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Papeleras: la ocupación invisible PDF Imprimir E-Mail

Ene-30-08 - por Rosendo Fraga (h)

Esta puede ser la afirmación más políticamente incorrecta que se haya hecho en los últimos tiempos: Si el conflicto con Botnia no existiese, habría que inventarlo.

Después de pasar casi 36 horas en Gualeguaychú, todo me quedó claro: Botnia es, hoy por hoy, una especie de milagro aglutinante con resabios de gesta histórica. Para Gualeguaychú -cuya relevancia se reduce casi drásticamente al Carnaval- la lucha contra Botnia adquiere los matices de una cruzada popular, cuyo objetivo oculto o secundario es reafirmar la identidad.

Ni bien uno ingresa a Entre Ríos -cruzando el Zárate Brazo Largo- se da cuenta que está frente a un pueblo en pie de guerra: los pilares del puente ostentan prolijas pintadas contra los "asesinos finlandeses" y otras expresiones similares; los autos que van pasando a los costados por la ruta tienen todos su calcomanía de "NO a las papeleras" en el vidrio de atrás. Aquellos autos que no la tienen deben ser de "afuera": es impensable que alguien que viva bajo tamaña presión psicológica pueda optar por la indiferencia.

Cuando uno entra ya en la ciudad, cae en la cuenta de que las papeleras lo abarcan todo. "Fuera Botnia, ¡viva la patria!", reza el eslogan de una de las innumerables banderas argentinas de plástico que adornan prácticamente todas las vidrieras de la ciudad, sin excepción. En este sentido, el pueblo de Gualeguaychú se comporta como si fuese la OLP sin el motivo que le dio origen: las botas de su enemigo son intangibles, no están por ningún lado. A lo sumo en el aire, y aun eso es discutible. Sin embargo, el orgullo por su lucha y sus esfuerzos por no claudicar ante el enemigo "imperialista" (y esta expresión no es mía) están también, expresamente, en todas partes. Y no sólo en las vidrieras: en los menús de restaurantes, folletos turísticos, entradas, publicidades, remeras, volantes, pasacalles, volantes, etc.

Pero una de las cosas que más me llamó la atención es lo que la lucha en sí demanda para que ésta acabe: la relocalización de las papeleras. Este es el reclamo generalizado, que vayan a contaminar a otro lado; que el cáncer, la esterilidad y la pauperización de las aguas vayan allí, donde algún otro ingenuo se tranquilice con la vieja broma de que la esterilidad no es hereditaria. ¿Qué sentido tiene la ecología si no se la entiende en su dimensión global? ¿Con qué autoridad moral se puede exigir, entonces, que las grandes potencias industriales firmen y acaten el protocolo de Kyoto? "No a Botnia, sí a la vida" es otro de los eslóganes más representativos de la gesta -que no deja de plantear un dilema bastante desproporcionado-: decirle sí a Botnia en cualquier otra parte, ¿no es decirle sí a la muerte? A la muerte de otro, en última instancia.

Al ser evidente que la relocalización a esta altura es improbable, y que si las papeleras contaminan o no tampoco cambiarían en algo el actual escenario, ¿hay solución? No es fácil determinarlo en la actualidad, pero de haberla, el remedio sería peor que la enfermedad. Con el final del conflicto se acabaría también algo demasiado valioso: la cohesión, el propósito y el orgullo de estar de pie y marchando. Si nuestro país se destaca por algo, es justamente por elevar a un rango casi mítico la idea de que la lucha dignifica, independientemente de qué lucha se trate o del tipo de dignidad que se pretende alcanza con ella.

En un movimiento donde la adhesión es aparentemente abrumadora, y donde los objetivos y las razones que lo determinan se confunden con el llamado a la acción directa, la resistencia contra el imperialismo y otras pasiones por el estilo, no es de extrañar que lo que el Tribunal de la Haya pueda concluir sea irrelevante: no hay juicio ni poder superior que acatar cuando se trata de defender la patria.

Si el conflicto con Botnia no existiese, como dije al principio, habría que inventarlo. Y hasta que aparezcan resultados ambientales concretos y objetivos, prefiero creer que eso es lo que está sucediendo.

 
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