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Bolivia: Woodstock, debates, pollos, planeta o muerte PDF Imprimir E-Mail

Abr-27-10 - por Ricardo Bajo H. *

Crónica de los tres días de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático en Tiquipaya; desde la desafortunada declaración del Presidente boliviano hasta la improvisada pista de baile donde los invitados VIP probaron los pasos de la saya afroboliviana, pasando por determinaciones cruciales para el futuro del planeta.

Martes 20, diez de la mañana: Tiquipaya tiene una coqueta y bien cuidada cancha de césped. Es el “estadio” del pueblo y a esta hora luce casi lleno con aproximadamente siete mil personas que esperan el inicio de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra. En una de las tribunas, una veintena de chilenos se hacen notar cual barra futbolera con constantes cánticos incluido el ya famoso “Mar para Bolivia”.

Los colorados de Bolivia soportan estoicamente el sol de frente. Es temprano pero ya se siente el calor, por encima de los 25 grados. En la misma cancha, media docena de argentinos y argentinas reparten “abrazos gratis” al que se deja. La “fauna” típica de los foros antiglobalización está presente: desde indígenas mapuches hasta todo tipo de personajes “disfrazados” con indumentarias originarias de diferentes países. Militantes y activistas veteranos de mil batallas, con la barba blanca de la experiencia, sahumerios y k’oas, humo blanco y “gringos” pachamámicos en semitrance. Si tocara Hendrix, esto sería Woodstock. El locutor habitual de Palacio grita: “Oye amigo, la tierra está en peligro” y llama a respetar a la “Madre Tierra y el Padre Cosmos” (¿dónde quedó “Tata Inti”?). En la entrada del “estadio” las caseras hacen su negocio: botellitas de agua a cinco pesos. En el coliseo, las colas llegan a cinco cuadras para acreditarse. Al final de la Cumbre, la cifra llegará a 36.000 personas, casi el triple de lo esperado. La ministra de Culturas, Zulma Yugar, canta a capella: “Sol, mi padre Sol”. Por el “handy” de un miembro de la organización se escucha: “busquen al representante de Nueva Zelanda, no sabemos quién es y donde está, el jefe quiere que hable”.

Cuatro personalidades toman la palabra, entre ellos la representante de Naciones Unidas, Alicia Bárcena, que recibe una silbatina y griterío general. “Si quieren que me calle, me voy, a mí me han invitado ustedes”, consigue hacerse escuchar. La “hinchada” acentúa las rechiflas. Mediodía, turno del presidente del Estado Plurinacional, Evo Morales. Lee e improvisa un discurso cargado de críticas al modelo consumista occidental. Pollos, “desviados”, calvicie en Europa, papas holandesas, hormonas, transgénicos, plásticos, chicha, coca cola e inodoros, ponchos de plásticos y de Tarabuco. ¿Quién le escribe estos discursos al Presidente? Algunos creen que es el “maestro de ceremonias indígenas” de Palacio, Fernando Huanacuni. Los periodistas internacionales y de agencias se frotan las manos. Ya tienen apertura, ya saben como no hablar de capitalismo y medio ambiente, del fracaso de la Cumbre de Copenhague, del cambio climático y sus culpables… Los pollos y sus hormonas femeninas se apoderan del discurso mediático hegemónico. Junto al “¡Planeta o muerte!”

Martes 20, después de almuerzo: las 35.151 personas acreditadas como participantes comienzan a llegar a las mesas de debate (hay 17, con temas como migrantes climáticos, derechos de la Pachamama, referéndum mundial sobre cambio climático, bosques, causas estructurales, armonía con la naturaleza para vivir bien, Protocolo de Kyoto…). Las mesas autogestionadas son innumerables y hay de todo para elegir desde una contra las arenas de alquitrán de Canadá hasta “la bicicleta, instrumento de resistencia al modelo de desarrollo capitalista y símbolo de libertad”. En cada aula o auditorio del hermoso y extenso campus de la Univalle se ve gente de los cinco continentes charlando, debatiendo (algunos con pasión inusitada). Es una asamblea popular gigantesca. Cuesta encontrar tu mesa por falta de letreros, reina un caos creativo.

Fuera, miles de activistas terminan de almorzar después de hacer cola y canjear vales por comida. En la cafetería al aire de libre de una de las facultades, los letreros de la Coca Cola que auspicia esas características sillas plásticas de color rojo han sido tapadas con adhesivos. Ya se sabe, es mejor la chicha que el refresco transnacional. En todo el corredor de la universidad se han instalado 72 stands. Desde ministerios y entes públicos hasta todo tipo de ONG vendiendo su charque. Incluso Mamani Mamani está vendiendo sus libros y cuadros de pequeño formato. La gente que no debate hace colas en todo stand que regale algo, sin saber qué hasta que llega el obsequio; puede ser un arbusto de coca como una pila de material y folletos.

