manera nos ubicamos al interior de los procesos, de qué manera los vivimos, qué opciones tomamos.

El proceso en cuestión es descolonizador; los movimientos indígenas originarios campesinos, los movimientos sociales, han decidido incursionar por esta ruta crítica, retomada desde los levantamientos indígenas y anticoloniales del siglo XVIII. Se trata, como le gustaba decir a Raquel Gutiérrez, desandar el laberinto, desandar el camino, des-recorrer, desenredar el ovillo de nuestro presente. Hacer un análisis del presente a partir de una mirada retrospectiva del pasado, como decía Michel Foucault. Se trata de comprender que estamos ante un proceso anticapitalista, pues desde la matriz de necesidades insatisfechas y postergadas de las clases explotadas, de los pueblos y naciones discriminadas, se cuestiona al modo de producción capitalista, basado en la explotación de la fuerza de trabajo y explotación de los recursos naturales, se cuestiona a la división del mercado internacional impuesto por la economía mundo-capitalista, comprendiendo todos sus circuitos: productivos, distributivos, comerciales, de consumo.

Circuitos que crean y recrean monopolios de todo tipo, paradójicamente en un océano de intercambios y de mercados entrecruzados y entremezclados, que suponen la libre concurrencia. Se trata de un proceso que se plantea como finalidad suprema constituir un paradigma civilizatorio y cultural alternativo al capitalismo y a la modernidad. Este paradigma se asienta sobre tres modelos constitucionales: el modelo de Estado plurinacional y comunitario; el modelo territorial, pluralismo autonómico; y el modelo económico, social y comunitario con perspectiva de equilibrio ecológico. Todo esto supone transformaciones pluralistas del Estado, de la economía, de la sociedad, de la cultura, del derecho; esto implica transformaciones institucionales, normativas, de los procedimientos y de las prácticas. En definitiva, se trata de un proceso emancipador. Ahora bien, ¿Cuánto se ha alcanzado de estos grandes objetivos en la primera gestión de Gobierno?

En primer lugar, hay una ganancia simbólica, mejor dicho, un cambio simbólico, el hecho de que la gran mayoría de los ciudadanos haya elegido al primer Presidente indígena ocasiona una transformación en el orden simbólico dominante, en el imaginario hasta ahora hegemónico.

¿Qué se gana con este acontecimiento? Se inicia un proceso de descolonización, se interpela a la forma tradicional del manejo del poder, basado en la discriminación racial. ¿Por qué es importante esto? Como decía el Inca Yupanqui, representante indígena ante la Corte de Cádiz (1811), en plena ocupación napoleónica de España, “un pueblo que oprime jamás puede ser libre”; o como dijo Tupac Amaru al visitador Areche, quien le exigía el nombre de sus cómplices, “aquí no hay más cómplices que tú y yo, tú por opresor y yo por libertador, merecemos la muerte”.

La emancipación simbólica, la revolución cultural, forma parte de las liberaciones, democratizaciones, emergencias múltiples. La presencia indígena en la presidencia es una ruptura, la recuperación de las ceremonias nativas de unción, de transmisión de mandato, de entrega del bastón de mando, acogiendo los símbolos y rituales de la cosmovisión andina, inicia una interpretación deconstructiva del poder. Comienza el empoderamiento de las naciones y pueblos nativos en los distintos escenarios proliferantes de la sociedad. La lengua, la cultura, la vestimenta, el acullico, la ceremonia y la ritualidad forman parte de las puestas en escena del teatro político, de las tramas de la elocuencia del poder. En otras palabras, un orden simbólico desmonta el orden del poder.

El proceso constituyente crea las condiciones constitucionales de la fundación de un Estado plurinacional comunitario y autonómico, para la transformación institucional, de las normas, procedimientos y de las prácticas administrativas, también para las transformaciones económico, sociales, políticas, culturales, jurídicas. El proceso constituyente recoge la inmanencia del poder constituyente, las pasiones y las esperanzas desatadas por los movimientos sociales.

La aprobación de la Constitución abre la primera página de un nuevo libro de la historia, la descolonización institucional, social, política y cultural. La apertura a un nuevo modelo económico, que tiene que leerse como un proceso, que parte de la economía plural, pasa por la intervención del Estado como articulador de la economía plural, regulador e industrializador de los recursos naturales, que se encamina a la economía social y comunitaria, en la perspectiva de un equilibrio ecológico, articulándose así al modelo civilizatorio y cultural del vivir bien.

La nacionalización de los hidrocarburos inicia el proceso de recuperación de las riquezas naturales en la perspectiva de conformar y consolidar las distintas soberanías: soberanía energética, alimentaria, económica y política. La nacionalización pretende ser la base de la industrialización y del salto tecnológico, de la producción y de la productividad, de la redistribución del ingreso, de la democracia económica y de la equidad social, económica, política, cultural, de género.

Las medidas sociales, el bono Juancito Pinto, el bono Dignidad, la política de salud denominada Juan Azurduy de Padilla, son medidas que inician políticas de redistribución, de una manera todavía coyuntural y provisional, encaminándose a una modificación estructural de las condiciones de vida, de salud, de trabajo y de oportunidades. Todo esto sólo puede adquirir sentido si se construye la infraestructura de salud, la infraestructura y logística del modelo económico, la estructura de la revolución educativa, de las pautas y regulaciones sistémicas de la democracia económica.

La iniciales leyes promulgadas, la Ley Marco de Autonomías, del Tribunal Constitucional, del Régimen Electoral, del Órgano Electoral, y del Órgano Judicial, son leyes transitorias que se extienden creando condiciones modificatorias para dar lugar después a transformaciones estructurales, concordantes con el espíritu constituyente. Como se puede ver, no es fácil transitar en la transición, iniciando de la noche a la mañana interpretaciones y marcos legales radicales; parece que la correlación de fuerzas, la concordancia entre políticas públicas y realidad no es fácil de lograr. Se requiere de una claridad teórica, una ruptura epistemológica, abordar nuevos paradigmas conceptuales y voluntad política de cambio.

El proceso de cambio, como todo proceso transformador, está compuesto por contradicciones, que derivan en una intensa tensión en el presente entre pasado colonial y futuro descolonizador, entre pasado liberal, nacional, moderno y futuro descolonizado, postliberal, plurinacional y alternativo a la modernidad y el capitalismo. No se trata de obviar las contradicciones, sino de comprender su problemática, atravesar su conflicto y encaminar el proceso a una solución creativa y transformadora de las contradicciones, entendiendo esto en el sentido de una síntesis disyuntiva.

*El autor es Viceministro de Planificación. Artículo publicado en el semanrio PULSO de Bolivia

 

 
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