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Nicaragua: Obama y Campbell PDF Imprimir E-Mail

Ago-10-10 - por Edmundo Jarquín*

En la campaña electoral del 2006 Daniel Ortega reiteradamente pidió la oportunidad de gobernar en paz, para poner distancia con la historia de los años 80. La publicación de la foto del nuevo Embajador de Nicaragua ante la Casa Blanca, Francisco Campbell, saludándose con el Presidente Obama, solamente viene a confirmar lo que ya todos sabemos: que Ortega ha tenido la oportunidad que pidió, gobernar en paz, sin que nadie le acose y le agreda, y, por el contrario, y como lo hemos dicho otras veces, recibiendo más ayuda internacional que cualquier otro Presidente en toda la historia de Nicaragua.

Entonces la gran pregunta es, ¿qué ha hecho Ortega con la oportunidad que ha tenido?

Sencillamente, desperdiciarla.

Tiene dividida y enconada a la sociedad.

El país ha crecido bastante menos de lo que pudo haber crecido.

Hay menos empleos de los que se pudieron haber generado.

Más gente piensa que hoy está peor que antes, y menos piensan que mañana estarán mejor.

La violencia política volvió a las calles.

Las instituciones de nuestra joven democracia están en escombros.

Ese es el balance que Ortega entrega de esta oportunidad que ha tenido de gobernar en paz.

Para algunos, cuya posición no comparto, pues esperarían que otros vengan a solucionar nuestros problemas, la publicitada foto del embajador Orteguista con el Presidente de los Estados Unidos, ha sido como un balde de agua fría. Pero para la inmensa mayoría de nicaragüenses es otra prueba contundente del fracaso de Ortega, que pidió una oportunidad para gobernar en paz, la ha tenido, y la ha desperdiciado.

La inevitabilidad de Ortega

Para algunos, y sin disimulo por parte de comentaristas del oficialismo orteguista, la foto del Presidente Obama con el embajador orteguista, que por cierto es parte de una acostumbrada cortesía diplomática, y el hecho que las relaciones de Nicaragua con el gobierno de los Estados Unidos afortunadamente no sean de confrontación, así como la impunidad con que Ortega ha venido imponiendo sus ilegales decisiones, forma parte de una cierta inevitabilidad que los nicaragüenses debemos aceptar con resignación, que, para mi, sería sumisión. Hace años fue muy popular la publicidad de un jabón que decía “aquí no hay más tren que el que pita, ni más jabón que el que echa espuma”. Ahora, desde las vocerías del orteguismo están tratando, con una no muy sutil campaña, asentar en la conciencia o el subconsciente de los nicaragüenses la idea que “te guste o no te guste, aquí no hay más alternativa que Ortega”.

De esa campaña forman parte los centenares de rótulos con la foto de Ortega acompañados del número 2011, como si ya fuese inevitable su inconstitucional candidatura.

Y forman parte de esa campaña las fotos de Ortega reuniéndose, cuando quiere y sin hacerle caso a sus planteamientos, con las cúpulas empresariales de este país, hecho sencillamente inevitable y entendible, porque él es el Presidente de la República y esas cúpulas tienen que velar por los intereses de sus agremiados.

Y aunque no sea la intención del organismo, abona en la dirección de esa campaña sobre la inevitabilidad de Ortega, que las misiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) hayan sido hasta ahora con el gobierno de Ortega más flexibles y acomodaticias que con gobiernos anteriores.

Y debemos reconocer que en la misma dirección apunta el espectáculo de una oposición cada vez más fraccionada, dividida en peleas de solares y pequeños huertos, mientras el país se escapa de las manos.

Y de esa campaña que tiende a vender la imagen que Ortega no es lo mejor, pero es inevitable, forma parte que alguien como Arnoldo Alemán, que no une sino divide a la oposición, pretenda alzarse como alternativa a Ortega, ofreciendo su pasado como futuro.

Y también forma parte de esa campaña las informaciones que mientras la oposición permanece fraccionada, el orteguismo ha aumentado su base electoral, lo cual es falso. En el mejor de los casos Ortega ha fidelizado su base política, pero no ha crecido. Ortega, que no puede ser candidato, y su partido, siguen siendo minoría, y él lo sabe mejor que nadie, pues de lo contrario, si tuvieran confianza en que son mayoría política y ganarían limpiamente unas elecciones libres, no tendría inconveniente en que aquí haya autoridades electorales confiables, un buen padrón electoral, observación electoral, y que los votos se cuenten bien.

Déjenme decirlo de manera clara y contundente: Ortega ni es inevitable, ni es invencible.

¿Se le ocurre a alguien pensar que una persona que recibió a través de un Consejo del Poder Ciudadano (CPC) unas láminas de zinc, o una bolsa de alimentos, pero no tiene empleo permanente y bien remunerado, ni encuentra medicinas en los hospitales, y mira emigrar a sus hijos y familiares, va a votar por Ortega?

¿O que alguien, porque una Navidad, después de horas de vigilia y largas colas, tropezones y caídas, agarró un juguete que se le tiró desde la arrogancia y lejanía de una tarima enflorada, mientras al siguiente día su vida de pobreza sigue siendo la misma, votaría por Ortega, que no puede ser candidato, o el candidato o candidata que lo represente?

¿Y los empresarios, chiquitos, pequeños, medianos, grandes, que reconocen no hay las confiscaciones de los ochenta   -porque más que tonto sería Ortega volviendo a las mismas-  pero tienen que pedir como favor, en los ministerios, las empresas estatales, la Dirección de Ingresos, la Aduana, las Alcaldías, los CPC, lo que por derecho les corresponde, y saben que el país no está creciendo, y que en cualquier momento desde el poder político les montan una competencia desleal, o desde una acción fiscal persecutoria o un juicio amañado se les saca del mercado, votarían por el Orteguismo?

¿Y los jóvenes, sin esperanza y sin futuro, votarían por Ortega?

¡Jamás! ¡Jamás!

La mayor fuerza de Ortega es la debilidad de la oposición, y no porque a ésta le falten números, sino porque le falta unidad. Así de sencillo.

Fabio Gadea Mantilla

En la perspectiva que Ortega y el orteguismo son derrotables  -y personalmente estoy convencido que les vamos a derrotar-  esta semana se alzaron voces pidiendo un candidato que una a todos en la oposición democrática.

Y se mencionó el nombre de Fabio Gadea Mantilla, con toda una vida dedicada al amor a Nicaragua, y un apostolado de educación popular prácticamente incomparable. Fabio comentó el hecho, y dijo que estaba dispuesto a aceptar si había consenso, y que en la perspectiva de una agenda de país,  ofrecía honestidad y educación. No pude dejar de pensar  en el gran dirigente argentino del siglo XIX, Domingo Faustino Sarmiento, quien dijo que “gobernar es educar”.

Y no pude dejar de pensar en Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quien dijo que en este país aguardaba la más grande de todas las revoluciones, la de la  honestidad.

*(Este texto corresponde a la edición 112 de la columna El Pulso de la Semana, que el autor transmite por Radio Corporación)- Artículo publicado en el semanario CONFIDENCIAL de Nicaragua

 
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