En la entrada previa al recinto donde la organización controla los códigos de barra de las credenciales para saber cuánta gente entra, media docena de familiares y amigos de desaparecidos de las dictaduras son desalojados por la Policía. “Están haciendo política, no pueden estar acá”, dice un uniformado. “Tienen que salir del campus, más afuerita”. Carteles similares denunciando la campaña de asesinatos en Honduras tras el golpe militar no son considerados “política”. Después de protestar en vano, recogen sus carteles y afiches (uno de ellos dice: “¿Dónde está Carlos Flores?”) y se instalan de nuevo cerca del cementerio, con los muertos aparecidos. Metáfora brutal. Horas más tarde, en ese lugar, también son hostigados por la Policía.

Martes 20, cinco de la tarde: el panel del vicepresidente, Álvaro García Linera en el coliseo de la Univalle está repleto. Unas cuatro mil personas escuchan atentamente como el “vice” carga duro contra el capitalismo en la mesa sobre causas estructurales del cambio climático. Más tarde, se instala la mesa sobre “modelos para restablecer la armonía con la naturaleza” con el canciller David Choquehuanca, seduciendo con el “vivir bien” a los militantes extranjeros. Avanza la tarde y el escenario instalado frente a la facultad de Informática ve pasar a teatreros y circo social de Venezuela, ballets folklóricos, la Saya Afroboliviana y diferentes músicos de países latinoamericanos. Por la noche, no viene Galeano pero sí su versión teatral de “Las venas abiertas de América Latina”, en el teatro Adela Zamudio de Cochabamba, a cargo del grupo Albor. Obviamente, no podía faltar la entrada folklórica autóctona desde la plaza de Tiquipaya al campus. Los “gringos” están chochos, disparando fotos cual japoneses desesperados.

Miércoles 21, diez de la mañana, hotel Regina de Tiquipaya. Evo Morales se pone serio y llama a la creación de un organismo mundial en defensa de la naturaleza (sugiere Cima-Tierra o Mama-Tierra), a la instalación de un tribunal de justicia climática con carácter vinculante y pide un referéndum mundial en 2011. También insta a una próxima cumbre de los pueblos en Europa en dos años. Los participantes buscan la mesa sobre la deuda climática donde habla Naomi Klein, la escritora canadiense autora de No logo y La doctrina del shock. Del coliseo de Tiquipaya van al coliseo de la Univalle y de ahí por fin al gran salón del hotel Regina. El cambio de mesas y lugares se hace habitual, despistando a muchos. Klein prepara otro libro sobre cambio climático y capitalismo. A la salida de la mesa, un activista ecologista boliviano dice: “se está generando mucha basura en toda este cumbre, es una paradoja, por lo menos se podía haber distribuido menos plástico”. Los grupos de trabajo de las 17 mesas comienzan su tercera sesión. Los “caras conocidas” de la Cumbre atienden a los medios: los Frei Betto, Xavier Albó, Leonardo Boff, el ex presidente de la Constituyente de Ecuador, Alberto Acosta, el ex presidente de la Asamblea de Naciones Unidas, Miguel D´Escoto, Vandana Shiva… Algunos como el francés José Bové, de Via Campesina, no pudieron llegar por la cancelación de vuelos desde Europa a causa de la erupción del volcán Eyjafjallajökull en Islandia.

Miércoles 21, seis de la tarde. Los grupos se reúnen en cuatro plenarias para pulir la Declaración de la Cumbre, denominada “Acuerdo de los Pueblos”. Mientras tanto, cientos de personas se dirigen hacia el hotel Regina para ver a Los Masis y Llajtaymanta que tienen que esperar a que acabe su turno la Orquesta Sinfónica de Cochabamba. Las bromas sobre si comer pollo para la cena van y vienen.

Jueves 22, nueve de la mañana. El diálogo Pueblos-Gobiernos espera su instalación en el gran salón del hotel Regina. Afuera, un centenar de ecuatorianos de la Confederación Nacional de Organizaciones Campesinas, Indígenas y Negras (Fenocin) son interceptados y rodeados por la Policía. No pueden llegar al hotel. El presidente bolivariano de Venezuela, Hugo Chávez, ha llegado en la madrugada y se hace presente. Fallan a última hora los mandatarios de Nicaragua (Daniel Ortega), de Ecuador (Rafael Correa) y Paraguay (Fernando Lugo). Ortega envía a un legendario en la izquierda latinoamericana: el comandante sandinista Tomás Borge. Casi octogenario, viste con verde olivo y su mítica boina negra con distintivos rojinegros del Frente Sandinista. Borge habla de cambio climático, pero sobre todo de Cuba.

