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Colombia se mueve (más) a la derecha PDF Imprimir E-Mail

Jun-29-10 - por Mi­kel Uhar­te*

La victoria contundente e inapelable de Juan Manuel Santos en la segunda vuelta electoral colombiana significa la continuidad del proyecto uribista de la última década, pero también su profundización y ampliación. Los vecinos de Colombia miran con atención al nuevo Presidente, más duro que el saliente.

Juan Manuel Santos, el candidato del uribismo, logró una victoria contundente en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales colombianas el domingo 20 de junio, imponiéndose de manera clara a su contrincante, Antanas Mockus, el líder del Partido Verde. El ex ministro de Defensa cosechó un 69,05 por ciento de los sufragios (más de nueve millones de votos), frente a un 27,52 por ciento (poco más de 3 millones y medio de votos) que obtuvo el ex alcalde de Bogotá.

Una diferencia abismal de más de 40 puntos, que certifica de manera inapelable la fortaleza del uribismo como proyecto político hegemónico en Colombia, además del fracaso del “fenómeno Mockus”, construido en gran medida por los medios de comunicación y por las encuestas “infladas” del último trayecto de la campaña.

Hay que puntualizar, además, que Santos consiguió aglutinar gran parte del voto del Partido Conservador, del Partido Liberal y de Cambio Radical, mientras que Mockus rechazó de manera expresa el apoyo de la opción centro-izquierdista, el Polo Democrático Alternativo, creyendo ingenuamente que un alejamiento de sectores progresistas le podía proporcionar mayores opciones de disputar la victoria. El resultado, por el contrario, fue la apuesta por un proyecto muy similar al uribismo en cuestiones estratégicas como política económica y política de seguridad interna, por lo que los electores prefirieron el original a la copia.


Legitimidad. Según datos de la Registraduría Nacional del Estado Civil, la abstención se situó en el 55,59 por ciento del censo electoral, mientras que los votos en blanco y los nulos aumentaron considerablemente, hasta alcanzar el 4,9 por ciento de los sufragios emitidos. Autoridades y líderes políticos del país justificaron la baja afluencia a las urnas a factores meteorológicos y a la Copa Mundial de Fútbol, omitiendo un dato en absoluto irrelevante, como es la tradicionalmente escasa participación en todos los procesos electorales. De hecho, desde el año 1958, el promedio de abstención en la Colombia se ubica en un preocupante 52 por ciento.

Esta participación de menos de la mitad del electorado, unida a las habituales denuncias por fraude y a la existencia de un sustancial porcentaje de “voto cautivo” –producto de la amenaza paramilitar en zonas rurales y en barrios populares de las grandes ciudades–, genera múltiples interrogantes en torno a la legitimidad de los comicios e interpela de manera directa al propio sistema democrático colombiano. Sin embargo, no parece que preocupe excesivamente a ciertas potencias internacionales que se suelen mostrar muy perspicaces e incisivas cuando evalúan a otros países de la región.

Santos: el “halcón uribista”. La continuidad del proyecto uribista no sólo queda asegurada con el triunfo de Santos, sino que probablemente se va a fortalecer e incluso a profundizar. El ex ministro de Defensa ha sido caracterizado por algunos especialistas de la elite colombiana como un hombre más conservador que el propio Álvaro Uribe, por lo que podríamos situarlo ideológicamente a su derecha. En consecuencia, la denominación de éste como el “halcón del uribismo”, no sería en absoluto exagerada.

Miembro de una familia de larga tradición oligárquica –los Santos son propietarios, entre otras cosas, del influyente diario conservador El Tiempo–, Juan Manuel ha sido próspero empresario (Federación Nacional de Cafeteros) y Ministro en distintos periodos de gobierno (de Comercio y Exterior con Gaviria, de Hacienda y Crédito Público con Pastrana y de Defensa con Uribe).

Su perfil más radical lo acreditan dos hechos recientes de profunda trascendencia geopolítica. Por un lado, la tristemente célebre “Operación Jaque”, cuando, siendo Ministro de Defensa, ordenó el ataque militar, en territorio ecuatoriano, contra el campamento de las FARC, que se saldó con la muerte de más de veinte personas, entre ellas el portavoz de la guerrilla Raúl Reyes, provocando un incidente diplomático de enormes proporciones en toda la región. Por otro lado, su papel relevante en las negociaciones con el Departamento de Estado para ceder al Ejército de los Estados Unidos el uso de siete bases militares colombianas, lo cual generó una profunda alarma entre los países de Unasur.

Repercusiones internas. En materia de política interna, dos áreas son las fundamentales a la hora de identificar las probables orientaciones del nuevo Ejecutivo colombiano. En lo referente a política económica, el Gobierno de Santos continuará siendo uno de los alumnos más disciplinados de todo el continente en la aplicación de las clásicas recetas neoliberales (tratados de libre comercio, subordinación a la empresa privada transnacional, mercantilización de los servicios sociales, represión contra las protestas de clases trabajadoras…) a pesar de la promesa populista de sacar “a cuatro millones de la indigencia y a siete millones de la pobreza” que lanzó en su discurso tras la victoria.

En relación a la guerra civil de más de cinco décadas, aseguró que “fortalecerá la política de seguridad democrática”, además de advertir a la guerrilla que “se les agotó el tiempo”. Esto significa que la posibilidad de un proceso de paz en Colombia se posterga en el tiempo, y que el riesgo de las derivaciones transfronterizas del conflicto interno perdurará otro lustro más.

Proyecciones geopolíticas. En el orden geopolítico, las proyecciones que hoy se pueden plantear no son en principio muy optimistas, en lo que a la estabilidad de América latina se refiere. Aunque los primeros mensajes del recién electo Santos han sido de carácter amistoso, al asegurar a los países de la región que “encontrarán un aliado y un socio comprometido”, su trayectoria en la cartera de Defensa provoca muchos recelos en la gran mayoría de las cancillerías del entorno.

La exhortación que le hizo el presidente brasileño Lula Da Silva, a fortalecer la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), está cargada de una fuerte intencionalidad política, debido al papel saboteador que ha desempeñado Colombia en el proceso de unificación política de América del Sur. Por ello, es indudable que desde Itamaraty se establecerá un seguimiento especial de la política exterior de la Casa de Nariño, con el objetivo de evitar cualquier maniobra que entorpezca la consolidación de Brasil como potencia hegemónica en el Sur del continente.

Una variable de sustancial importancia en materia geopolítica será el modelo de relación que se construya entre el Ejecutivo colombiano y venezolano, por el riesgo latente, desde hace un tiempo, de un enfrentamiento bélico. Las felicitaciones post-electorales del Ejecutivo de Caracas y la correspondiente respuesta de agradecimiento de Santos probablemente no van a ser un indicador de la relación bilateral.

Otro factor de gran relevancia será la evolución de la alianza entre Washington y Bogotá. Algunos analistas consideran que el Ejecutivo de Obama no avalará ninguna estrategia de confrontación militar con sus vecinos, privilegiando el soft power, frente al hard power de la administración Bush. Sin embargo, después de la actitud notablemente condescendiente del Departamento de Estado con los golpistas que tumbaron al gobierno legítimo de Zelaya en Honduras, esta consideración puede resultar sumamente ingenua.

Lo que parece indudable es que no pasará desapercibido en la batalla geopolítica que se está librando en el continente, un Gobierno liderado por un ex ministro que afirmó sentirse “orgulloso” de que Colombia fuese considerado “el Israel de América latina”.

 *Artículo publicado en el semanariuo PULSO de Bolivia
 
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