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De espaldas a Centroamérica PDF Imprimir E-Mail

Mar-17-10 - por Carlos Chamorro*

Los presidentes de Centroamérica, con la excepción de los mandatarios de Nicaragua y Panamá, se reunieron el cinco de marzo en Guatemala con la Secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton. Además del anfitrión, Álvaro Colom de Guatemala, a la cita asistieron Mauricio Funes de El Salvador, Oscar Arias de Costa Rica, Porfirio Lobo de Honduras, Leonel Fernández de República Dominicana, y Dean Barrow, primer ministro de Belice. Nicaragua se autoexcluyó del encuentro y para remarcar que no se trataba de una ausencia involuntaria, el presidente Ortega ni siquiera envió un delegado sustituto.

De esta manera, el gobierno de Ortega empieza a distanciarse del foro de presidentes centroamericanos y de Estados Unidos por razones meramente políticas, derivadas de sus propios alineamientos externos. El motivo es que Ortega se opone al consenso regional a favor de la reincorporación del nuevo gobierno hondureño al SICA y a la OEA, como en efecto así lo ratificaron en Guatemala.

¿Qué obtiene Nicaragua con esta política de autoaislamiento? El Presidente aumenta su cuota de lealtad y dependencia hacia Chávez, cuya tesis es que los países del ALBA no deben reconocer a Lobo “hasta que Zelaya retorne a Honduras a hacer política”; pero como país no ganamos absolutamente nada.

Para empezar ni Chávez ni Ortega tienen poder de veto en Centroamérica, y no podrán impedir el proceso de normalización de relaciones internacionales del gobierno de “Pepe” Lobo.

Ortega puede declarar “non grato” al golpista Roberto Micheletti e impedirle que venga a Nicaragua a recibir una condecoración ofrecida por el PLC. Pero de ahí a pretender vetar al nuevo gobierno hondureño hay un mundo de diferencia: el golpista es Micheletti, no Lobo, y el perpetrador del fraude electoral en Nicaragua no puede atribuirle a Lobo la responsabilidad sobre el golpe que derrocó a Mel Zelaya. Cómo prevenir y sancionar los golpes de estado y los fraudes electorales en el continente, ciertamente es un tema pendiente a resolver en el seno de la OEA, pero nada se logrará castigando al nuevo gobierno de Honduras. En ese sentido, mejor haría el Presidente en atender aunque fuera por una vez los consejos pragmáticos del vicepresidente Jaime Morales, quien desde hace rato ha dicho que tarde o temprano, por las relaciones comerciales que nos unen, Nicaragua reconocerá al gobierno de Lobo.

El problema es que siendo Centroamérica el principal socio comercial y político de nuestro país, Ortega no se puede dar el lujo de imponer el enfoque partidario de su política exterior, al interés nacional. En Guatemala, por ejemplo, además de discutir el tema hondureño, los presidentes centroamericanos, incluido Lobo, discutieron con Clinton otros asuntos de interés regional con Estados Unidos, como la reforma migratoria, la  colaboración contra el narcotráfico y la capitalización del Banco Centroamericano de Integración Económica BCIE. Una agenda regional con Estados Unidos, de la cual Ortega fue portavoz en la cumbre hemisférica de Trinidad Tobago hace un año, cuando tenía la presidencia pro témpore del SICA. Pero, al parecer, eso fue sólo una pose, y lo que de verdad le interesa es buscar una tribuna para sermonear con sus aburridos discursos la política norteamericana, para satisfacer el ego de Chávez y Fidel, aunque su diatriba carezca de resonancia y efectividad en el resto de la región.

En contraste con la actitud de Ortega que subestima la importancia de la agenda bilateral y regional con Estados Unidos, el presidente salvadoreño Mauricio Funes fue recibido en Washington el lunes pasado por el presidente Barak Obama para promover la agenda bilateral de El Salvador --apoyo económico, lucha contra la violencia y el narcotráfico-- y abogar por una reforma migratoria. Mientras este presidente de izquierda, electo por el FMLN en El Salvador, proclama con realismo que EEUU es un socio estratégico de su país, la diplomacia de Ortega se da el lujo de despreciar la promoción y defensa del interés nacional, manteniendo vacante nuestra embajada en Washington durante más de un año.

Durante los años 80, cuando Nicaragua era víctima de una guerra de agresión orquestada por Estados Unidos, la administración Reagan diseñó una política que manipuló al resto de Centroamérica para aislar a Nicaragua de la región. Irónicamente, ahora que no hay guerra ni agresión, es el propio Ortega quien está promoviendo el aislamiento de Nicaragua, al seguir un patrón de alineamiento clientelista con la política de Chávez. Las consecuencias de esta política exterior partidaria y personalista, podrían ser económicamente nefastas para Nicaragua.

No tenemos nada que ganar, insisto, pero sí tenemos mucho que perder. Porque buena parte del destino económico de centroamérica radica en la integración regional y en los acuerdos que como región pueda seguir promoviendo con los grandes actores internacionales (Estados Unidos, Unión Europea, China). Y el autoaislamiento de Nicaragua en su afán de contaminar a la región con la agenda política de Chávez no detendrá esos procesos, pero puede dejarnos al margen de compartir algunas de sus ventajas.

Para muestra un botón: mañana se reúnen en El Salvador los gobernantes del “triángulo del norte” -- El Salvador, Honduras y Guatemala-- y sus respectivas cúpulas empresariales, para evaluar los “avances de la integración” y abogar por la incorporación de Honduras al SICA y a las negociaciones con la Unión Europea. Mientras en las últimas dos semanas se libró una cruenta guerra comercial, cerrándose las fronteras de Nicaragua y perjudicando a importadores, exportadores y consumidores, Centroamérica está regresando a la política de bloques. Es una mala noticia para Nicaragua, que bajo la presidencia de Ortega tiende a colocarse cada vez más de espaldas a Centroamérica.

*Artículo publicado en Confidencial de Nicaragua

 
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