“Dicen algunos que el mayor revolucionario fue el Che Guevara, pero yo creo que es Fidel”, le dice al corresponsal en Bolivia de Tele Sur, Freddy Morales. El enviado de Correa es su canciller, Ricardo Patiño que llega con su “alcancía” particular. Ecuador busca recolectar entre países y amigos dos millones de dólares para dárselos a Estados Unidos. Washington presionó durante la Cumbre de Copenhague a Quito para firmar el “acuerdo” nacido en Dinamarca con el chantaje de retirar ayuda por ese valor mencionado. El contraataque ecuatoriano: ofrecer esos dos millones y medio a cambio de que Estados Unidos cumpla el protocolo de Kyoto de reducción de emisiones de gases contaminantes. De Paraguay no llega nadie. Lugo tiene una semana complicada: el día anterior militantes de la guerrilla Ejército del Pueblo Paraguayo se han enfrentado con policías y hacendados en la toma de un estancia con cuatro muertos. Los presidentes y representantes de las 42 delegaciones oficiales alternan la palabra. Los periodistas abarrotamos la sala de prensa donde el sonido no es bueno. Sólo los camarógrafos pueden ingresar al gran salón del hotel donde los que no hablan comen sándwich de jamón y queso y cruasanes. El presidente Chávez critica la labor periodística, citando al ausente Galeano: “como dice Eduardo, el capitalismo y sus medios de comunicación ponen el mundo al revés y los que luchamos por la democracia real y verdadera, terminamos siendo los tiranos, y los verdaderos tiranos que invaden y matan son los grandes demócratas. Eso lo logra el capitalismo y la hegemonía mediática, lo que llama Ignacio Ramonet, la dictadura mediática mundial”.

Jueves 22, una y media, hora de almuerzo. La cumbre ha finalizado y se monta un almuerzo oficial en los jardines del hotel Regina, bajo carpas, para protegerse del sol. Un grupo folklórico que entona canciones de todos los departamentos ameniza la comida frente a la mesa de honor donde se sientan el presidente y vicepresidente bolivianos, Evo y Álvaro, el vice cubano Esteban Lazo (un negro, de un metro noventa, de los pocos que han llegado a altas instancias de poder en Cuba) y el sandinista Borge, que derrocha vitalidad. Los periodistas miran de palco. El menú del día está en todas las mesas, en papel reciclado, con dos hojitas de coca, junto al escudo. Rollitos de pejerrey con trilogía de papas andinas de entrada y una sopa de choclo (servida en un inmenso plato con un diminuto hueco al centro). De segundo, arrollado mixto acompañado de rellenos de charque, fritanga cochabambina y putti de chuño. De postre, espuma de café de los Yungas y un licorcito de coca. Los doscientos invitados de honor degustan y charlan mientras el chaqueño Juan Enrique Jurado entona sus canciones más conocidas.

Casi a los postres, entra la Saya Afroboliviana y la emoción se apodera de los representantes de movimientos sociales de Estados Unidos, el Caribe y algunos delegados africanos, todos negros y negras. ¡Había habido afrobolivianos! dice un boricua. Los contagiantes ritmos de la saya y sus tambores ancestrales provocan una pista de baile improvisada entre el escenario y la mesa de las autoridades. Entonces algunos comienzan a gritar “Evo, Evo”. Y el Presidente salta al baile ante la sorpresa de todos y el pavor de su seguridad que trata a empujones de desalojar la improvisada discoteca, sin conseguirlo. Todos bailan menos los hombres de lentes oscuros, que a la mínima y tras danzar Evo con dos mujeres, consiguen sentar de nuevo al Presidente en la mesa donde aplaude el final de la saya. Son cerca de las tres de la tarde y la fiesta va a continuar en el estadio Félix Capriles de Cochabamba. El hotel se vacía, del campus de la Univalle sale la gente en buses gratuitos hacia la ciudad. Tiquipaya, por algunas horas, centro de atención mundial, vuelve a ser un pueblito apacible, con sus chicherías y sus calles con flores.

Jueves 22, cuatro de la tarde. Desde temprano han llegado los participantes para ir llenando de a poquito el Capriles. Hay tres escenarios: el de las autoridades, el de los ballets folklóricos y el de los grupos musicales. Parece un partido decisivo de liga con toques de final de Mundial pues hay gente de todos los rincones del mundo. Hay banderas y barras que cantan estribillos como “olé, olé, olé, olá, yo no soy yanqui, ni quiero ser, yo voy con Chávez, con Evo y con Fidel”. A ratos la gente hace la famosa ola mexicana. Tocan y bailan Facto, Orlando Pozo, Semilla, tarkeada Sullka Uta de Sajama, Kantus de Charazani, Jacha Sikuris de Oruro, Yarituses de la Chiquitanía, Macheteros del Beni, los Pujllay de Tarabuco, la Saya afroboliviana que hace doblete y los Tinku Macheños de Potosí. Representantes de los pueblos indígenas hacen el ingreso por los cuatro puntos cardinales del estadio. A las cuatro llegan los presidentes. Habla Evo, Chávez, Lazo, Borge...

La gente, ya cansada de tanto trajín abandona sobre las seis de la tarde el escenario deportivo. Todo termina sobre las nueve de la noche con los Arawi, Kjarkas y Tupay junto a la Diablada Urus. Afuera, salen los buses para Argentina, Paraguay, Brasil, Ecuador, Perú, Colombia… Muchas horas de viaje para decir: “yo estuve en la Cumbre sobre el clima en Bolivia”.

*Artículo publicado en el Semanario PULSO de Bolivia

 
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